lunes, octubre 17, 2022

El pensamiento uniforme


Reiteradamente, doy vueltas a comentarios que apuntan a Argentina. Es natural, habiendo nacido y crecido allí: Argentina, Chile y España son parte de mi historia personal. Además, existen hilos que conectan y anudan ideas y escenarios, y este tráfico es un camino de ida y vuelta entre América y España (España y Portugal), hoy tan vivo como lo ha sido en quinientos años. La pobreza o riqueza de la evolución cultural y social es algo que nos afecta a los dos lados. Los fallos y aciertos americanos, pueden llegar a repetirse aquí. Por eso es importante leer, releer, y sacar conclusiones. Sea una explicación de lo que sigue.

Se trata de un artículo de Andrea Calamari para Seul. En los suyos que he visto, hay un esfuerzo reflexivo, de pensamiento original, que rescatan el oficio del trabajo crítico allí donde no abunda. En este caso, conversa a partir de Borges: Se trata de una nota que habla del abismo social y cultural entre la Argentina del siglo pasado, hasta los ochenta o poco más, y la actual. Calamari introduce el problema a través de los reportajes a Borges en distintos medios, abundantes a medida que su fama crecía. De los distintos reportajes, Calamari rescata uno, muy particular, que le hace un estudiante de tercer año de la secundaria, a propósito de una tarea escolar pedida por su profesora (entrevistar a una personalidad). Lo primero que nota es que Claudio Pérez Míguez, el estudiante, elige preguntar a Borges. Luego transcribe el reportaje, cuyas preguntas no desmerecen, y las respuestas son ...Borges. El reportaje merece leerse, y hubiera deseado escucharlo.

Y ahora, las conclusiones de Andrea:

Hay tres cosas que me gustan de esta historia. [el reportaje del estudiante Claudio Pérez]
La primera es todo lo que pasó después y la relación que los unió hasta el ’86, muy larga para contar ahora. La segunda tiene que ver con la estatura personal de Borges. Ya es leyenda que recibía a todo el mundo, aunque Ricardo Piglia insiste en que lo hacía por soledad. Claudio, que lo visitó hasta su muerte y hoy vive en Madrid, no está de acuerdo: “Es verdad que estaba solo, pero conozco un montón de viejos en esa situación que no reciben a nadie”. Y la tercera es la dimensión de la popularidad de Borges por aquellos años. ¿Por qué llamó la atención de un estudiante secundario? Porque era parte del debate nacional cotidiano y no hacía falta haberlo leído para conocerlo. No puedo imaginar algo semejante con ningún escritor en la actualidad.
A medida que su estatura se iba acrecentando en el mundo, en nuestro país se fue convirtiendo en fuente de polémicas; ese era el personaje que conocía cualquier estudiante secundario. A Borges le ponían un micrófono enfrente, le preguntaban sobre cualquier tema, a veces contestaba y al otro día había un titular.

Calamari recuerda a un periodista, Matías Bauso que menciona el ambiente que todavía se vivía en los 70.. 

[Bauso] No es sólo un aficionado a las revistas, hizo una investigación para su libro 78. Historia oral del mundial, leyó todas las publicaciones que encontró y repasó el testimonio de una época: los escritores como figuras de alcance masivo. “Todas las semanas, entre el ’70 y el ’78, en las revistas de actualidad había una entrevista a un escritor”, cuenta. Eran tapa, salían en la tele, los buscaban para hablar de literatura pero también del país, del mundo, de la actualidad. Hermes Villordo, Abelardo Castillo, Beatriz Guido, Silvina Bullrich, Martha Lynch, Dalmiro Sáenz, Mujica Láinez, Bioy Casares, Ernesto Sabato y, el más solicitado, Jorge Luis Borges. “¿Qué autor es hoy una figura pública importante? Alguien que pueda hablar de cualquier tema. Ni siquiera los más consagrados. ¿Qué escritor podría hoy ir a comer a lo de Mirtha?” La pregunta de Bauso es pertinente porque pone la lupa sobre el lugar de los escritores en la sociedad. Eso ha cambiado. Sabemos cuánto pero no cómo.

