martes, julio 04, 2023

Entre el pasado y el futuro


 Moritz Schlick, un investigador en física y filosofía, alemán de orígen judío, fue otro de los grandes intelectuales que destacaron a Alemania en las primeras décadas del siglo XX. Partiendo de la física (fue alumno de Max Planck) derivó sus investigaciones hacia la filosofía, y contribuyó  primerísimamente a la fundación del Círculo de Viena (1922), un punto de encuentro para la discusión de los fundamentos de la ciencia y el conocimiento. El Círculo conoció poco después de su publicación el Tractatus Logico-philosophicus de Wittgenstein, que se convirtió en centro de sus discusiones: Schlick, Carnap, Gödell, Neurath, giraban sus discusiones alrededor de las proposiciones de Wittgenstein, y fueron la base de gran parte del pensamiento lógico y científico posterior.

 La década del 20 fue de florecimiento del pensamiento, con Alemania destacando en ciencia y artes. La década siguiente fue el comienzo del desastre. De pronto, vivir en Alemania, Austria, se convirtió en algo peligroso.Y así, los integrantes del Círculo de Viena fueron presionados a emigrar, o fueron víctimas directas del nazismo, entre ellos, Schlick. Su muerte en Wikipedia:

Debido al ascenso del nazismo en Alemania y Austria, muchos de los miembros del Círculo de Viena emigraron hacia Estados Unidos y el Reino Unido. Schlick, sin embargo, permaneció trabajando en la Universidad de Viena. Cuando fue visitado por Herbert Feigl en 1935, Schlick expresó su consternación por los acontecimientos en Alemania. El 22 de junio de 1936, cuando Schlick subía las escaleras de la universidad para ir a clases, un exalumno, Johann Nelböck, desenfundó una pistola y le disparó en el pecho. Schlick murió poco después. Nelböck fue juzgado y sentenciado, pero se convirtió en una cause célèbre para el creciente sentimiento antisemita de la ciudad (el hecho de que Schlick no fuera judío fue pasado por alto). Nelböck fue liberado bajo palabra poco después y se convirtió al partido nazi austriaco después del Anschluss.
Y también su maestro Planck:

Durante la Segunda Guerra Mundial, Planck intentó convencer a Adolf Hitler de que permitiera el trabajo de los científicos judíos, sin gran éxito, sin embargo.​ El régimen nazi y la guerra azotaron duramente a la familia Planck. Perdió a su hijo Erwin Planck, asesinado por los nazis el 3 de enero de 1945, a pesar de las peticiones de indulto y clemencia que Max Planck hiciera a Hitler, intentando salvar la vida de su hijo. Esta gran pérdida se sumaba a otra, que ya acababa de sufrir: su casa de Berlín-Grünewald (y con ella toda su biblioteca, con miles de volúmenes e irrecuperables manuscritos), resultó incendiada y completamente destruida a causa de un bombardeo aéreo en febrero de 1944.

De la terminación de la segunda guerra mundial han pasado ya casi ochenta años, pero persiste como la radiación de fondo que testimonia al Big Bang. A veces olvidada, persisten brasas que vemos periódicamente, hasta alcanzar el nivel de hoguera en la actual guerra entre Rusia y Ucrania. Vengo de Argentina, un país que no participó directamente, pero la vivió entonces, y mucho más en su vida posterior: cualquiera conocía o era vecino de un emigrado, o fugitivo, o refugiado, un italiano, un yugoslavo (hoy sabríamos si era un croata, un servio, un montenegrino), un ruso, un ucraniano, un polaco, muchos de ellos judíos. Escuchamos sus historias, asombrosas, inconcebibles, de hombres y mujeres comunes, arrastrados por una ola que abarcó todo. Gentes que silenciosamente reconstruyeron su vida lejos de su patria y sus ancestros, como pudieron, y entregaron una segunda generación americana ya olvidada de la guerra. Una lectura fría de los hechos y números de la guerra hablan de un mundo difícil de imaginar hoy: el bombardeo diario del Reino Unido o de Alemania durante cerca de seis años, día tras día, la caída asombrosa de Francia, Bélgica, Holanda, la destrucción de Polonia, la gigantesca invasión de Rusia y su posterior contraataque, donde millones de soldados participaron, fueron muertos o cayeron prisioneros; la esclavitud y exterminio de millones de judíos y otras minorías. Y así en Africa, y en Asia; millones de soldados en China, en Indochina, en Filipinas, millones de muertos y emigrados, durante años. Como si el mundo hubiera recibido un meteorito que dejara por años el cielo oscurecido e irrespirable. Por años, vivimos la diáspora más gigantesca que padeciera la humanidad.

Así como la gente común fue arrastrada por esta catástrofe universal, así también pesó en la cultura y los intelectuales: Alemania vivió la emigración de sus profesores universitarios, ingenieros, diseñadores, arquitectos, artistas, físicos, matemáticos, en las persecuciones de preguerra. Francia, Italia, Inglaterra, Rusia,  encontraron a sus intelectuales convertidos en soldados o partisanos, como Orwell, Camus, Sartre, Pavese; o muertos, como Saint Exupéry, Glenn Miller, Schulz, Webern, o tantos que fueron arrastrados a los campos de concentración (ver una lista en Wikipedia). Hannah Arendt dice que sin embargo, en ese desmoronamiento, los intelectuales "se encontraron a sí mismos": La caída de Francia, para ellos un acontecimiento completamente inesperado, había vaciado el escenario político de su país de la noche a la mañana para dejarlo poblado de fantochadas de pícaros y tontos, y quienes nunca en realidad habían participado en los asuntos oficiales de la Tercera República se vieron absorbidos por la política con la fuerza del vacío. De esa manera, sin haberlo pensado antes y aún en contra de sus inclinaciones conscientes, llegaron a configurar a pesar suyo un ámbito público en el que -sin los elementos de la oficialidad y oculto a los ojos de amigos y enemigos- se hizo, de palabra y de obra, todo lo que era importante en los asuntos del país (...) habían descubierto que quien se <<unió a la Resistencia, se encontró a sí mismo>> (En el prefacio de La brecha entre el pasado y el futuro).

La foto, Schlick en los años 30. (Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1516514)

domingo, junio 25, 2023

Wittgenstein

 


Del artículo de Daniel Arjona, en El Confidencial, 14/02/2019:

Ocurrió en Cambridge en 1929 y fue el examen oral de doctorado más extraño de la historia de la filosofía. En el tribunal examinador se sentaban dos luminarias: Bertrand Russell y G. E. Moore. El estudiante que comparecía ante ellos era un exmilitar austriaco de 40 años que llevaba diez trabajando como maestro de escuela. Sus inicios habían sido fulgurantes, legendarios, pero, tras publicar su primera obra, decidió "haber resuelto definitivamente todos los problemas del pensamiento", regaló su fortuna familiar y desapareció para ganarse la vida "con un trabajo honrado". Ahora, ya cuarentón, no tenía medio de vida alguno y se presentaba ante aquellos examinadores que tan bien le conocían y le observaban intrigados. Pero se trataba de un examen, el alumno había presentado como tesis doctoral precisamente aquel mítico y muy oscuro primer libro suyo, y estaban obligados a hacerle preguntas al respecto. ¿Qué había querido decir exactamente aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí? El examinado intentó explicarse, balbuceó, sudó... pero nadie nunca había expresado ideas semejantes a las suyas, ¿a santo de qué seguir esforzándose? Harto, Ludwig Wittgenstein se levantó, se acercó al estrado, dio unas palmadas en el hombro a Moore y a Russell y pronunció esa frase con la que desde entonces sueñan todos los estudiantes de filosofía que defienden su tesis: "No se preocupen, sé qué jamás lo entenderán". Le aprobaron, claro. ¿Qué otra cosa podían hacer?

 Y esta conversación:

En 1919, el autor del 'Tractatus Logico-Philosophicus' es un joven trágico que ha visto cómo se suicidaban tres de sus cinco hermanos, que ha combatido en la Primera Guerra Mundial -y ha sido hecho prisionero- con osadía temeraria, siempre en primera línea de fuego, y que decide renunciar a una fortuna familiar de cientos de millones de euros. Cuando su querida hermana Hermione le replica que poner todo su talento a funcionar a medio gas como maestro de escuela es como usar un instrumento de precisión para abrir cajones, Ludwig Wittgenstein le contesta con otra símil dolorosamente hermoso: "Y tú, hermana, me haces pensar en una persona que mira a través de una ventana cerrada y no puede explicar los movimientos peculiares de un transeúnte; no sabe que fuera hay un vendaval y que a ese hombre acaso le cuesta mantenerse en pie".  

Daniel Arjona, a propósito del libro "Tiempo de Magos. La gran década de la filosofía 1919-1929" de Wolfram Eilenberger.

