lunes, agosto 24, 2026

Ceuta y Melilla



 España lleva años caminando en el filo de una navaja, y la literal invasión de Ceuta es uno de los hechos que lo demuestran. Como si esperáramos un terremoto, día tras día oimos el rumor de la tierra y su movimiento, sabiendo que un día temblará en mayor medida. Que una ciudad de 80.000 habitantes sea ocupada sin defensa por casi 70.000 personas venidas no solo de Marruecos, sino también de decenas de puntos de Africa, es algo inconcebible en épocas normales. Pero está claro que esto no es normal, estando en manos de un gobierno que parece actuar con un plan secreto de desmembramiento de España, comenzando por Ceuta y Melilla, y siguiendo por las regiones más o menos separatistas de la península. La inacción y falta de previsión del gobieno nacional no parecen ser un problema de incapacidad o de torpeza, sino un deseo deliberado de podar España a nivel social y político. No se puede creer que, ante un hecho de la magnitud de la invasión de Ceuta, el presidente de gobierno haga declaraciones en la televisión pública acerca de sus preferencias musicales y literarias, al modo de un "influencer televisivo". Ofende y se ríe de los afectados, y de toda España.

Leí en esos días en el diario La Nación de Buenos Aires el artículo dedicado al tema,  redactado por un periodista marroquí, Ahmed El Jechtimi, corresponsal de Reuters, en que se ponen del lado de los invasores: 

Los testimonios de los retornados incluían repetidas quejas sobre supermercados y tiendas cerradas, lo que los obligaba a buscar comida y agua mientras su ropa empapada se secaba en las calles. “Ceuta era como una prisión; no había nada que hacer. Todo estaba cerrado”, dijo un trabajador del puerto marroquí de Tánger Med, que prefirió no dar su nombre porque tenía que volver al trabajo.

“Era como una prisión”: el hambre y la hostilidad hicieron regresar a los migrantes que llegaron a Ceuta

Quizá La Nación lo viera distinto si la invasión fuera en Argentina.


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