En la actualidad hay más personas que escriben, infinitos libros publicados, lecturas endogámicas y comentarios condescendientes. No hay debates literarios, diatribas, columnas filosas en los diarios. No hay lugar para burlas. Se está perdiendo el arte de injuriar y debatir. En su lugar asistimos a un intercambio soso de elogios, un discurso demasiado uniforme, a la postulación de identidades y alineamientos antes de empezar a hablar: causas, colectivos, repudios, subsidios y hashtags.

Calamari centra todavía más su crítica recordando palabras de Ricardo Piglia. Ví las clases que recuerda Andrea, y debo darle la razón:

 Las clases que Piglia dio en 2013 en La TV Pública son ilustrativas. Sobre todo la cuarta. En su última clase, Piglia –gran lector de su obra, un especialista– aborda las relaciones entre política y literatura. Lo dice varias veces con distintas palabras: Borges es un problema, un obstáculo, un inconveniente.

Dice Piglia: “Vamos a trabajar sobre historia y política en Borges. Vamos a tratar de ver si podemos encarar esa especie de obstáculo que siempre ha sido Borges. Es un hombre de derecha, sobre todo el Borges que conocemos después de los años ’50. Yo diría que es el último intelectual de derecha. Yo creo que eso lo hemos dicho alguna vez. Es el único que dice las cosas que la derecha no se anima a decir. Por eso lo citan tanto, porque él dice cosas que son muchas veces irritantes y también tienen que ver con su manera de encarar una posición ética, ser capaz de estar en posiciones, digamos, no tan populares.” En un país con una cultura de izquierda, dice, Borges se animó a ser de derecha.

Todos los implícitos que hay en esa afirmación son los que me llevan a extrañar a Borges: la izquierda está bien, la derecha está mal, el peronismo es izquierda, si en Argentina no pertenecés a la cultura mayoritaria y hegemónica, para hablar tenés que “animarte”.

Y contesta Calamari:

Borges no “se animó a ser de derecha”: se animó a señalar el autoritarismo, la verticalidad, el culto al líder, la censura, las persecuciones. Miraba a Europa y no estaba dispuesto a consentir o proponer una complicidad. Como Borges es un obstáculo para la narrativa nacional y popular de buenos y malos, la intelectualidad que consiente prefiere quedarse con las anécdotas, buscar las declaraciones ocurrentes y el humor, para dejar cristalizado el antiperonismo de Borges como una nota de color (“el viejo era un poco gorila, gracias a Perón que lo dejó sin trabajo se hizo conferencista, lo mandaron a trabajar como inspector de aves, qué borgeano todo, jajaja”).
Volviendo a la diferencia de época,

(...) No logro imaginar a Borges en estos tiempos. No acierto a ubicarlo en escena. ¿Qué estudiante secundario lo entrevistaría? ¿Con quién debatiría? ¿De quiénes se burlaría? ¿Cuáles serían sus amigos? No encuentro nada a su altura y, definitivamente, no habría un Bioy con el que pudiera juntarse a comer cada día.

Finalmente, Calamari ironiza con lo que sería la narrativa periodística de unas declaraciones de Borges hoy:

Ahora que repaso en la web recortes y compendios de sus frases para esta nota, caigo en la cuenta de que no puedo imaginarlo a él en el presente pero sí a los titulares. Eso sí, en tiempos de periodismo de declaraciones, nos costaría encontrar sus textuales sin el juicio previo de un egresado de comunicación, un pasante de periodismo, un editorialista compulsivo.

Polémicas declaraciones de Jorge Luis Borges: ‘Estoy contra el fascismo, el marxismo y el peronismo porque esos movimientos son formas del fanatismo y la estupidez’. La CGT prepara un documento de desagravio.

Insólito posicionamiento de Jorge Luis Borges sobre la política: ‘El gobierno es un mal necesario, pero lamentablemente en todas partes el Estado cada vez se torna más molesto’. Intelectuales y dirigentes salieron al cruce.