La fotografía, en El Confidencial


miércoles, junio 07, 2023

Pensamiento y robot

 


Wolfram Eilenberger, en un reportaje de Javier Ors en Zenda:

Todos reconocemos la primacía de las preguntas, pero, sin embargo, ahora tenemos un montón de máquinas que lo único que saben hacer es proporcionarnos respuestas. Estas máquinas, desde el ChatGPT a otras, tienen contestaciones para todo. Vivimos realmente en una pesadilla, la pesadilla de la cultura de las respuestas. Estas máquinas no tienen preguntas, solo contestaciones. Aunque sean imaginadas y malas. Las máquinas no son capaces de plantear preguntas porque no tienen esa capacidad. Es importante, por la fase en la que nos encontramos los humanos, recordar la primacía que posee la pregunta en el conocimiento, porque creo que el destino de la raza humana va a residir en esto.
No lo conocía. Gracias a Zenda!. Dos libros que habrá que leer: Tiempo de Magos, dedicado a Martin Heidegger, Walter Benjamin, Ernst Cassirer y Ludwig Wittgenstein, en un momento singular de la historia del siglo XX y de Alemania, y El fuego de la libertad, dedicado a Simone de Beauvoir, Hannah Arent, Simone Weil y Ayn Rand, en un momento posterior y dramático del siglo XX,

La foto, en Wikipedia en alemán: Von Kleinkleckersdorf (Diskussion) - Michael Heck, CC BY-SA 3.0 de, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=49352772. Curioso, en Wikipedia sólo hay un corto artículo en alemán, y versiones en finlandés (suomi), francés y neerlandés.

viernes, junio 02, 2023

Censura de nuevo cuño

 


Dice Carlos Mayoral en Zenda (Llegó el día: censuran La vida de Brian)

 Seguro que recuerdan la escena, pues, como tantas otras, ha convertido a La vida de Brian en una de las películas más proféticas de cuantas se han rodado nunca. En ella el personaje, Stan, exige ser llamado Loretta a partir de ese instante. ¿El motivo? Quiere ser una mujer y tener hijos. Sentados en una suerte de anfiteatro romano, bajo el calor de Judea, los protagonistas deslavazan sus mentes. «Pero no puedes tenerlos, no tienes matriz, y de eso nadie tiene la culpa, ni siquiera los romanos», responde alguien. «No me oprimas», responde Loretta, visiblemente enfadada. Finalmente, el grupo decide luchar por el derecho de Loretta a tener hijos, pese a que no puede tener hijos. «¿De qué sirve entonces?», pregunta de nuevo alguien. «Será un símbolo de nuestra lucha contra la opresión», deciden finalmente. «O de nuestra lucha contra la realidad», sentencian por fin con un ligero bisbiseo. Los Monty Python habían vuelto a dar en el clavo, una vez más. Tocaban con mimo el resorte de una sociedad que empezaba a macerar esa fiebre wokista que no tardaría en aflorar.

Explicaba John Cleese, uno de los seis miembros de los Monty, que precisamente esta escena les había traído problemas últimamente. Al parecer, al llevar a cabo la lectura del guion de la nueva obra de teatro que pretenden estrenar en Nueva York sobre la vida del travieso Brian, a quien tanta gente confundió con el Mesías, la productora solicitó que se eliminara la escena de Loretta por ser especialmente poco sensible con la situación actual. Es decir, que se cumple lo que la escena predice, en una suerte de metarrealismo teatral: los Monty son censurados porque no son capaces de pelear contra la opresión, de pelear contra la realidad. Un esperpento que habla de hasta qué punto está dispuesta a llegar esta nueva moral: eliminarán una escena que nadie en cuarenta años se atrevió a eliminar, pese a lo mucho que se ha perseguido esta cinta. Triste sino este, al albur de fanáticos disfrazados de humildes samaritanos.

Es difícil que un largometraje moleste tanto como este. Brian dispara contra fanáticos religiosos, pero también contra fanáticos antirreligiosos. Lo hace contra aquellos que hoy derriban estatuas en pos de un antiimperialismo impostado («aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?»), pero también contra aquellos que ven en la patria un faro hiperbolizado. Dispara contra la fragmentación política, pero también contra la dictadura única. Dispara contra dogmáticos y escépticos, contra sacrílegos y sacralizadores. La vida de Brian es, en suma, una de las más altas cotas de humor alcanzadas, y censurarla es, de algún modo, censurarnos. Porque, como digo, en esta cinta estamos todos, el friso completo de una sociedad desquiciada por sus complejos éticos. Así que, si el primer síntoma de una sociedad sana es aprender a reírse de sí misma, no cabe duda de que debe estrenarse con todo, sin machacar un solo segundo. Déjennos reír a gusto, carajo.


 

miércoles, mayo 31, 2023

Felix Ovejero: izquierda y nacionalismos

 


Este domingo pasado España ha hablado con mucha claridad en su voto, acerca de las cuestiones más diversas, o mejor, de todas ellas. El voto ha castigado con mucha precisión a personas, agrupaciones, ideas, y proyectos de futuro, y de una forma abrumadora, potente, para que no queden dudas. De muchas cuestiones resueltas se puede hablar y reflexionar, y una de las primeras es la del nacionalismo catalán, que ha recibido un golpe ¿inesperado?. No se ha terminado su reino en Cataluña, pero ha recibido una advertencia de que la sociedad no le responde, y que va llegando la hora de volverse a casa. Particularmente golpeada ha sido ERC, que deja sus sueños de dominio con un tercer puesto y 200.000 votos menos que el primero (PSC). Y la CUP, que prácticamente desaparece con poco más de un 3% de los votos. 

Reflexionando sobre estas elecciones, Felix Ovejero, en ABC, habla de la asociación que conformaron en general la izquierda y el nacionalismo catalán (también otros, en otras partes de España). Pero a propósito de esto, un año antes Ovejero publicaba un libro, Secesionismo y Democracia, que califica esta asociación. Estas son algunas de sus afirmaciones:

A propósito del "relato del nacionalismo catalán":

Se sostiene en dos falacias. La primera, que la Guerra Civil fue una guerra de España contra Cataluña. Si fue algo, fue una guerra de ricos contra pobres, y por eso la represión fue infinitamente superior en Extremadura o en Andalucía que en Barcelona o Bilbao. La segunda falacia es que el franquismo hizo una guerra contra Cataluña, cuando en realidad aquí hubo una clase privilegiada que se benefició de la dictadura y de una clase obrera sin derechos. Si miras las tasas de crecimiento de la economía de Cataluña durante la dictadura son incluso mejores que ahora mismo. Esas dos falacias contribuyen a crear el mito de que España es una especie de dictadura frente a la Cataluña democrática. La izquierda ha contribuido a difundir esa falacia.

A propósito del "derecho a la rebelión":

El derecho tradicional a la rebelión se planteaba ante el tirano, ante el dictador, para no estar comprometido con esas decisiones. Esto no ocurre en Cataluña. La lengua mayoritaria está excluida de las instituciones. El poder se ha convertido en un negocio personal. Corruptos y delincuentes están decidiendo los gobiernos desde las cárceles. La duda es si ese gobierno es legítimo. Si hay un derecho de rebelión es de los ciudadanos de Cataluña frente a unas instituciones que no respetan el elemental contrato social, no ya de Cataluña respecto al resto de España, sino dentro de Cataluña. Intente pasearse con la bandera constitucional por Gerona, mire lo que le pasó a Vox… tienen el elemental derecho democrático de defender sus ideas en cualquier parte. O el trato al Rey, con la complicidad del Gobierno. Esto ocurre porque aquí no hay una democracia genuina. (...) Pero el derecho a decidir en realidad niega unilateralmente la condición de ciudadanos a un conjunto de españoles. Palabras como 'igualdad' o 'libertad' se están maltratando; las usan para no decir que son racistas: Pujol tiene declaraciones racistas que en cualquier país de Europa hubieran acabado con su carrera política, y quien dice Pujol dice Junqueras y otros políticos. Es un pensamiento racista que está en el arco de declaraciones del Parlamento catalán. Con Inés Arrimadas han caído en eso porque es de fuera.

Y acerca de la izquierda catalanista, o nacionalista en general:

La izquierda ha desaparecido en España. Se ha comprometido con partidos reaccionarios que defienden la identidad. No nos olvidemos de que el PNV defiende que, por ser diferentes, no deben pagar los mismos impuestos ni formar parte de la misma comunidad de ciudadanos. Por eso cuando la gente se asombra de que Savater haya votado a Ayuso… Se ha recompuesto tanto el paisaje político que no hay razones para extrañarse. Ayuso ha hecho un ejercicio de planificación más propio de la izquierda que de la derecha. Buena parte del pensamiento conservador histórico, el que aparece contra la revolución francesa, habla de combinar la identidad –el espíritu de un pueblo– con la comunidad política. Pero es que el nacionalismo catalán tiene una paradoja fundamental: quieren construir la nación. Si hay que construirla, es porque no existe. Apelan a un derecho inexistente, niegan su propia existencia. Como no había una comunidad de identidad, el nacionalismo pujolista se propuso imponerla. De una manera totalitaria decidieron cómo debían ser las pautas de comportamiento.


miércoles, mayo 24, 2023

A cuatro días de la verdad

 En cuatro días, este domingo, podremos decir lo que pensamos de nuestro gobierno valenciano, y ojalá sea un plebiscito sobre la coalición que nos rige desde hace ocho años, un voto de repudio. Ojalá sea el último paso de un gobierno fundamentalmente aliado del nacionalismo catalán, seguidor vergonzante de las políticas separatistas, y de las directivas discriminatorias de más de la mitad de la población de la comunidad. Gracias al señor Ribó, Compromis y el silencio o colaboración del PSOE, el puerto de Valencia sigue esperando las mejoras que lo conviertan en el puerto más importante del comercio en el Mediterráneo español; gracias al señor Ribó no competimos por obtener la copa América, que sí pujó Barcelona;  gracias a los consejeros de Cultura estamos derivando a la discriminación idiomática que hoy reina en Cataluña tanto en la enseñanza a todo nivel, como en la atención al público en las instituciones; gracias al señor Ximo Puig el campo se queda sin agua, incapaz de defender a su comunidad ante el gobierno nacional; gracias al señor Grezzi es imposible transitar por Valencia, salvo que usted sea un deportista en bicicleta: una población envejecida es impulsada a quedarse en casa, porque debe esperar 20 minutos un autobús, y luego tomar otro para alcanzar el punto al que vaya. Gracias a los consejeros de Salud, nos quedamos sin hospitales y clínicas privadas que atiendan lo que Sanidad no puede atender, y gracias a ellos se ponen camas en las salas de espera, y aguantamos meses para ser atendidos por un especialista.

