domingo, agosto 27, 2023

París a la carrera


 Con mi hija, su marido y mi nieta arreglamos una visita a París. Fue un paseo por la ciudad a la carrera, casi como los actores de Bande à part recorriendo el Louvre en diez minutos: no fue el Louvre, pero cerca estuvimos; la próxima vez, aquí o donde sea, me aseguraré de que lo que programamos sea realizable. Nuestro planes se demostraron poco factibles, pero con los días fuimos ajustando las posibilidades. Impagable, ver desde nuestra ventana todos los días y noches, a menos de un kilómetro, la torre Eiffel. Y salir a caminar temprano en la mañana por la orilla del Sena. Días de muchas impresiones, desde la llegada cruzando los campos y caseríos desde el aeropuerto de Beauvais, con automóviles volviendo en el anochecer a sus casas apartadas, o el metro en todos lados, o el Sena, o la sorpresa de un París en que el trabajo es africano: en las obras en construcción, en el metro o el tren, en los taxis, el trabajo está en manos de inmigrantes probablemente venidos de los territorios franceses de ultramar. Al menos, el taxista que nos llevó al hotel era de Martinica: nos aleccionó acerca de dónde ir y dónde no ir, con una gentileza y proximidad que nos despejó las dudas que teníamos después de los incidentes de junio. Esto fue común en el trato con todo el mundo, a quienquiera que preguntáramos: como nuestro francés es casi inexistente, hablábamos en inglés imperfecto, pero nadie torció la cara y trató de entender y responder. Lejos de leyendas conocidas sobre el idioma de comunicación: en un tren preguntamos algo, y alguien que oyó, aunque no era el interpelado, se tomó el trabajo de traducir con google nuestras preguntas y sus respuestas.

Evocaciones a cada paso, desde los días de 1789 contados por Grace Elliot o Chateaubriand, hasta la estación del metro de Bir Hakeim, donde comenzábamos nuestros paseos diarios: a cada paso, los símbolos del poder de Francia en los siglos pasados en sus edificios públicos, en sus palacios, en los nombres puestos al metro. Encontré en Versalles el lugar que seguramente Luis XIV se forjó en la historia de Francia. Su relación con la nobleza francesa recuerda a la infancia de Jaime I de Aragón: reyes que superaron las intrigas y presiones de su nobleza para convertirse en fundamentales de sus dominios. Las pinturas de Luis XIV en Versalles resultan tan elocuentes como el propio palacio. 

Pero no sólo es el pasado. Encontramos una ciudad amable, merecedora de largos paseos y visitas. Aquí no hubo latinoamericado pintor, escritor, poeta, que no hubiera estado: Cesar Vallejo, Cortázar con su Rayuela. En esta ciudad han trabajado Camus, Sartre, Robbe-Grillet, Resnais, Godard, Bresson, Melville, Tati, Truffaut, sólo por recordar sus imágenes todavía próximas al París de hoy: esta Francia es la suya. Un primer viaje que pide otros.

martes, agosto 22, 2023

Más lejos, más allá

 


Lo dice Tomás Uprimny Añez, en "El viaje de un loco", en Letras Libres, agosto de 2023, a propósito de Magallanes y su cronista, Antonio Pigafetta:

 Conviene aclarar que el mérito de la expedición magallánica no es geográfico, en el sentido estricto de la palabra. Toda persona culta sabía entonces que la Tierra era redonda, pero lo sabía en abstracto, así como sabemos que el universo está cuajado de agujeros negros aunque sean invisibles para nuestros telescopios. Magallanes demostró que la Tierra era finita y al mismo tiempo infinita: uno puede recorrer el globo sin parar, tal y como una lombriz puede rodear una manzana tantas veces como lo desee. Y lo que Magallanes demostró, Pigafetta lo cantó con sus palabras insultantemente libres. Leyéndolo, he tenido la sensación de que el mar, intimidado, se extendía más y más, se desenrollaba hasta el infinito con el propósito inalterable de evitar que este puñado de marineros llegara a su destino, porque ahí guardaba su tesoro de leche y miel. Creo que es precisamente en esa obsesión por ir más lejos, en ese profundo deseo de derrumbar murallas y ampliar el radio de lo cognoscible, en ese anhelo felizmente infantil de descubrir lo desconocido y arrojar luz en las habitaciones más penumbrosas del corazón, es ahí que radica el excepcional mérito poético y humano de la Armada de las Molucas. Lo dijo mejor Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este.”