Repudiable afirmación de Jorge Luis Borges sobre la guerra de Malvinas, a la que comparó con la pelea de dos calvos por un peine. Incluso propuso ceder las islas a Bolivia para que tenga una salida al mar. Se alzan las voces en rechazo.



sábado, octubre 01, 2022

El tiempo (y el ser)

 


Esto lo escribió Gustavo Noriega, el 29 de septiembre, en Seul, con un pequeño homenaje lateral a Godard, y otro probablemente no calculado a Heidegger (Dasein):

(...) Borges es inusualmente honesto. Luego de pasearse a lo largo de diez páginas por la historia de la filosofía occidental y jugar con la idea de que el tiempo es tan ilusorio como el yo o la realidad exterior, le dedica el último párrafo a reconocer que todo lo que está hablando es un juego que nos distrae de nuestra condición efímera, es decir, a estar a merced de ese río impetuoso, unidireccional y puntual que es el tiempo:

And yet, and yet… Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.

Probablemente, este párrafo final es lo más extraordinario que escribió JLB, lo más personal y expuesto. Desde la música de la aliteración insólitamente persistente (irreal, irreversible, hierro, río, arrebata) hasta las citas eruditas pasando por el comienzo en inglés, directo y misterioso: todo suena simple y complejo al mismo tiempo. Lejos de refugiarse en sus bibliotecas, esas líneas exhiben descarnadamente su conciencia de la fragilidad de ser. El vértigo de un cuarentón que comienza a entender que lo que queda por delante es declive y final. Es tan humano ese momento que Godard, el rey de las paradojas, lo utilizó literalmente en el final de Alphaville, en la voz de una computadora (“El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Alpha 60.”).


sábado, septiembre 17, 2022

La grieta

 


Quiero transcribir, resaltando en color, las reflexiones de Gustavo Noriega a propósito de la muerte de Magdalena Ruiz Guiñazú, para la publicación Seul, en Argentina. ¿Por qué, en España, ocuparse de un incidente lejano y menor, según como se lo mire? Una y otra vez, porque creo que debemos vernos en un espejo, como si miráramos a un futuro posible, uno entre varios que aún podemos tomar. ¿No existen temibles similitudes en los usuales "escraches" (otra maldita palabra traída de Argentina) cuando un político o personaje público se presenta en una Universidad, y es agredido con furia por la manada de estudiantes de izquierda? ¿No existe una horrible similitud con la negativa del nacionalismo catalán a que se hable en castellano en Cataluña?

Dice Noriega:

 No diré mucho más de Magdalena salvo que fue por su figura que comencé a ver cómo lo que todavía no se llamaba “la grieta” podía llegar a afectar las relaciones familiares. Comencé a trabajar en su programa en marzo de 2010. Un mes después presenté el libro que había escrito sobre el Indec en la Feria del Libro. La presentación fue interrumpida por un grupo de barrabravas de Nueva Chicago, con una fuerte conexión con el Mercado Central y con el entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, responsable de la intervención de facto en el Indec. Durante uno o dos días, el libro fue noticia. De alguna manera, tuvo la mejor presentación posible: lo que en sus páginas se denunciaba tenía una confirmación externa. Había patotas en el instituto oficial de estadísticas y estaban relacionadas con el secretario de Comercio.

Poco después, todavía aturdido por los hechos, recibí un mail de una prima, hasta ese momento muy querida. No la veía mucho pero la llamaba “mi prima favorita”. En el mail decía algo así como: “Sé que sucedió algo en la Feria del Libro pero no entendí bien. Pero vi con asombro que estás trabajando con Magdalena. ¿Qué te pasó?”. De pronto, descubrí que una persona que conocía, pariente de sangre, con un marido encantador y dos hijos modelos, absolutamente civilizada, consideraba que era mucho más deshonroso trabajar con Magdalena Ruiz Guiñazú que el hecho de que una patota compuesta de barrabravas fuera a la Feria del Libro a interrumpir de manera violenta la presentación de un libro. Y que lo hacía de tal manera que la pregunta que yo me hacía, atónito, “¿qué le pasó?”, ella me la hacía a mí.