Pero más allá de la torpeza y sectarismo de nuestros gobernantes, probablemente el mayor impacto de su administración ha sido uno de larga duración: el acercarnos a las políticas divisionistas y separatistas de sus socios y amigos nacionalistas de Cataluña. Ojalá hasta aquí lleguen, y no más.

¿Estos años estuvo todo mal? No, un logro económico fue obtener la sede de la planta de baterías de Volkswagen, recordando que se materializó con la oposición de los minoritarios de la coalición; promover la radicación de nuevas empresas de tecnología, sin dejar de recordar que una buena parte de esa iniciativa vino de empresas privadas. Incluso las directivas de regulación de la circulación en la ciudad tienen una cara positiva, si nos olvidamos del impacto que tiene en las personas condenadas a usar el transporte público.

¿Cómo pesarán los pro y los contras los votantes? el domingo lo sabremos.

A todos ustedes, gracias, y ojalá sea el último día.

domingo, mayo 07, 2023

La edición en Iberoamérica


 Hubo una época, desde mediados de los treinta hasta mediados de los setenta del siglo XX, en que casi todo lo que pudiera leerse en castellano, se imprimía en América, fundamentalmente en Argentina y México, aunque también en Chile y Colombia: un fenómeno que combinó dos circunstancias: la trabajosa creación de un mercado americano editorial, y el desenlace de la guerra civil española: la censura posterior, y la llana emigración de centenares de intelectuales a América, llevó la edición en castellano a Argentina y México. Aunque quizá sea mejor usar el orden inverso, ya que la emigración mayoritariamente se trasladó a México: los gobiernos argentinos de los años treinta no muy amigos de los exiliados españoles, mientras que en México el exilio fue recibido como gobierno. 

Corresponde aclarar que las editoriales latinoamericanas tienen existencia desde la época colonial, y un desarrollo que comienza a despuntar desde mediados del siglo XIX. La Librería del Colegio en Buenos Aires, era original del siglo XVIII, y fue imprenta durante el proceso de independencia; la imprenta de Emilio Coni editó libros desde 1853 en Argentina; las imprentas de El Progreso y Julio Belin en Chile, desde los años 40 del siglo XIX; la editorial Estrada, desde 1869. Porrúa, fundada por los hermanos españoles Porrúa en Mexico,  publicaba desde comienzos del siglo XX, aunque es en los cuarenta cuando se amplía su desarrollo. Solo en el caso de Argentina, Kapelusz,(Adolfo Kapelusz, austríaco) ,  publicaba material educativo desde 1910; El Ateneo, (Pedro García, español), publicaba desde 1912; la editorial Tor (Juan Carlos Torrondell, español) desde 1916; editorial Atlántida, fundada por Constancio Vigil, uruguayo, desde 1918; la editorial Claridad (Antonio Zamora, español), desde 1922. Estas empresas trascendieron sus mercados locales, y en algún caso, se hicieron un nombre en Latinoamérica.

 En resumen, el auge editorial de las décadas del 30 al 60/70, favorecido por la caída de la república en España, es la culminación de un proceso que se gestó en otra excepción: la primera guerra mundial. Si a principios del siglo XX la edición en América estaba dominada por editoriales francesas, alemanas, inglesas y estadounidenses (tengo presente a Hachette especialmente; el Facundo de Sarmiento, fue impreso por Hachette en Paris en 1874, y por Appleton en Nueva York en 1868). La guerra favoreció la ocupación del espacio abandonado por los paises combatientes, por nuevos participantes americanos y editores españoles que hasta entonces sólo controlaban una porción mínima del mercado.


Ese florecimiento se mantuvo por cerca de treinta años, desde los treinta hasta los setenta como mínimo, mientras crecía y retomaba posiciones el mercado editorial español. Este ciclo fue de importancia fundamental para Latinoamérica, al impulsar la difusión de las culturas americanas (Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, Cuba, México) y la investigación, y también por la entrada al mundo hispanoamericano de la investigación científica y humanística abierta a las corrientes que circulaban en el mundo. Una característica de la publicación en esos años, es el impulso a autores americanos, junto a autores hispanos apartados por la censura franquista, tarea comenzada por el Fondo de Cultura mexicano y siguiendo por las nuevas editoriales, particularmente Losada, Sudamericana y Espasa-Calpe en Argentina. El fenómeno de la Nueva Novela Latinoamericana hubiera tenido otras características, o hubiera sido diluído, si ese cambio de eje no se hubiera producido entonces.

Probablemente el resultado más importante de ese florecimiento fue el nacimiento del Fondo de Cultura Económico, una editorial que tanto entonces como ahora, ha promovido la publicación de escritores españoles y americanos, además de excelente material traducido. (no dejo de recordar el monumental trabajo de Werner Jaeger, Paideia, y la traducción de Joaquin Xirau y Wenceslao Roces). El fundador del Fondo fue el economista mexicano Daniel Cosío Villegas, en 1934, con la aprobación y participación del gobierno del presidente Cárdenas. Antes de esto, Cosío Villegas negoció con Calpe y con Aguilar un proyecto en la línea de lo que luego asumió el Fondo. Ese primer proyecto fue desechado por las editoriales españolas (según parece, por negativa de Ortega y Gasset como parte de la negociación en nombre de Calpe, que llamó al proyecto "cena de negros"). Sin embargo, caída la república son muchos los emigrados que participan en la actividad del Fondo. Cosío Villegas propone y consigue del presidente Cárdenas, la creación de una Casa de España (luego Colegio de Mexico), donde continuaran su actividad un grupo seleccionado de intelectuales e investigadores emigrados, que luego en general trabajaron para el Fondo de Cultura. La primera filial del Fondo se crea en Argentina en 1945, dirigida por Arnaldo Orfila Reynal, argentino, quien reemplazó luego a Cosío Villegas en la dirección del Fondo desde 1948. A la argentina le siguieron otras filiales del Fondo en Chile, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Guatemala y Perú. Puede decirse que esta editorial es el fundamento del gran desarrollo de ediciones iberoamericanas, por el número de intelectuales que suma, y persiste a pesar del tiempo y los vaivenes políticos sucedidos en sus cerca de ochenta años de existencia. 


La otra gran editora mexicana de esta época es Siglo XXI, fundada por Orfila Reynal en 1965 tras ser despedido del Fondo, por ser izquierdista en un momento en que en Mexico seguía una línea conservadora. La nueva editorial se propuso publicar material nuevo, contando con la colaboración de muchos escritores e investigadores, parte de los cuales trabajaban o publicaban en el Fondo, y renunciaron a él para lanzar Siglo XXI (Jesús Silva Herzog, Pablo González Casanova, Guillermo Haro, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Fernando Benítez , Elena Poniatowska). Tengo presente, de las primeras ediciones, al Heráclito de Rodolfo Mondolfo, y Las Palabras y las Cosas, de Michel Foucault. Orfila Reynal se mantuvo en la conducción de la empresa hasta 1989 (Orfila murió en 1998, con 101 años). En 1966 y 1967 se fundaron las filiales de Argentina y España. Algo apagada, subsiste hasta hoy, ahora comprada por el grupo Capital intelectual, del argentino Hugo Sigman. Muy ligada a la caída de la república española y la emigración está la creación de Grijalbo, fundada en 1949 por Juan Grijalbo. Este caso es típico de ese período y su evolución posterior: fundada por un emigrado, cuando España entra en la Transición, translada su sede a España,  para luego ser comprada por el grupo Mondadori, que a su vez es absorbido por Penguin-Random House.