domingo, agosto 06, 2023

Cosío Villegas en el Fondo de Cultura Económica

 


A propósito del Fondo de Cultura Económica, Cosío Villegas y México, asunto comentado antes, un artículo de Javier Garcíadiego en Letras Libres mejora y precisa la información que dispusiera entonces.

Dice Garcíadiego:

Como tantos jóvenes de su generación, estudió derecho a falta de otras opciones profesionales. Después hizo estudios de economía en Estados Unidos y Europa. Impactado por la crisis económica de 1929, fue pieza clave en la creación de la carrera de economía en el país. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que en México se carecía de los libros especializados con los que los profesores debían enseñar y los alumnos estudiar. Hacia 1932 fue invitado por el gobierno español a impartir unas conferencias sobre economía agrícola y la reforma agraria en México, lo que aprovechó para plantear a las principales casas editoriales españolas la pertinencia de fundar una editorial, o al menos una colección, de temas económicos. Para su sorpresa, su propuesta no suscitó mayor interés.

 Quisiera puntualizar la pujanza de Cosío, a sus treinta años, poco más o menos, que lo llevó tomar compromisos de primera línea en México. En cuanto a su propuesta descartada en España, Garcíadiego hecha un manto de olvido sobre esas reuniones. Poco tiempo después los acontecimientos dieron la oportunidad, de todas formas.

A pesar del desaire, Cosío Villegas estaba convencido de la urgencia de contar en español con la bibliografía básica de la economía, escrita sobre todo en inglés. Así, en 1934 fundó el Fondo de Cultura Económica, editorial que se concentraría en publicar la revista El Trimestre Económico y en traducir algunos libros de economía. Los tiempos en el país eran complejos, con el inicio del sexenio cardenista, por lo que los comienzos de la editorial fueron difíciles. Para colmo, a mediados de 1936 aceptó un mediano puesto diplomático en Portugal –“encargado de negocios”–. Paradójicamente, su breve estancia en Lisboa fue el parteaguas de su vida, pues al mismo tiempo que llegaba estalló la Guerra Civil en España.