Retrospectivamente, vi el momento en que leía el inesperado mail como una escena de la película Invasion of the Body Snatchers, en donde los habitantes de un pueblo cercano a San Francisco comienzan a notar ligeramente distintos a algunos vecinos, amigos, parientes. Son iguales físicamente, pero algo profundo, muy interior, cambió de una manera radical. ¿Cómo podía ser que una persona empática y básicamente buena, de pronto minimizara el episodio violento que había sufrido un pariente y considerara a Magdalena, nada menos, como algo tan vinculado al mal que su sola cercanía debía ser considerada como sospechosa? ¿Qué les pasó a ellos para cambiar así?

Había tenido unos años antes una muestra menor de lo que se venía en términos de “grieta”. El día de las elecciones de 2007 me tocó estar en un cumpleaños lleno de sociólogos que, con mucho entusiasmo, habían votado a CFK y suponían que cualquier otra persona que estuviera en la fiesta había hecho lo mismo. Muy tímidamente esbocé que no era mi caso, que había votado a Elisa Carrió y que lo que estaba pasando en el Indec –que ya llevaba diez meses– me resultaba intolerable. Uno de ellos, de los más amables y racionales, casi como mi prima, me dijo: “Claro, vos tenés un compromiso emocional con el Indec, te afecta mucho”. No intenté explicarle que la violación de las estadísticas oficiales era un desastre que nos afectaba a todos, más allá del compromiso emocional. Hoy, cada tanto, quince años después, sigo contestándole en mi mente.

La despedida casi universal que recibió Magdalena en estos días nos puede hacer olvidar el clima que se comenzó a vivir en esos años. Por supuesto que la brutal intervención del Indec comenzó en enero de 2007 y que poco después el conflicto con el campo por la 125 hizo que el gobierno se enfrentara con Clarín, hasta ese momento su socio estratégico, y radicalizara sus posiciones. Sin embargo, el clima se puso especialmente espeso en esos días de 2010 y de ahí en adelante, impulsado por el resurgimiento de la imagen de CFK luego de la muerte del marido y su impresionante reelección con el 54 % de los votos en primera vuelta en 2011.

En aquellos días aciagos, Magdalena, que había abierto el micrófono a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo cuando eso era peligroso y que tuvo participación destacada en la realización del Nunca Más, era escupida simbólicamente en los actos masivos y hasta tuvo un “juicio popular”.

Ese episodio es probablemente el más increíble de todos. Impulsado por un sector marginal del periodismo K, encabezado por Claudia Acuña y Pablo Llonto, y con la bendición de Hebe de Bonafini, se realizó cuatro días después de la irrupción de la patota en la Feria del Libro, el 29 de abril de 2010.

Según las crónicas de esa fecha:
En los "alegatos finales", Hebe de Bonafini dijo que los periodistas juzgados tienen que "pedir perdón por tanta ignominia, por tanta locura, por haber avalado la tortura, perdón, eso es lo que hace falta que hagan algunos, aunque no alcanza" y agregó: "Esta es la plaza del pueblo, donde reclama y exige. Falta tan poco para el bicentenario, cuando el pueblo quería saber de qué se trataba... hoy quisimos saber de qué se trataba y lo hemos conseguido". A mano alzada, todos los presentes "condenaron" a los periodistas juzgados por "complicidad con la dictadura".
Que el kirchnerismo hoy parezca ser una banda de desarrapados que no puede dominar la economía ni controlar al Poder Judicial, como pretende, ni convocar a jóvenes ni a pobres, como hacía en su momento, y que Magdalena se haya ido con un gran reconocimiento general no nos tiene que oscurecer que todo puede ser distinto otra vez. La pregunta sigue en pie: ¿cómo puede ser que millones de personas refrendaron ese estado de cosas en las elecciones de 2011? ¿Cómo pudieron hacerlo nuevamente en 2019?

No me refiero especialmente al resultado de los comicios sino a las elecciones que hicieron las personas como mi prima favorita. No se trata de gente desesperada, a la que cada crisis económica la va acercando al abismo. Me refiero a universitarios completos que tenían las capacidades cognitivas suficientes como para poder distinguir entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Guillermo Moreno y terminaron eligiendo a este último o, por lo menos, a quienes le dieron poder en la economía y liderazgo en la guerra salvaje contra un diario.