Mientras tanto, en Argentina, se produjo la fundación de nuevas editoras a partir de sus casas originales españolas, o con aporte empresario español, como parte de la diáspora que generó la guerra civil: Sopena Argentina, filial de Sopena de España, que, además de sus ediciones literarias o de diccionarios, creó una revista que fué importante por años: Leoplan, donde trabajaron periodistas conocidos en Argentina (Enrique González Tuñón, Carlos Duelo Cavero, Adolfo R. Avilés e Ignacio Covarrubias y jóvenes como Horacio de Dios, Rodolfo Walsh, Miguel Bonasso y Sergio Caletti). Espasa-Calpe creó en 1937 su filial en Argentina, piloteada por su fundador Nicolás María de Urgoiti, cuya colección Austral llegó a publicar más de mil títulos. Espasa-Calpe fue finalmente adquirida por el grupo Planeta en 1991.  Sudamericana, fundada en 1939, con directorio argentino y español (Victoria Ocampo, Carlos Mayer, Oliverio Girondo, Alfredo González Garaño, Rafael Vehils, Enrique García Merou, Jacobo Saslavsky, Antonio Santamarina, Alejandro Shaw, Andreu Bausili, Eduardo Bullrich y Alejandro Menéndez Behety), y gestión de Antoni Lopez Llausás, a poco de comenzar, debido al desconocimiento de la tarea editorial del grupo fundador: allí se publicó William Faulkner, Leopoldo Marechal, Salvador de Madariaga, Virginia Wolf, Julio Cortázar, García Márquez (Rayuela y la primera edición de Cien Años de Soledad); en el mismo plano, Losada,  creada en 1938 por el español Gonzalo José Bernardo Juan Losada Benítez, nacida a partir de su alejamiento de Espasa-Calpe. Losada fue fundamental en la difusión de autores americanos, emigrados y nuevas corrientes europeas (Sartre y Camus fueron publicados por Losada); también Emece, fundada en 1939 por Mariano Medina del Río y Álvaro de las Casas, primero absorbida por su filial española, y hoy subsidiaria de Penguin Random-House. En esa década, diversas editoras argentinas inician su publicación: Paidós, creada en 1945, editora de material en psicología y sociología especialmente. Agrego a Heliasta (Guillermo Cabanellas de Torre), 1944, especializada en Derecho, ya que, avanzando el siglo, compró la editorial Claridad, y continuó su trabajo, asumiendo el nombre, como Grupo Claridad. Estas editoriales no sólo difundiern los nuevos de Iberoamérica, sino los grandes escritores de Europa y la América de habla inglesa, mayoritariamente a precios que los hicieron accesibles a todo el mundo, y en su mejor momento recorrieron el camino inverso de la emigración, abriendo subsidiarias en España (Emece, Edhasa filial de Sudamericana)

En 1955 se crea Jacobo Muchnik Editor, que luego se convierte en Fabril Editora, publica sociología, psicología, literatura, entre ellos, Witold Grombrowicz, Franz Kafka, Ernesto Sábato, Arthur Miller.

Tardíamente, ya en épocas en que los vientos cambiaban, se agrega EUDEBA, en 1958, con semejanzas al Fondo de Cultura, dependiente de la Universidad de Buenos Aires. EUDEBA (su primer directorio lo componían José Babini como presidente, Guillermo Ahumada como vicepresidente, Humberto Ciancaglini como secretario, José Luis Romero, Alfredo Lanari, Telma Reca de Acosta e Ignacio Winizky como vocales, y Enrique Silberstein como síndico). EUDEBA publicó (aún lo hace) gran cantidad de material de investigación en ciencias, sociología, economía, historia, literatura. Fue gerenciado por Boris Spivacow, quien, luego de ser despedido por el gobierno militar de Onganía, fundó el Centro Editor de America Latina, que publicó ediciones económicas de difusión científica y literarias y filosóficas (colecciones de historia de la ciencia, escritos de filosofía y literatura. Hay un listado de colecciones en Wikipedia)

Resumiendo, hay un período de varias décadas, coincidiendo con los años de la guerra civil en España, y la posterior censura franquista, que favoreció un gran crecimiento editorial en América. La dada es una lista incompleta y más que simplificada del trabajo editorial de esas décadas, que habría que completar. De ese viaje a América sólo se han producido ventajas, en la apertura del pensamiento, en la inclusión de nuevos autores que de otra forma no hubieran florecido con la misma facilidad, en la creación de una cultura editorial y aún un paso más, favoreciendo el mundo periodístico americano y la traducción. Como se puede ver siguiendo muchas de las historias, y por su propio orígen en la emigración española, un proceso virado a la izquierda en muchas empresas y personas, y que difícilmente conoceremos si hubo otras voces que no tuvieron su lugar en la publicación. De todas formas, al declinar este auge editorial americano, la vuelta a España de las más importantes empresas (con la excepción de las de soporte estatal, el Fondo de Cultura y EUDEBA) moderó seguramente las reglas.

Finalmente, la vuelta a España no terminó el proceso, sino que fue el primer paso de la deslocalización editorial, continuado por la compra por grupos editoriales mayores, de casi todas las empresas que fueran en esos años las dominantes en la publicación, Así Sudamericana pasó a ser parte de Planeta, como Emece y Espasa Calpe; Salamandra, originada a partir de la Emece argentina, pasa a ser parte de Penguin-Random House, como Grijalbo, previamente ser comprada por Mondadori. Alianza Editorial pasa a ser parte de Anaya, y ésta, parte de Hachette (y esta, parte de Lagardère). Podríamos decir que el fondo editorial forjado durante el siglo XX, hoy está concentrado en no mucho más de tres manos: Planeta, Penguin-Random House, y Hachette. Algo no muy alentador para nuevas generaciones que estén tratando de hacerse un lugar. Debo decir que el registro histórico del mundo editorial iberoamericano aparece desdibujado y recortado: requiere hacer un trabajo detallado el poder conocer la historia y el fondo editorial de muchas de estas empresas, a partir de las sucesivas compras, hasta llegar al panorama de hoy, donde la cartera del trabajo intelectual de cuatro generaciones está en los designios de publicación de un puñado de multinacionales. Por caso, la inteligente colección de Gregorio Weinberg en Hachette Argentina hoy es desconocida. Ni siquiera queda rastro del trabajo de las ediciones argentinas en la memoria de la empresa, ¿Quién es hoy Gregorio Weinberg?

Lucio V. Mansilla , fundador de la literatura argentina


 Buscando las editoriales del siglo XIX que publicaban autores argentinos y suramericanos en general, encontré un artículo escrito en 2018, de Juan Pablo Correa en Infobae. Correa, como otros, pone a "Una excursión a los indios ranqueles" a la altura del Facundo de Sarmiento y el Martín Fierro, de Hernández, como fundadores de la literatura argentina. Comparto su preferencia por Mansilla. Este es su artículo:

La gran "excursión" de Mansilla: ¿el verdadero clásico fundador de la literatura argentina?

Tradicionalmente la crítica se ha dividido entre quienes señalan el "Martín Fierro" como el origen literario nacional y aquellos que prefieren hallarlo en el "Facundo", de Sarmiento. Una nueva edición del célebre libro de Mansilla -"puro deleite", según el autor de esta nota- publicada por la Academia Argentina de Letras es una buena oportunidad para plantear una tercera y sólida opción. Historia y curiosidades de un autor y su obra 

Quienes leen tienden a pensar que algunos libros tienen influencia sobre su época y sobre el futuro. Como ejemplo se puede citar la objeción que Borges le hacía al Martín Fierro: "un gran libro ha ejercido una mala influencia sobre este país, pero eso no lo digo contra Hernández , sino contra el modo de encarnar y cómo se ha leído. Un soldado desertor, prófugo, asesino, borracho, provocador. Por este motivo se ha elegido mal en poner el Martín Fierro como libro ejemplar; si hubiéramos elegido el Facundo, de Sarmiento, donde está planteado el dilema civilización o barbarie, hubiera sido mejor para el país y nuestra historia habría sido distinta". Carlos Gamerro dedica un libro reciente a imaginar qué hubiera pasado si el Facundo se imponía como libro fundacional.

La reciente edición de la Academia Argentina de Letras de Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla señala a otro de los grandes libros que se escribieron en la Argentina durante el siglo XIX. Quizá corridos los siglos podría ser que se convierta en el clásico fundador de nuestra literatura.

El libro es puro deleite. La gracia de quien narra, al ritmo de permanentes digresiones, la descripción amable e irónica de las costumbres del indio, que lo llevan a decir "alguien ha dicho que nuestra pretendida civilización no es muchas veces más que barbarie refinada". Habrá quien piense que mi pronóstico de que a la corta o a la larga la Excursión será más leída y sentida que los otros dos grandes libros del siglo XIX, es aventurada y arbitraria. Cómo no. Es de desear que se sigan leyendo los tres, por los siglos de los siglos. Pero hay algo en el libro de Mansilla que podría justificar lo dicho: entiende mejor la peculiar historia de la relación entre los civilizados y los salvajes, el contraste entre los ambientes y los personajes bárbaros y el clubman locuaz y sofisticado que hace el relato.

Otra diferencia de la Excursión con los libros de Hernández y Sarmiento es que, a diferencia de estos, Mansilla parece no haber tenido un propósito, menos aún, un gran propósito. Se sospecha que lo que movió a Mansilla a escribirlo fue justificar el acuerdo de paz que firmó con los indios sin permiso de sus superiores. Y se sabe que no le daba especial importancia a esas cartas que salieron en la La Tribuna. Tuvo que ser su amigo Varela quien se hiciera cargo de publicarlo.