Dado que pronto desarrolló una buena amistad con el embajador español en Portugal, el notable historiador Claudio Sánchez-Albornoz, el tema de la guerra de los intelectuales españoles fue el que predominaba en sus conversaciones. Cosío Villegas, siempre atento a los problemas internacionales, estaba plenamente enterado de la obligada huida de numerosos intelectuales alemanes de origen judío, quienes estaban siendo acogidos por las mejores universidades inglesas y norteamericanas. Con tal ejemplo, Cosío percibió la conveniencia de que México diera cobijo temporal a algunos científicos, académicos y artistas españoles. Su propuesta fue aceptada por el gobierno de Lázaro Cárdenas, y para 1938 se fundó La Casa de España en México.
De hecho, se le pidió que fuera su organizador, nombrándosele su secretario. Por lo mismo, al regresar a México Cosío Villegas pudo retomar la dirección del Fondo de Cultura Económica, que pronto habría de transformarse radicalmente. Sucedió que con la derrota del gobierno republicano y el triunfo franquista se multiplicó el número de exiliados españoles, llegando a contar La Casa con un número inmanejable –y creciente– de refugiados. La Casa de España fue una institución peculiar. Pensada para durar unos dos años, pues se tenía un diagnóstico totalmente optimista del conflicto bélico en España, no necesitaría instalaciones ni tendría programas de estudio propios. En rigor, sería una oficina coordinadora con un solo objetivo: enviar a sus miembros a que impartieran cursos, cursillos y conferencias en las principales universidades y centros culturales del país. Cosío Villegas, hombre pragmático y con perspectiva empresarial, facilitó a La Casa un par de cuartos del Fondo de Cultura Económica, cuyo local estaba en la céntrica calle de Madero. Con su proverbial desenfado, Alfonso Reyes, presidente de La Casa, le dijo a su amigo y mentor Pedro Henríquez Ureña –radicado en Argentina– que eran “instituciones gemelas que despachamos en oficinas contiguas y pasamos el día trabajando juntos”.
Compartir ese espacio fue la circunstancia más provechosa para la historia del ámbito editorial de habla hispana, pues Cosío Villegas pronto se dio cuenta de que los refugiados españoles que laboraban en La Casa se dedicaban a casi todas las ciencias sociales y las humanidades. Además, todos eran cuando menos bilingües: desde principios del siglo XX, y para contrarrestar la “crisis del 98”, en España se había impuesto un proyecto “regeneracionista” que buscaba “europeizar” al país. Muchos jóvenes fueron “pensionados” para hacer estudios de posgrado o de especialización en diferentes universidades europeas. Al regresar a España empezaron su vida académica y a traducir los libros con los que habían estudiado. Se dio entonces un gran impulso a la traducción de libros académicos en editoriales como Revista de Occidente, Espasa-Calpe, Labor y Aguilar. Para desgracia de España, y para beneficio de México, este proyecto se canceló con el triunfo del franquismo.

Muchos de aquellos “expensionados” fueron los que recalaron en México y se integraron a La Casa o a El Colegio de México. Cosío Villegas inmediatamente procedió a reestructurar el Fondo, para que dejara de ser una editorial exclusivamente de economía, aunque esta seguiría siendo la temática principal. Con sus nuevos colegas reorganizó el Fondo en colecciones disciplinarias: a la preexistente Economía se le agregaron las de Política y Derecho, Sociología, Historia y Filosofía. Cada una de ellas sería organizada por un español refugiado, y todos estos harían las traducciones de los libros seleccionados. Sería la posibilidad de continuar con las labores de traducción que habían iniciado en España, y de mejorar sus ingresos sin tener que desplazarse por una ciudad que apenas conocían; tampoco tendrían dos patrones: solo uno, el “visionario” Daniel Cosío Villegas.

Aunque la transformación del Fondo es fácilmente medible en términos cuantitativos y temáticos, sus consecuencias son invaluables. En síntesis, entre 1934 y 1938, antes de la llegada e integración de los españoles, se habían publicado veinte números de la revista El Trimestre Económico y diez libros de economía, con un promedio de dos por año. A partir de 1939 el cambio fue radical. Limitada la estadística hasta el año de 1945, en esos seis años aparecieron 62 libros de Economía, 47 de Política y Derecho, 35 de Sociología, veintiséis de Historia y once de Filosofía. No era un asunto meramente lingüístico, pero la editorial pudo empezar a llamarse Fondo de Cultura “Ecuménica”.

Aunque con ligeras variantes, todas las colecciones –o secciones– tendrían la misma estructura y los mismos componentes –o series–. Se publicarían los “clásicos”, para dar profundidad a cada disciplina mediante el estudio de sus raíces y fundamentos; también se publicarían las grandes aportaciones recientes de cada disciplina, así como algunos textos coyunturales, para comprender desde diferentes ángulos la problemática del día; por último, se publicarían algunos manuales y libros introductorios, que servían en la docencia universitaria, a la que se dedicaban también los traductores,
y con lo que se conservaría el propósito original de la editorial.

