Escribe Hernán Iglesias Illa, a propósito de Paul R: Ehrlich, profeta de catástrofes:
Esto [la aceptación de profecías catastróficas] refleja una actitud habitual de Occidente de aceptar sin problemas a los profetas que anuncian su destrucción. Pasó con Ehrlich en los ‘70 y sigue pasando ahora, cuando tanto consenso performático parece haber, por ejemplo, sobre cómo las redes sociales o la inteligencia artificial están destruyendo a nuestros jóvenes, nuestra democracia y nuestra propia esencia. O el consenso que había hace unos años de que el colapso ambiental era inminente. Esto puede ser un rasgo positivo de nuestra civilización (una especie de vacuna que nos mantiene alerta) o un rasgo negativo (un impulso insano por la autoflagelación y la demagogia). Yo prefiero tomarlo como viene: los discursos catastrofistas y los pronósticos aterradores tienen rating y existieron siempre. Como también tiene rating decir que los jóvenes de ahora no tienen valores, algo que los adultos llevan diciendo literalmente miles de años. No tiene sentido pelearse con eso, pero tampoco sirve negarlo.
(…)
El caso de Ehrlich, en todo caso, sirve para mostrar, como dijo el otro día Rafael Rofman en Twitter, que ninguna tendencia es para siempre y que las sociedades pueden sorprendernos y cambiar de dirección sin que nadie las vea venir.
(…) qué hacer con los pesimistas profesionales, que buscan decirnos no sólo que vamos a morir, sino que además va a ser por nuestra culpa. Buena parte del sistema los recibe bien (los medios, la política, algunas instituciones), porque generan buenos titulares y buenas crisis para los organismos que necesitan problemas nuevos para justificar su existencia. Yo propongo una actitud intermedia, ahora que hay tantos creyendo que dentro de unos años seremos todos unos gordos desempleados iletrados, subsidiados, adictos a los videos de 30 segundos. Ni tomarlos demasiado en serio, mucho menos literalmente, pero sí valorar el rol ecológico que tienen en nuestro ecosistema civilizatorio, tan necesarios como los narradores y los guerreros: son nuestros profetas con el cartelito de “el fin está cerca”. Nos recuerdan nuestra finitud, nos bajan de los entusiasmos pasajeros. Y además, quizás, alguna vez la embocan.
En efecto, las sociedades pueden cambiar de dirección sin que nadie lo vea venir. Los cambios pueden ser inperceptibles, y abarcar siglos. Sin duda nuestra sociedad contemporánea está en el curso de un cambio que no veremos completado en nuestro tiempo.
La foto, en Wikipedia. Por Ilka Hartmann - eBay, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20701670

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