Recordemos la historia de esta hermoso libro: Mansilla apoyó con fervor la candidatura de Sarmiento a la presidencia. Cuando este ganó las elecciones, esperaba un ministerio pero al parecer la respuesta fue: "¡Usted, ministro! Nos tildan de locos, a usted menos que a mí. Juntos seremos inaguantables…"  Le restituyeron el mando del que había sido despojado en el Paraguay, y lo destinaron en Río Cuarto como comandante de fronteras.

Escribe con melancolía: "En este momento de mi vida represento el papel de un concurrente que no halla lugar, ni de pie, en la gran representación política que él mismo ha organizado". El 30 de marzo de 1870 Mansilla inicia su excursión Tierra Adentro, a las tolderías ranqueles. A su regreso se entera de que ha sido sumariado por mandar a fusilar a un paisano a quien le habían prometido un indulto. No había sido así, el gobierno le creyó pero ordenó un sumario.

El ministro de Guerra era Martín de Gainza, quien recibió una larguísima carta, con tono altivo, casi insolente, en la que el sumariado refiere la historia y circunstancias del fusilamiento. Su justificación era atendible y pudo haber salido bien librado, pero como estaba ofendidísimo, cuando lo llamaron para informar, presentó por toda justificación una copia de la carta confidencial a Gainza. Lo destituyeron otra vez y lo privaron de su sueldo. Había regresado a Buenos Aires e, incapaz de permanecer ocioso, se puso a escribir un relato de la excursión que el diario La Tribuna empezó a publicar en forma de folletín.

El público siguió apasionadamente las cartas que fueron apareciendo pero de repente la publicación se interrumpió.  Su amigo Héctor Varela, Orión, quiso salvar del olvido el relato y lo reunió en un volumen que apareció con cuatro cartas que no habían aparecido en La Tribuna y un epílogo.

Da la impresión de que la idea de que los indios fueron exterminados ha dejado de ser una verdad absoluta. De ese malentendido han surgido numerosos malentendidos y quizá llegue un momento en que algo del espíritu del indio que vivía en el territorio, mezclado con los primeros pobladores, convertido en gaucho y soldado de línea, reaparezca con algo para decir sobre nuestra idiosincrasia. El suizo Meinrado Hux, principal estudioso y difusor de las culturas aborígenes, lo dice así: "Quizá sea hoy cuando habría que estrechar las manos con los descendientes de aquellos héroes del desierto para decirles: Hermanos, construyamos juntos un futuro mejor, reparando muchos errores".

La historia de las ediciones es curiosa. Después de la publicada por su amigo Orión en 1870, la segunda edición apareció en Leipzig en el año 1877, en una colección de autores españoles. La tercera fue publicada veinte años después de la primera por Juan Alsina, en 1890. Llevaba prólogo de Daniel García Mansilla. Se toma a esta tercera como definitiva. Desde entonces han aparecido numerosas reediciones con diferencias de texto. Sorprende que no hayan sido tantas, como el valor del texto merecería.


Una rara, difícil de encontrar es la publicada en Nueva York en 1883. Menciono algunas que se destacan: la que publicó el Fondo de Cultura Económica de México en 1947. La colección Robin Hood publicó una edición condensada. La Sociedad de Bibliófilos realizó una lindísima edición en dos tomos ilustrados por Roberto Páez en la década del 70, fueron sólo 90 ejemplares. En 1989 Emecé publicó una cuidada versión con el siguiente epígrafe: "Esta edición ha sido realizada por iniciativa y con apoyo de la señora María Rosa Bemberg, quien la dedica a su madre, doña Jovita García Mansilla de Bemberg, descendiente del autor por vía colateral, siempre interesada por los temas argentinos". Cuánto cuentan estas escasas palabras. Últimamente, la editorial Terramar publicó una edición no muy linda pero con un gran prólogo de María Moreno, una fanática de Lucio Vé. 

Ahora aparece una muy cuidada edición de la Academia Argentina de Letras al cuidado de Norma Carricaburo y Francisco Petrecca. Celebramos el hecho con una objeción, el libro viene acompañado por un dvd interactivo que incluye el texto digitalizado y numerosa documentación, imágenes, glosario, toponimia y una enorme cantidad de notas y apostillas. Queda la duda de la vida útil que tendrá ese disco. ¿De qué estoy hablando? Los libros son lo opuesto a lo útil. Quizá debieran haber invertido el dinero de los dvds en un cuadernillo coloreado o parea colorear.

Nació en Buenos Aires en 1831, y murió en París, donde había vivido casi ininterrumpidamente sus últimos veinte años, en 1913. Su vida fue novelesca: era sobrino de Rosas, hijo de un general prócer; ya adolescente fue fletado a Oriente y Europa por haber sido pescado leyendo a Rousseau, su padre le encargó tratar algunos negocios, cosa que no hizo; a la caída de Rosas su familia se trasladó a Europa, donde el joven inició una carrera de grandes éxitos sociales.

Escribe Aira en su Diccionario de autores latinoamericanos: "De regreso en Buenos Aires, se inició en la política, donde no obtendría más que frustraciones, durante toda su vida conservó esperanzas de llegar a la presidencia de la Nación, pero conspiró en contra su propia falta de constancia y su carácter algo alocado e imprevisible. En los últimos años, los distintos gobiernos ante los que se postulaba no veían modo más eficaz de sacárselo de encima que enviarlo en misiones (casi siempre vagas, de investigación o información). Su residencia en París se fue haciendo más y más constante, alternó en círculos de la alta  sociedad, particularmente el grupo del conde de Montesquiou (otro frecuentador del conde, Proust, conocía a Mansilla, a quien menciona en alguna carta). Su diario debió llevar prólogo de Verlaine, quien murió ese año sin poder escribirlo".

El nombre de Mansilla es una contraseña para un numeroso y distinguido número de lectores que lo adoran.  Y no se puede decir que sea poco leído. Una de las mejores editoriales independientes, Santiago Arcos, lleva ese nombre -presumimos- en homenaje al corresponsal de la excursión. Y quizá la más vital de las revistas culturales se llama Mancilla, con ce. El nombre juega con los sentidos, de mancillar por mancha y también  por Lucio Vé.


  


 

domingo, abril 23, 2023

Expatria


Carolina Sanin, respondiendo a preguntas de Eugenio Monjeau, en Seul (¿cómo es ser colombiano y haber vivido en otro país como Estados Unidos? ”)

Fui extranjera durante 15 años y cansa sentir que debes corresponder –o que, a los ojos de los demás, de hecho correspondes– a una imagen básica y fija de tu identidad regional, y que se supone que no entiendes del todo (o que entiendes de un modo incomprensible y secundario para los locales) lo que pasa a tu alrededor. Ser extranjero es estar determinado por una imagen y por una lejanía. Es estar ausente. Y, por lo tanto, es estar haciendo siempre un papel –que es adicional a todos los demás papeles que estamos haciendo siempre por ser humanos–; es ser un personaje del personaje, doblemente derivado, lo cual te aleja más de ser el autor; de ser tu propio autor. Además, si eres extranjero del tercer mundo en el primero, la condescendencia (o, más precisamente, la lástima) y la sospecha están siempre mediando tu relación con los locales. O a lo mejor me engaño, y es lo contrario, y ser extranjera podía llevarme a cierta integración y a cierta pureza de ánimo que no conseguiré mientras viva donde nací. (Después de todo, o mejor, antes de todo, nos hemos dicho que los humanos somos extranjeros, exiliados, expulsados de un jardín). Por último, me pregunto si la política identitaria no hace que todo el mundo se sienta extranjero y sea extranjero en su propia vida. Sería interesante explorar para mí qué es ser de donde soy. Qué significa en mi turbulencia y en mi extravío ser de Bogotá, de un altiplano sobre los Andes, de una ciudad horrorosa. Y cómo aceptarlo y vivirlo podría sosegar mi pensamiento, asentarlo finalmente. Y qué significaría separar el pensamiento del viaje.

La fotografía: De Carlos Duque - The author provided these works via archive transfer and authorized its use in Wikimedia Commons., CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=126463765


martes, abril 18, 2023

Spivakow

Reviendo materiales relacionados con los años de auge de la edición en América, los años en que una gran parte del material en lengua castellana se originaba en Iberoamérica, especialmente en México y Argentina, dos grandes editoriales sobresalen: el Fondo de Cultura Económica en México, a partir de 1934, y EUDEBA, en Argentina, a partir de 1958. Aunque tardíamente, EUDEBA(Editorial Universitaria de Buenos Aires) se suma a ese prolongado período de publicación de autores importantes iberoamericanos y del mundo desde la América de lengua castellana. Así como Cosío Villegas fue el motor del Fondo, EUDEBA tuvo su gestor fundamental en Boris Spivakow, desde su inicio hasta el año 1966, en que un golpe de estado intervino la universidad. Spivakow junto con toda la dirección de la editorial, y todo el cuerpo de profesores, renunciaron. El mismo año, con parte de la dirección de EUDEBA, constituyó una nueva editorial (Centro Editor de América Latina), con el objetivo de ofrecer un repositorio de publicaciones de bajo costo y gran variedad de autores. Sin llegar a la riqueza del material que ofrecía EUDEBA, se propuso acercarse a ello. Por decir lo que me viene a la memoria, Kierkegaard fue editado (Memorias de un seductor), y asimismo Cortazar (El Perseguidor) o Daniel Moyano (El Monstruo y otros cuentos), así como colecciones de difusión en ciencias y matemáticas (José Babini). Y nuevamente una  dictadura, peor todavía que la anterior, terminó con su trabajo, o al menos dejó su trabajo maltrecho.

