sábado, julio 10, 2021

Pip cae al agua (El náufrago)


 Pip, que tiene terror al mar, se cae al agua durante la caza de una ballena...

Era un día hermoso, radiante, azul. El mar centelleante, calmo y fresco, se extendía terso hacia el horizonte como la hoja de un batidor de oro incesantemente martillada. Surgiendo y hundiéndose en el mar, la cabeza de ébano de Pip parecía hecha de clavos de olor. Ningún cuchillo se había levantado en el momento de su rápida caída. La inexorable espalda de Stubb estaba vuelta hacia él, y la ballena estaba herida. En tres minutos, toda una milla de infinito océano se abrió entre Pip y Stubb. Y en el centro de ese océano Pip volvía su cabeza crespa, rizada, negra, hacia el sol, otro náufrago solitario, aunque el más excelso y brillante.

Nadar con tiempo calmo en mar abierto es tán fácil para un buen nadador como viajar en tierra en un coche con los muelles en buen estado. Pero la terrible soledad es intolerable. ¡Quién podrá expresar, Dios mío, la intensa concentración del yo en medio de semejante inmensidad! (...)

Pero ¿es que Stubb había abandonado de veras al pobre negrito a su destino? No, o por lo menos no era eso lo que se proponía. Porque como lo seguían dos botes, suponía que se acercarían y no tardarían en recoger a Pip, aunque a decir verdad en casos similares los cazadores no siempre manifiestan tal consideración hacia los remeros que corren peligro por su propia timidez. Y estos casos ocurren con bastante frecuencia; en la caza de ballenas, un cobarde es objeto del mismo odio despiadado que caracteriza a los ejércitos y las naves de guerra.

Pero ocurrió que esos botes, al divisar repentinamente algunas ballenas a uno de sus lados, viraron para perseguirlas sin ver a Pip. Además, la embarcación de Stubb estaba ya tan lejos y su tripulación tan concentrada en la persecución que el redondo horizonte de Pip se extendió cada vez más a su alrededor. Por pura casualidad fue el Pequod el que lo recogió al fin; pero desde ese día, el negrito anduvo por la cubierta como un idiota; eso, al menos , dijeron que era los demas hombres. El mar le había hecho la burla de salvar su cuerpo mortal, pero había ahogado su espíritu inmortal.

Aunque no estaba del todo ahogado: más bien parecía transportado a abismos maravillosos, donde formas extrañas del intacto mundo primitivo se deslizaban ante sus ojos muertos. La sabiduría, esa sirena avara, le revelaba sus tesoros amasados, y entre las inmensidades alegres, sin corazón y siempre jóvenes, Pip veía multitudes infinitas de insectos del coral que levantaban desde el cielo de las aguas la esfera colosal del Universo. Y veía el pie de Dios sobre el pedal del telar, y le hablaba; por eso sus camaradas lo llamaban loco. Así, la demencia del hombre es la cordura del cielo. Y al alejarse de la razón mortal, el hombre llega al fin a ese pensamiento celeste que es, para la razón, absurdo y delirante; y en la dicha o en la desgracia, se siente tan resuelto e indiferente como Dios.

Moby Dick, del capítulo xciii.

Ilustración de la persecución final de Moby-Dick.
año 1902
Moby Dick - editor: Charles Scribner's Sons, New York
autor: I. W. Taber

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