Sólo hay dos maneras de pensar que Magdalena había sido colaboradora de la Dictadura mientras que los Kirchner habían resistido heroicamente defendiendo la democracia. Una sería por ignorancia. Otra, la más tortuosa, la más dañina, es la de los que elaboran una construcción teórica que se impone por encima de los hechos, una especialidad de las facultades de humanidades. Esa es la que más me desespera porque son personas que hasta hace unos años eran mis amigos, mis parientes, mi gente cercana. Es una tradición del progresismo que adhiere a lo indefendible: relegar los hechos a un rincón sin importancia, apoyado por lecturas de la coyuntura, conveniencias ideológicas e interpretaciones rebuscadas de enemigos ideales.
La foto, del archivo de https://www.lu5am.com , aunque ahora ya no está disponible en linea

domingo, septiembre 11, 2022

Marías y la traducción


 No sé si porque la noticia se conoció después de mediodía, o porque en las radios que escuché a la mañana no se enteraron, ocupados en sus propios jardines, pero me enteré de la muerte de Javier Marías mientras leía un artículo sobre otra cosa en El Cultural, pasadas las seis de la tarde. Confieso que no leí a este Marías; si a su padre, y no estaba en mi lista de autores a conocer. Sin embargo, viendo las reseñas que van saliendo sobre su obra, lo debo agregar a la lista de los inmediatos. No puedo decir nada acerca de su trabajo, excepto esto que dice Fernando Diaz de Quijano, en El Cultural , a propósito de su tarea de traductor:

A su faceta como escritor hay que sumar la de traductor, docente y articulista. Con su traducción de Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Stern, logró el Premio de Traducción Fray Luis de León. También tradujo a Stevenson, Conrad, Faulkner, Yeats, Ashbery, Auden o Nabokov. Para él, traducir era "la mejor manera de leer un libro", porque "tienes que estudiar hasta el último detalle y volcar el texto a tu lengua de forma aceptable. La traducción es una excelente escuela para un escritor".

Nunca será lo mismo leer un autor en su lengua original o leerlo en una traducción, aunque sea muy buena. En el pasado leí todos los autores rusos o franceses que caían en mis manos...traducidos. Hoy raramente lo haría. Parece un adocenamiento del autor.  Por eso entiendo perfectamente esta posición de Marías: no hay que leer una traducción: hay que hacerla.

La foto, en XLSemanal, de Carlos Carrión.

lunes, septiembre 05, 2022

Recordando Santiago


Leo a Jorge Edwards, y me trae el recuerdo de los pocos años que viviera en Chile, esos años en que viajaba a Santiago, para quedarme una semana cada vez, recorriendo otro mundo tan distinto a Buenos Aires. Quizá por ese mismo extrañamiento que se produce ni bien cruzas la cordillera, tengo un recuerdo persistente de calles, rincones, edificios, nombres, voces, que no puedo convertir en conceptos claros, pero que retomo leyendo sus páginas, donde esas impresiones fluyen como fluye Belgrano en las historias de Sábato. Edwards recorre Ahumada, Providencia, bordea el Mapocho, almuerza en la Estación Central, sube al San Cristóbal y a Santa Lucía, va a Peñalolén...pero sus recuerdos van mucho más atrás que los míos para esos sitios, a cincuenta años antes; y sin embargo, no tan distante en su consistencia. Me quedarán para siempre Baquedano y Providencia, Tobalaba, Los Leones, Apoquindo, la calle Suecia, la central de autobuses, la sorpresa de ver la alta muralla de la cordillera después de la lluvia...Cuando quedaba libre de mis tareas, caminaba por la larga Providencia, o me tomaba un Metro y me iba a una punta, para volver caminando hasta Baquedano. Edwards lo deja fluir en su memoria, con la ventaja de estar inmerso en su gente, algo que para un visitante solo es una aproximación. Yo solo puedo decir que conservo mi trato con muchos de mis colegas de entonces después de pasados veinte años. Mi contacto fue con personas educadas con mucho esfuerzo para sacar una carrera, en general de orígen sencillo, acostumbrados a un trato amable y respetuoso, donde alguien raramente levantaba la voz. Era algo que saltaba a la vista de Los Andes para abajo... Probablemente hay mucho más, matices oscuros que se intuían, pero que sólo se materializarían siendo parte por largos años. Edwards naturalmente tiene una visión más completa de sus compatriotas, trayendo a la vida en sus descripciones no sólo ese paisaje, sino también la visión de quienes mandan y reparten. Partí de Santiago en octubre de 2005 y sólo me ha quedado el hilo de la conversación a distancia. Seguramente ha cambiado mucho todo, e incluso las circunstancias políticas han mudado quizá más de lo que imagino, pero probablemente, si estuviera un par de semanas, recuperaría lo que a pesar de todo no cambia, como sucede leyendo historias de Edwards ocurridas hace cincuenta, ochenta, cien años.