Sobre este hombre, y sobre este momento, hay un artículo de 2006, publicado en La Nación y El País, de Tomás Eloy Martínez que lo describe. Leerlo también explica que la declinación de la importancia de la edición, al menos en Argentina, no se ha debido a falta de ideas o espíritu emprendedor, o a la ascención -que la hubo- de fuertes grupos europeos, sino que hubo quienes consideraban el conocimiento y la creación como enemigos. Este es el artículo de Martínez:

Conocí a Boris Spivacow, uno de los más grandes editores argentinos –si no el más grande de todos–, hacia 1978, mientras yo vivía exiliado en Caracas y él se exponía en Buenos Aires a las arbitrariedades de la dictadura militar, sin preocuparse por las consecuencias. “No tengo miedo –me dijo más de una vez–. No tendría por qué tenerlo. ¿Acaso estoy haciendo algo malo?”

Pocos argentinos discernían entonces con claridad qué estaba bien y qué mal, y a miles de personas les costó la vida esa confusión en la brújula de las certezas. Boris confiaba en sus propios valores y sabía exactamente lo que quería: poner todas las expresiones del conocimiento y de la imaginación al alcance del mayor número de personas. Quería educar e informar.

En esos años de sordera y de estulticia, tales intenciones equivalían a apuntar con un arma de guerra a la cara de los comandantes militares. El éxito de la dictadura se basaba en la ignorancia, en dictámenes autoritarios que nadie osaba discutir. Con una ingenuidad de otro mundo, Boris Spivacow desafiaba al poder todos los días, publicando más de 250 libros al año en su pequeña empresa, el Centro Editor de América Latina.

Lo recuerdo muy bien. Era alto, corpulento, con una inteligencia tan vivaz y alerta que, a la menor distracción en el interlocutor, la inteligencia volaba y había que correr para alcanzarla. Su buen humor era inquebrantable, una incesante declaración de vida. Más de una vez, en Caracas, mientras visitaba a su hija Silvia y a sus dos nietas, llegaban versiones de que iban a matarlo apenas regresara a Buenos Aires. La gente que lo quería le suplicaba que se fuera del país, pero Boris los rechazaba con un ademán compasivo. “No podemos dejar la cultura en las manos equivocadas –decía–. Si no hacemos algo, cuando salgamos de esta pesadilla el país se habrá estancado en la Edad de Piedra.”

En aquellos tiempos enloquecidos, los escritores que vivíamos fuera de la Argentina no entendíamos muy bien cómo Spivacow y otros intelectuales podían pensar y expresarse sin que los destrozara la violencia de las mordazas oficiales. Después de que el régimen desencadenó el apoyo incondicional de muchas inteligencias que parecían independientes durante las semanas en que la Argentina ganó la Copa Mundial de Fútbol, en 1978, terminamos por admitir que las únicas estrategias legítimas para oponerse a la barbarie sin exponer la vida eran callarse la boca o aludir de soslayo a la realidad, como había dictaminado Borges en sus elogios a la censura durante el primer peronismo.

Spivacow no lo creía así y, a fines de 1978, cuando más tinieblas asomaban en el horizonte, dio la única lección de dignidad y resistencia a que se haya arriesgado alguien cuyas espaldas no estaban cubiertas por otro escudo que el de su optimismo.

Acaso esta historia se haya contado alguna vez, pero su hijo Miguel –con el que hablé largamente por teléfono– ha encontrado datos nuevos que la complementan y permiten darla a conocer como si fuera la primera vez.

En vísperas de la Navidad de 1978, la felicidad artificial que había deparado el campeonato mundial de fútbol estaba disipándose. La tasa de inflación anual superaba el 160 por ciento y el producto bruto decaía a paso firme.

Las amenazas fúnebres del general Ibérico Saint-Jean seguían propagando el terror: “Primero vamos a matar a todos los subversivos; después, a sus colaboradores; después, a los simpatizantes; después, a los indiferentes, y por último, a los tímidos”. Spivacow no era un indiferente y mucho menos tímido. Los doscientos cincuenta libros que publicaba eran ya una sentencia.

A eso de las nueve y media de la mañana, el 7 de diciembre de 1978, los depósitos que el Centro Editor alquilaba en Avellaneda fueron allanados y clausurados por inspectores municipales y por el Cuerpo de Caballería de la región. Un mayor retirado del ejército, Héctor Gustavo de la Serna, que actuaba como juez federal en la ciudad de La Plata, ordenó que los libros estuvieran disponibles para un fuego purificador y decidió el arresto de catorce peones, todo bajo la acusación de infringir una ley, la 20.840, que castigaba a los ciudadanos que, “por cualquier medio, intentasen alterar o suprimir el orden institucional y la paz social de la nación”.

Esas frases consentían un delta de interpretaciones, y ninguna de ellas protegía la conciencia de los individuos.

Boris Spivacow no durmió aquella noche. Una lectura rápida de lo que había sucedido en los últimos treinta meses indicaba que el ejército iría a buscarlo de un momento a otro. Su familia y quienes trabajaban con él le perderían el rastro y quizá nadie volvería a verlo. Boris aceptó refugiarse por unas pocas horas en la casa de sus amigos más entrañables, Miriam Polak y David Jacovskys. Como tenía el pasaporte y las visas en orden, a la mañana siguiente podría haber tomado el primer avión hacia Caracas, donde vivía parte de su familia. La menor ráfaga de sensatez le habría señalado que ése era el único camino para seguir con vida. Para Boris, sin embargo, la seguridad y la sensatez estaban siempre un paso atrás que las razones de conciencia.

La imagen de los catorce peones presos lo desveló. Decidió presentarse ante el juez al día siguiente y explicar que él era el único responsable de que aquellos libros insumisos circularan en la Argentina. No necesitaban sino un rehén: él mismo. Como preveía, de todos modos, que le harían preguntas sobre circulación, facturación y almacenes cuya respuesta desconocía, llamó a los encargados de las diversas áreas de la editorial para preguntarles si querían acompañarlo. Todos aceptaron.

Se encontraron a las ocho de la mañana en la esquina de Talcahuano y Viamonte, junto a la parada del colectivo 39. La idea era llegar juntos a Constitución y tomar el tren a La Plata. Entrarían todos en el juzgado antes de las once. Boris llevaba un maletín con una muda de ropa, cepillo de dientes y algunos papeles. Ya que iban a detenerlo, quería estar preparado. Su hijo Miguel, que entonces tenía 24 años y era médico, lo acompañaba. En buena hora, porque a doscientos metros de Constitución ya todos los encargados los habían dejado solos. Miguel se acuerda todavía de las frases, repetidas con idéntico temblor casi en cada una de las paradas: “Boris, lo siento. Hasta acá llegué. Acá me bajo”. Cuando estaban por abordar el tren, Miguel le preguntó: “Papá, ¿no tenés miedo? Todavía estamos a tiempo de volver. Todavía podés irte del país”. “¿Y dejar que los peones se jodan? No, Miguel, para tener valor hay que tener valores”.

Después de tantos años, la osadía de Spivacow parece inverosímil. En el colectivo, vivió una experiencia que evoca la sinfonía 45 de Haydn –llamada Del adiós–, en la que avanza la música mientras cada uno de los instrumentos va desapareciendo y callando en la oscuridad. Lo que siguió –cuenta Miguel ahora– era impensable entonces. Boris entró en el juzgado junto a un abogado de Banfield cuyo nombre ya nadie recuerda, respondió a las preguntas del mayor De la Serna y, para su pasmo, antes del mediodía salió de allí sin mella. También los catorce peones encarcelados quedaron en libertad. Miguel, ya de regreso en Buenos Aires, acompañó a su madre hasta La Plata en un taxi donde los dos enfermaron de incertidumbre y de congoja. Nadie en el juzgado sabía el destino de Boris, y durante horas anduvieron de un lado a otro buscándolo como alucinados, hasta que al fin dieron con él donde menos lo esperaban: en su propia casa, de regreso, indiferente ante la suerte desatinada de aquel día.