Sin el deseo de convertir este texto en un simple listado bibliográfico, la gran aportación del Fondo solo puede apreciarse describiendo lo que fueron esas colecciones, con sus diferentes contenidos. Comencemos por Economía: algunos de los ‘cásicos’ serían Adam Smith, David Ricardo y, obviamente, Karl Marx, prueba evidente de su eclecticismo teórico e ideológico; en cuanto al principal autor reciente, se publicó a Keynes en 1943 apenas siete años después de la edición original inglesa; por lo que se refiere a los economistas importantes de esos tiempos, fueron varios los publicados: Maurice Dobb, John Hicks, Joan Robinson, Joseph Schumpeter y John Strachey, entre varios más. Por lo que se refiere a los manuales y libros introductorios, el Curso superior de economía de F. C. Benham –cuidada su edición por el propio Cosío Villegas– fue por muchos años el libro más vendido de la colección. Por lo que se refiere a la sección de Política y Derecho, algunos de los autores “clásicos” traducidos y publicados fueron Hobbes, Locke y Edmund Burke; entre las grandes aportaciones del siglo XX sin duda destacaban las de Herman Heller y G. D. H. Cole, profesor en Oxford, activista Fabiano y en sus ratos libres –seguramente pocos– autor de novelas policiacas. Por su parte, fueron varios los libros coyunturales dedicados al fascismo y a la Segunda Guerra Mundial, como el Behemoth; por último, pocos manuales tan útiles y longevos como la Historia de la teoría política, de George Sabine, profesor en Cornell, traducida por Vicente Herrero, uno de los dos coordinadores de la colección.

Por lo que se refiere a la sección de Sociología, entre sus “clásicos” se publicó a Comte y a Max Weber; entre los grandes sociólogos del siglo XX figuraron Karl Mannheim y Thorstein Veblen; de los libros coyunturales, es de destacarse la Anatomía de la Revolución, de Crane Brinton, y Raza, de Ruth Benedict; por último entre los manuales, la enorme Historia del pensamiento social, de Harry Elmer Barnes, así como un par de libros del propio Medina Echavarría. En Historia la organización fue la misma: “clásicos”, como von Ranke, Burckhardt y Mommsen, único historiador que por su capacidad narrativa recibió el Premio Nobel; principales autores del siglo XX: Bury, Benedetto Croce, Johan Huizinga y Henri Pirenne; “coyunturales”’, Carl Becker; manuales de introducción a la historiografía, los de James Shotwell y George P. Gooch. Sin duda la colección de Filosofía tuvo características singulares: si bien se publicaron clásicos como Spinoza y Hegel, la opción fue publicar a los grandes autores de las principales corrientes filosóficas “de nuestros días”, como Martín Heidegger y Edmund Husserl, pero también a Ernst Cassirer, Collingwood, John Dewey, Nicolai Hartmann y Werner Jaeger.

Por impresionante que parezca, la lista anterior es solo una parte de los muchos autores publicados durante los años que Cosío Villegas dirigió el Fondo: más de doscientos, muchos de ellos “clásicos” modernos y contemporáneos, y todos los demás relevantes. Alfonso Reyes se quejaba poco antes –en 1936– de que México no disfrutaba aún del “banquete de la civilización”. Habíamos tenido durante la época colonial una educación dominada por una Iglesia católica contrarreformista; nuestra Ilustración fue escasa y tardía; el siglo XIX se caracterizó por la violencia ideológica, y fue hasta el siglo XX, con Justo Sierra y Vasconcelos, que se dio prioridad a la educación y a la cultura. Sin embargo, el nacionalismo revolucionario nos aisló por unas décadas de las principales corrientes artísticas e intelectuales del mundo. Sin duda, el Fondo de Cultura Económica fue una de nuestras primeras ventanas al exterior.