Tomo algunos párrafos del capítulo XXVII de El inútil de la familia. Rememora un episodio de su infancia probablemente, ya que toda la historia contada se refiere a la vida de su tío Joaquín Edwards Bello, y la narración se balancea entre los hechos de su tío y los suyos propios. "la Miss" era su tutora inglesa, a quien le dedica gran parte de este capítulo:

(...) un buen día, me parece que en la primavera, me llevó a pie a la casa de esa Elvirita o esa Martita o esa Olguita, un gran bungalow de aspecto campestre, con mucha madera, amplias galerías exteriores, frondosas enredaderas anaranjadas o de color lila, rodeado de un parque magnífico. El conjunto formado por el bungalow y el extenso parque se llamaba Montolín, o le decían Montolín, y ahora tengo la impresión de que llegaba por el lado norte hasta la orilla misma del río Mapocho (...)

La Miss y yo subimos por el costado del convento que ya había sido demolido, atravesamos la Plaza Italia (...) seguimos por el entonces llamado Parque Japonés y llegamos a Montolín. Durante la caminata que debe de haber durado tres cuartos de hora, por lo menos, la Miss me hablaba en inglés y yo, que le entendía casi todo, le contestaba en castellano. Lo hacía por agresividad infantil, de niño grandulote, pero que todavía andaba de pantalón corto, por obstinada desobediencia, pero también, según he llegado a la conclusión, por vergüenza. La vergüenza, en ese mundo de cosas que se podían hacer y cosas que no se podían hacer, de gente con quien se podía andar y gente con quien no se podía andar, de palabras que podían pronunciarse o no podían pronunciarse (...) La vergüenza, repito, era el sentimiento más cotidiano, algo así como el estado natural del alma. Entramos al parque, donde había más de algún perro, alguna cacatúa chillona además de pavos reales que desplegaban sus colas (...) saludamos de lejos a un caballero de luengas barbas que se balanceaba en una silla de balancín, en la esquina de de la galería, y entramos. (...) Tengo la impresión de haber ingresado a una sala más bien baja, desordenada, algo oscura, donde había por todas partes y hasta por el suelo gruesos cojines de cretona, donde una niña un poco mayor que yo, de cara larga, de voz medio regalona y medio cansina, la Elenita, la Elvirita o la Olguita de la Miss, hablaba sin descanso y en una mezcla chapucera de inglés y de castellano. Familias de Valparaíso de costumbres semiinglesas (...)

Llegaron otros niños algo mayores , y que desde un comienzo, en virtud de un sexto sentido, de un olfato que se me había desarrollado en el colegio, en la calle, en todo terreno desconocido o no enteramente controlado, me parecieron hostiles, peligrosos.

-¡Al puente!- gritaron, y uno de ellos, un gordito mofletudo, de pelo rizado, se me acercó y me dijo que tenía que seguirlos. El tono del gordito era el de una orden, no el de una invitación, y yo, acomplejado, pollo en corral ajeno, obedecí. Salí a la parte de atrás del parque, con cara de ajusticiado, mientras la Elenita o la Olguita de voz monocorde, sin dejar de hablar, se colocaba a la cabeza del grupo, y llegamos a un puente colgante que tenía una sola cuerda para sujetarse a uno de sus lados. Ellos entraron a la carrera, en tropel, sin mayores precauciones, como si lo hicieran todos los días, y el puente, entre piedras y zarzamoras, sobre un torrente de aguas barrosas, empezó a cimbrarse a toda fuerza.