Treinta años después del golpe militar que sumió a los argentinos en una forma desconocida de barbarie, la resistencia solitaria de Boris Spivacow es una señal de que aun entonces se podía vivir en la oscuridad sin bajar los brazos. Aun en aquel océano de indignidad, la dignidad del individuo era posible. Sólo hacían falta coraje, voluntad, y fe en que –tal como dijo William Faulkner en su discurso del Premio Nobel– “la inextinguible voz de la condición humana no sólo perdurará: también prevalecerá”.© LA NACION

Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 03/04/06):

 La foto, de Wikipedia: Boris Spivakow, en la revista Pajaro de Fuego nro 23 año 1980, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4437252

 

sábado, abril 01, 2023

Jacques Loussier y su trío


 Así como conocí a Bill Evans tarde, puedo decir que conocí el jazz de Jacques Loussier muy tarde. Pero hoy está entre los pianistas de jazz que no dejo de escuchar, una y otra vez, junto con Bill Evans por supuesto, Oscar Peterson, Red Garland, Art Tatum, Thelonius Monk, Bud Powell, Dave Brubeck, Ahmad Jamal, Bill Charlap. ¿Por qué no aparece más frecuentemente su nombre? Seguramente por su dedicación a la música clásica, comenzando por Bach y Satie, y siguiendo por otros compositores. Quizá por su orígen y cultura europea. Sin embargo, si se lo escucha en cada interpretación, no cabe duda que lo que hace es una recreación basada en la libertad del jazz, de compositores del pasado. Si omitimos ese "detalle" de su foco en autores clásicos, su trío es extraordinario. Como muchos otros, por años su trío fue piano, contrabajo, batería. Esa combinación ha dado obras notables, comenzando por Evans. A mí particularmente, hay una reinterpretación de Bach hecha por Loussier que escucharé en donde está: en la eternidad. Es el Preludio y fuga en do mayor. Lo puedo escuchar diez veces seguidas, y me seguirá pareciendo impresionante.

domingo, marzo 26, 2023

Declinacion


Zanny Minton Beddoes , editora jefe de The Economist, a propósito del seguimiento de la revista de un foro económico en China:

We publish this week’s issue as I am in China, attending the China Development Forum. Plenty of Americans and Europeans will be here, in spite of the tensions. Deng Xiaoping urged China to “hide your capacities, bide your time”, but his successor, Xi Jinping, wants to reshape the post-1945 world order. His ambition has been on display in Moscow this week, where he has visited his Russian counterpart, Vladimir Putin. Mr Xi believes in the inexorable decline of the Amer­ican-led world order, with its professed concern for rules and human rights. He aims to twist it into a more transactional system of deals between great powers. Do not underestimate the perils of this vision—or its appeal around the world.

A lesser man than Xi Jinping might have found it uncomfortable. Meeting Vladimir Putin in Moscow this week, China’s leader spoke of “peaceful co-existence and win-win co-operation”, while supping with somebody facing an international arrest warrant for war crimes. But Mr Xi is untroubled by trivial inconsistencies. He believes in the inexorable decline of the American-led world order, with its professed concern for rules and human rights. He aims to twist it into a more transactional system of deals between great powers. Do not underestimate the perils of this vision—or its appeal around the world.

On Ukraine China has played an awkward hand ruthlessly and well. Its goals are subtle: to ensure Russia is subordinate but not so weak that Mr Putin’s regime implodes; to burnish its own credentials as a peacemaker in the eyes of the emerging world; and, with an eye on Taiwan, to undermine the perceived legitimacy of Western sanctions and military support as a tool of foreign policy. Mr Xi has cynically proposed a “peace plan” for Ukraine that would reward Russian aggression and which he knows Ukraine will not accept. It calls for “respecting the sovereignty of all countries”, but neglects to mention that Russia occupies more than a sixth of its neighbour.

Quizá contando a partir del 11 de septiembre de 2001, la sucesión de acontecimientos no deja de mostrar que inexorablemente (¿o no?) se produce una declinación del orden político que vivimos desde el fin de la segunda guerra mundial. Al descubrimiento de que Estados Unidos también era vulnerable, le hemos agregado otro hito: la invasión de Ucrania, con su carga de amenazas de restauración de las fronteras de la Unión Soviética. Tal como están las cosas, es más probable que las amenazas sobre las antiguas dependencias soviéticas se incrementen, así como Taiwan esté más cerca del destino de Hong Kong, que lo contrario.

No es el mundo de posguerra uno ideal, pero sí ha sido más positivo en América y Europa, al menos. Los sistemas sociales y políticos que hoy acrecientan su presión sobre este mundo, no prometen equidad, o esperanza. 

Sin embargo, los cambios sociales se extienden por décadas, o centurias, y se suceden insensiblemente, en pequeños grados que sólo toman sentido mirando largos períodos de tiempo: mientras Giordano Bruno era quemado (vivo) en la hoguera, Cervantes y Shakespeare escribían sus mejores obras. ¿Qué prevalecerá?.

sábado, marzo 18, 2023

Traduciendo a Heidegger


 Abordar un libro de un autor extranjero crecientemente me incomoda, especialmente cuando se trata de una obra literaria (en material técnico el problema es bastante menor). Me pregunto en esos casos si el traductor ha respetado la intención del autor, y si ha conseguido reflejarlo, si puso esfuerzo o su traducción fue una tarea de oficina, a tanto por página. Cuando una página no transcurre como esperaría, me pregunto si es obra del autor o del traductor. Me ha pasado en algún caso de abandonar la lectura y buscar otras traducciones. Esto ha significado que asuma el trabajo de tratar de averiguar sobre la pericia del traductor. En fin, que tratándose de un autor que escribe en otra lengua, trato de averiguar cómo se llegó a la edición, por esta razón, y por otras propias de la tarea de preparación y publicación. En el caso de la poesía, esto es aún peor, y prácticamente renuncio a leer autores no hispanohablantes. En la medida en que medianamente puedo manejarme razonablemente con el inglés y el italiano, trato de leer estos autores en su lengua, para al menos ver la letra estampada del autor, y hacerme una idea de cuál era su habla, su vocabulario, su cadencia. Limitadamente, porque el problema del traductor no desaparece, lo represento en mi propia lectura. Traduttore, traditore.

Lo digo a propósito de la traducción de Ser y Tiempo de Martin Heidegger hecha por Jorge Eduardo Ribera, desde de la edición de 1988. La segunda hecha para la lengua castellana: la primera es de José Gaos, a partir de la edición del Fondo de Cultura Económica en 1951. Tanto Gaos como Ribera dedicaron un prólogo en sus respectivos momentos para explicar el trabajo al que se enfrentaron, y sus estrategias para resolverlo. Es notable que ambos llegan en un momento a la consideración de una estrategia similar de traducción, aunque Gaos finalmente decide un camino que no es el que inicialmente se proponía, y que es el que Ribera toma. Debo decir que varias generaciones , hasta finales del siglo XX (hasta 1996), conocieron a Ser y Tiempo de Heidegger, sólo a través de Gaos, e incluyo en esto a mi generacion.

Yendo al prólogo de Ribera, éste se pregunta primero si se justificaba una nueva versión, y concluye que sí, basado en que, si bien Gaos respeta fielmente la conversión del alemán, esto termina siendo un problema:

El problema de la traducción de Gaos estriba, mas bien, en la dificultad, a veces casi insuperable, con que se ve enfrentado el lector cuando intenta comprender el texto español. La experiencia de treinta años (...) me ha hecho ver que el texto de José Gaos es difícilmente utilizable por personas que carezcan del conocimiento de la lengua alemana. Hay en él frases de tal modo enredadas e indescifrables, que vuelven enormemente dificultosa la comprensión de un texto ya de suyo difícil de entender. Por otra parte, muchas veces Gaos traduce como términos técnicos palabras que son enteramente corrientes en alemán: el lenguaje siempre vivo y elocuente de Heidegger se convierte en una lengua rígida, hirsuta e incluso algo esotérica. La inexorable consecuencia con que Gaos mantiene a toda costa y en todos los contextos la traducción de una determinada palabra, aunque la frase española se convierta, de este modo, en un galimatías apenas comprensible, es otro de los defectos de la traducción hasta ahora existente (...).
Digamos que Ribera fue un discipulo de Heidegger, y posteriormente doctorado en filosofía en Alemania, España, Chile, es decir, no propiamente un traductor. Su versión se fue construyendo como un auxilio para sus cursos durante años, hasta 1988:

En 1988, con el apoyo del Katholischer Akademischer Austauschdienst y de la fundacion Alexander von Humboldt, elaboré, en Alemania, en constante diálogo con el profesor Friedrich-Wilhemvon Herrmann, una nueva versión de mi propia traducción. Conversaciones ocasionales con el profesor Hans-Georg Gadamer y con el profesor Max Müller ayudaron a la comprensión más exacta de algunos pasajes especialmente difíciles. También debo mencionar aquí algunos encuentros con François Fèdier y con el traductor francés François Vezin, quienes tuvieron a bien examinar conmigo algunos puntos particulares del texto. El resultado de esta nueva reelaboración fue un texto muchísimo más límpido y más comprensible.

A continuación, Ribera explica lo más importante de esta y toda otra traducción:

Esta segunda versión fue sometida nuevamente a un examen riguroso,  realizado esta vez en equipo. El principio que guió el trabajo de este equipo fue que la obra debía hablar en castellano, lo cual quiere decir que la fidelidad a un texto no consiste en la repetición literal de lo dicho en el original, sino, más bien, en la recreación de eso que allí está dicho, para decirlo en la forma que es propia de la lengua a la cual se lo traduce. En este sentido, una traducción es en sí misma, necesariamente, una interpretación, y no puede dejar de serlo. Si sólo se contentara con repetir literalmente lo dicho en la lengua de origen, en muchas ocasiones la traducción sería incomprensible o incluso disparatada. No se trata tan solo del hecho de que, para traducir, se debe empezar por hacer una interpretación del texto -cosa por lo demás obvia- , sino que lo que aquí afirmamos es que la traducción misma es, ya en sí, una interpretación. Con frecuencia, justamente al intentar decir en castellano lo que está dicho en alemán, se nos aclaraba el propio texto original. Era la traducción, esto es, la necesidad de decir en el propio idioma lo que estaba dicho en un idioma ajeno, lo que nos forzaba a repensar lo dicho. No el modo como estuviera dicho, sino lo dicho mismo: la cosa de la que el texto original hablaba. Cada lengua tiene sus propias posibilidades de decir las cosas,y todo el problema de la traducción estriba en aprovechar las  posibilidades de la propia lengua: digo de aprovecharlas para decir lo mismo que está dicho en el original, pero de un modo diferente,del modo que corresponde al genio de la propia lengua.