Varias características distintivas tuvo el Fondo de Cosío Villegas. Para comenzar, era muy clara su preferencia por los pensadores modernos, pues prácticamente no publicó a clásicos grecolatinos ni a autores medievales; pocos renacentistas y algunos ilustrados, sin duda la mayoría pertenecía al siglo XIX y a la primera mitad del XX. De hecho, el Fondo de Cultura Económica puso a México, y a todo el mundo hispanoamericano, en contacto con los autores que definían la modernidad: Marx, Max Weber y Martin Heidegger, por cierto los tres alemanes, gran aportación para un continente que se había nutrido de pensadores franceses e ingleses. Cierto es que el Fondo apostó por un cuarto autor, Wilhelm Dilthey, al que atribuyó la misma importancia que a Marx, Weber o Heidegger. Probablemente el equivocado diagnóstico procedía del gran aprecio que Ortega y Gasset, maestro de varios de los exiliados, tenía por él. En cambio, no publicó a los otros pilares de la modernidad: Darwin, Nietzsche y Freud. La explicación es sencilla: el pragmático Cosío Villegas sabía que ya habían sido generosamente publicados en España o Argentina, lo que no era el caso de Marx, Weber y Heidegger.

Dos últimos grandes méritos destaco de Cosío Villegas. Coadyuvar a que se estudiaran seriamente la economía, la política y la sociología era ofrecer una mucho mejor opción que las propuestas de solución a los problemas sociales del país que hacían nuestros políticos y funcionarios exrevolucionarios, quienes podrían tener gran sensibilidad social pero adolecían de una terrible baja escolaridad. En este sentido, Cosío Villegas era un leal representante de la generación de 1915, la de “Los Siete Sabios”, convencidos de que la solución a los problemas nacionales debía ser técnica, con diagnósticos y propuestas profesionales. Gabriel Zaid, gran estudioso de los esfuerzos y logros editoriales de Cosío Villegas, subraya su impacto “público”, que puede considerarse auténticamente democratizador. Gracias a su obra en el Fondo y en otros ámbitos, aumentó el número de lectores en el país y se enriqueció la conversación pública con autores como Marx, Werner Sombart, G. D. H. Cole y muchos más. Sin duda, así creció la calidad y el rigor de la crítica de los mexicanos.
También es digno de admiración que toda esta labor la haya hecho Cosío Villegas durante la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría, años de comunicaciones muy deficientes, a lo que se debe agregar las paupérrimas condiciones bibliotecarias del país. En efecto, hubo casos de libros que se querían traducir pero de los que no había ejemplares en México, y hubo casos de autores que pidieron que las regalías y derechos se les pagaran “en especie”. Tal fue el caso de Alfred Weber, hermano de Max y autor de una Historia de la cultura que tuvo una gran acogida durante varios años.
(...) Cosío Villegas abandonó el Fondo para concentrarse en su desarrollo como historiador. En 1947 había publicado su influyente ensayo “La crisis de México”, y uno de sus más lúcidos críticos –José Revueltas– le señaló que carecía de perspectiva histórica. Fue entonces cuando se hizo historiador. Empezó a preparar su voluminosa Historia moderna de México, de la que fue autor y coordinador. Al mismo tiempo fundó, en 1951, la revista Historia Mexicana, que hoy se sigue publicando puntualmente en los términos en los que la creó Cosío Villegas. Diez años después fundó la revista Foro Internacional, para politólogos e internacionalistas, la que también se sigue publicando como él la diseñó. Con estas dos revistas académicas Cosío Villegas volvía a sus orígenes, cuando creó El Trimestre Económico. Continuaba pensando en robustecer la discusión pública y en que los problemas nacionales debían resolverse con una perspectiva técnica. Luego asumiría otra faceta como editor, al fungir como coordinador de un par de obras colectivas dedicadas a la historia del país, ya fueran pequeñas o grandes: la Historia mínima de México, que apareció en 1973, y la Historia general de México (1976), sin duda las obras más influyentes en la conformación de la conciencia histórica sobre el país.