Quienes fueron Gaos y Ribera: José Gaos, español, siguió el pensamiento de Heidegger desde los años 40 del siglo XX. Emigrado a México, su traducción fué madurando en sus clases de filosofía en México, hasta su primera publicación en 1951.

Jorge Eduardo Ribera, chileno, estudió y trabajó con Heidegger en Alemania, y su proyecto fue madurando en sus clases, hasta una primera edición en 1988, y una primera publicada en el mundo hispanohablante en 1996.

Nayelli Castro Ramirez, investigadora mexicana, escribió un análisis de estas dos traducciones: "El ser y el tiempo de Martin Heidegger, en la traducción de José Gaos (1951)". En su escrito se muestra el curioso hecho de que Gaos coincide con el futuro plan de Ribera, aunque no lo pone en práctica.

La edición de Trotta de 2012 de Ser y Tiempo enumera los pasos de la traducción de Ribera: La presente traducción de Ser y tiempo —segunda en el mundo de habla castellana— es el fruto de veintitrés años de trabajo. El traductor tuvo sus primeros contactos con Martin Heidegger en 1961, permaneciendo en estrecha relación con él. Entre 1973 y 1975 concluyó la primera versión del texto, que el propio Heidegger conoció y aprobó. En 1988 preparó una segunda versión; esta vez en reuniones semanales con el editor de Heidegger en alemán, Friedrich-Wilhelm von Herrmann, y el apoyo de Hans-Georg Gadamer y el profesor Max Müller. Finalmente, en 1991 inició una tarea de cinco años con un equipo multidisciplinario de especialistas, que daría como resultado, en 1995, la tercera y definitiva versión. Con todo, y más allá de la historia, la traducción de Ser y tiempo de Jorge Eduardo Rivera C. constituye un hito para la filosofía actual.

La editorial Trotta presenta así a Ribera: (Santiago de Chile, 1927-2017) Entre los años 1946 y 1952 realizó estudios de Filosofía y Teología en el Seminario-Escolasticado de la Congregación de los Sagrados Corazones de Valparaíso. En la década de los 60, y como becario Humboldt, se desplaza a Alemania a realizar estudios de postgrado bajo la tutela de Bernhard Welte y Eugen Fink. Posteriormente, entre los años 1966 y 1968, desarrolla una intensa colaboración filosófica con Xavier Zubiri en Madrid.  En el año 1971 retoma sus estudios de Doctorado en Heidelberg bajo la tutela de Hans-Georg Gadamer, recibiendo el título de Doctor en Filosofía en el año 1973 por la misma universidad.  En 1978, y nuevamente como becario Humboldt, realiza una estadía de investigación con el Prof. Heribert Mühlen de Paderborn, dedicada a una investigación teológico-filosófica sobre la experiencia de la fe. A partir de 1997, y hasta la fecha de su muerte, Rivera trabajó como Titular Adjunto en el Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En el año 2003, con ocasión de sus 75 años, se publica el libro en su honor, La filosofía como pasión.

En el año 1998 es galardonado con el premio Ateneo de Santiago por su aclamada traducción de Ser y tiempo. En el 2003 recibe el Premio al Mérito de la Universidad Andrés Bello de Santiago y el Premio a los 15 Mejores Profesores de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En 2010 es homenajeado por la Fundación Zubiri por su incesante trabajo de divulgación del pensamiento del filósofo español. En el año 2011, la Sociedad Iberoamericana de Estudios Heideggerianos le hace entrega, en su calidad de miembro honorífico, del “Premio Franco Volpi”, en reconocimiento a su dilatada trayectoria filosófica consagrada al pensamiento de Martin Heidegger.

domingo, febrero 26, 2023

Fake news y verdad tribal

 En un artículo de Claudio Andrade, en Seul:

La indiferencia hacia la verdad es una característica cada vez más notoria de la sociedad digital. El lector ya no despliega su diario con todo el día por delante, sino que se expone a una multiplicidad de pantallas con el ánimo bien provisto de ideas propias y ajenas. La oferta es casi infinita y funciona como caldo de cultivo para la inexactitud y el dato cautivo. Y es ese dato políticamente conveniente el que le da sentido a los millones que se sientan frente a un televisor o una computadora para entretenerse.

Los titulares disparados al cielo digital con premura y deseo militante le hicieron un mal difícil de mensurar a una profesión ya de por sí muy cuestionada. A esta altura, la única manera de defender nuestro trabajo no es a través de lo que “dicen todos”, sino los que saben y, sobre todo, con los datos obtenidos en el terreno, ahí donde sucedieron los hechos. Atrapar una porción de realidad suele ser engorroso, pero nos lleva a caminos menos obvios y menos enfermos.

Se refiere a tres casos conocidos en Argentina, dos de ellos vinculados a un frente que no existía en el país: los reclamos de organizaciones indigenistas asociadas a los mapuches en el sur. Por largos años, este fue un problema sólo de Chile, donde estas organizaciones practicaban (probablemente hoy también) el terrorismo y la persecución de granjeros y colonias. En ocasiones estas acciones terminaron con el incendio de las casas y en extremo, con la muerte de granjeros. Desde hace algunos años, poco más de una década, estas acciones han llegado a Argentina. Los dos casos comentados por Andrade pertenecen a militantes indigenistas que murieron  o participaron en acciones violentas, y que fueron respaldados desde buena parte del periodismo y redes, a pesar de que finalmente quedó claro que los supuestos ataques que sufrieran no sucedieron como se sostenía. Este es un tema que suena lejano, si no lo asociamos con los nacionalismos europeos. No funcionan distinto.

Las fake news no serían posibles sin una predisposición a la verdad preestablecida: se asiente como verdadero a aquello que previamente coincide con postulados aceptados en la tribu.

domingo, febrero 19, 2023

Cesare Pavese


El fin del verano  (La playa)

Dos amigos, uno con su reciente esposa (Doro y Clelia), acuerdan pasar unas semanas en la playa en la Riviera, donde suelen encontrarse en los veranos. Se les unen otros amigos (Guido, Ginetta, Nina), veraneantes (Berti)y viejos conocidos del lugar, de su historia pasada (. Unas semanas apartadas del tiempo, que finalizan algo antes de lo que hubieran esperado. Estas son sus últimas líneas:

Berti, como de costumbre, apareció por el restaurante. Entró como una sombra, y supe que lo tenía delante de la mesa antes aún de alzar los ojos. Me pareció tranquilo.

Por su cara desganada y molesta hubiera dicho que sabía lo de la marcha. Y, en cambio, me preguntó si esa mañana había ido a la playa. Intercambiamos unas frases, y hablando yo buscaba lo que debería decirle. Le pregunté cuándo regresaba a la ciudad.

Hizo un gesto de hastío.

-Regresan todos, dije-.

Cuando supo lo de Clelia, jugueteó con la caja de cerillas. No le había revelado el motivo de la partida; después me pareció mortificado- me relampagueó la idea de que se consideraba él la causa, por el incidente del baile- y entonces le dije que, según sus deseos, la señora se había portado como una buena esposa y concebido un niño. Berti me miró sin sonreír; después sonrió sin motivo, dejó la cajita y balbució: -Me lo esperaba.

-Es una lata -le dije- que ocurran estas cosas. Las señoras como Clelia nunca deberían caer en el garlito.

Sin que yo me diera cuenta de la transición, Berti se puso inconsolable. Recuerdo que regresamos juntos hacia la casa, y yo callaba, y él callaba y giraba los ojos en torno.

-¿Regresarás a Turín?- le dije.

Pero él quería ir a Génova. Me pidió prestado el dinero del viaje. Le dije que si estaba loco. Me respondió que había podido mentir y pedírmelo para saldar una deuda, pero que conmigo la sinceridad era un derroche. Quería simplemente volver a ver a Clelia y despedirse.

-¿Qué crees?- exclamé-, ¿que se acuerda de tí?

Entonces calló de nuevo. Yo pensaba en lo extraño de aquello: yo tenía el dinero para el viaje y no lo hacía. Entretanto, llegamos a la callejuela, y la visión del olivo me irritó. Empezaba a comprender que nada es más inhabitable que un lugar donde se ha sido felíz. Comprendía porqué Doro había cogido el tren para regresar a las colinas, y a la mañana siguiente había vuelto a su destino.

Esa misma noche nos encontramos en el café -estaban todos, incluso Guido, incluso Nina en su mesita- y decidí a Berti a regresar conmigo a Turín. Guido quería llevarnos a bailar, estaba dispuesto a llevarlo hasta a él. Pero nos marchamos esa noche.

La playa, de Cesare Pavese, escrita en 1941.