-¡Entra!- gritó uno de los niños más grandes, con ojos turbios, con una expresión autoritaria que no auguraba nada bueno- ¡No seai maricón!

Pensé que los ojos de ese niño eran como las aguas de abajo, barrosas y revueltas, coronadas por una espuma sucia, Agarré la cuerda con angustia y avancé por el puente estrecho, donde algunos de los maderos estaban rotosy algunos otros faltaban, sin mirar el río (...)

 Llegué al otro lado con la cara verde, con náuseas, medio hecho en los pantalones, y uno de los niños, un grandote que estaba cerca, me dió un tremendo pellizco, me hizo aullar de dolor. Los otros, formando círculo, empezaron a darme empujones, hasta tirarme al suelo , y ahí se dedicaron a pegarme patadas, mientras la Martita o la Olguita, el angel de la Miss, con su pelo de estopa rubia, su cara un poco alargada, sus brazos cubiertos de pecas colorinas, miraba como si se tratara de un espectáculo cualquiera, de una función de teatro o de circo, Escuché, en medio del ruido, de las piedras que el río arrastraba, de los chillidos, la palabra camello, y como a los hermanos mayores de mi padre, y por extensión a mi padre, los llamaban camellos en algunas casas, en algunos círculos, el Camello Fulano de Tal, el Camello Zutano, llegué a la conclusión de que me estaban castigando por pertenecer a la rama oscura, menos rica, pobretona, de acuerdo con ciertas estimaciones , de los Camellos.

-¡Ya! ¡Basta! -decretó la Martita o la Olguita, con su voz lenta, medio nasal, con su pronunciación extraña: chilena, achilenada, y a la vez inglesa de Valparaiso, ainglesada. Los golpes cesaron en forma inmediata, Se notó que la chica, con su cara no de camello, pero si un poco de caballo, era la cabecilla indiscutida. Yo me levanté del suelo, adolorido, lleno de rasmilladuras en las piernas y en los codos, y me sacudí la ropa. Ellos habían querido hacerme llorar, pero ahora, en la memoria, me parece que resistí de lo más bien, Hasta me reía, como para pretender que todo no había sido más que un chiste. En otras palabras, me reía como un imbécil, mientras la Martita o la Olguita, la cabecilla del grupo, me daba la espalda, y todos la abrazaban y trataban de juntar las cabezas con la de ella. Después he comprendido que ella, el ángel de la Miss, el monstruo mío de la otra orilla del Mapocho, que en aquellos años todavía era un peladero con zarzamoras, con matas de espino, con perros vagos y una que otra vaca, debía ser la hija de una de tus hermanas, sobrina tuya carnal, y que ese Montolin era el mismo de tus crónicas, el de la mansión de tu familia después de salir de la calle Monjitas. De manera que el salón de las cretonas era, a lo mejor, el de tu madre, un espacio que tuviste que conocer muy bien, a pesar de tu extravío.y me pregunto quién era el anciano de la galería de la entrada , el que leía el diario en la silla de balancín, quién sería.

La fotografía, tomada de https://www.ellibrodurmiente.org/persona-non-grata-jorge-edwards/

domingo, agosto 21, 2022

El periodismo en caída

 En Argentina, una parte importante del periodismo, al menos la parte visible, la parte aceptada, la parte comentada, luego de la caída de la última dictadura militar, es decir, en los últimos cuarenta años, se hizo rabiosamente militante. Luego de una larga primera ola de "nunca-mases", se forjó por años, un estilo de trabajo y de "docencia" que describe creo que con acierto Leonardo D'Esposito, particularmente hablando de CQC:

Mario Pergolini era el irreverente de la radio. Bueno, parecía: era divertido e incorrecto en Rock&Pop a diferencia de su primer coequiper, Ari Paluch. En TV había hecho Rock&Pop TV y La TV ataca antes de que, finalmente, surgiera Caiga Quien Caiga. CQC era un noticiero satírico, en principio, un programa de humor. Ese humor tenía como blanco el gobierno de Carlos Menem y algunos apuntes sociales que hoy podrían considerarse “cancelables” (desgraciadamente). Había mucho del “Weekend Update” de Saturday Night Live y Pergolini, Eduardo De la Puente y Juan di Natale tenían no poco de histriónicos: Pergolini el irónico, De la Puente el loco, Di Natale el cool. Los noteros (ahí surgieron, lo saben, Andy Kusnetzoff, Daniel Tognetti y Daniel Malnatti, entre otros) se metían en todas partes, rompían protocolos y hacían preguntas incómodas. Se reían de todos sin distinción ni, esto es básico, diferencias. Estaba bien en parte: implicaba romper con el respeto debido a lo que se supone que es la autoridad.

Pero generó el hecho de que nadie merecía respeto. Nadie. Salvo quizás Fidel Castro (¿recuerdan con qué reverencia se le acercó Tognetti?). En otro sentido, aquellas notas no tenían nada de periodístico: de hecho, Pergolini rechazó una nominación a los premios Martín Fierro en esa categoría. Pero, y aquí está el otro problema, miraba el mundo desde arriba, como un permanente objeto de burla. La razón, el pensamiento correcto, la mirada justa estaba en los conductores. Por otro lado, una vez que el truco quedó perfectamente establecido, los entrevistados se prestaban a la canchereada boba, o a fingir una indignación impostada. En algún sentido, los burlados se burlaban de los burladores y recuperaban –o adquirían– algo nuevo: impunidad ante el periodista. No olvidemos aquel momento en el que Tognetti le preguntó a Felipe Solá, entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires: “¿Cómo hay que hacer para permanecer ocho años en el poder?”. La respuesta de Solá fue, mientras colocaba un habano en su boca y miraba fijamente a la cámara: “Hay que hacerse el boludo”. Esos escasos cinco segundos están grabados a fuego en la historia de la televisión y del periodismo argentino. En el segundo caso, fue la prueba de que el poder, a ese periodismo, lo había derrotado.

¿Qué importancia tiene este panorama pensando en España? Como en otros aspectos, es que la historia de la ruina de Argentina debe servir para aprender y evitar...lo que allí vemos debe servir para reconocer los resultados a largo plazo de un camino que se construye paso a paso, cada día un poco peor. 

Me pregunto si lo que D'Esposito describe (y solo es parte de la historia) sucede todavía en Argentina. Pero justamente sus palabras no son retrospectivas, sino presentes.



 

 

martes, julio 26, 2022

Cortázar y el error latinoamericano


 En el libro comentado antes, en el mismo capítulo que recoge un diálogo de 1999, "el público" pregunta por qué no se ha hablado de Julio Cortázar durante su desarrollo y la respuesta de Piglia y Saer es lapidaria, quizá la respuesta de una generación. Comienza Piglia:

 (...) es cierto que Cortázar podría ser un escritor para discutir este problema a fondo, porque las adhesiones políticas que Cortázar tomó en relación con la Revolución Cubana y en relación con la Revolución Sandinista le produjeron una serie de conflictos en relación con su propia poética. Sería el caso de un escritor cuya poética no está a la altura de lo que sus aliados políticos le piden. De ahí que todas las posiciones públicas de Cortázar en relación con la literatura son defensivas. El dice: << Bueno, se puede hacer literatura fantástica y ser un hombre de izquierda.>> Está todo el tiempo tratando de encontrar una explicación porqué su poética no coincidía con la que postulaban sus aliados, los populistas cubanos y los populistas nicaragüenses, que de un modo implícito estaban diciendo que la literatura de Cortázar era elitista, que no era para las masas. Una situación dramática para Cortázar, porque era un hombre con una ética personal fantástica, que se enfrentó con la dicotomía entre lo que hacía y había hecho siempre y lo que los aliados políticos definían como modelo de literatura...

En fin...desde su nacimiento, la "nueva novela latinoamericana" fue cortejada por Cuba y apoyada a través de los premios, estímulos y publicaciones de la Casa de las Américas, estableciendo un camino de entrada en toda América Latina para el comunismo cubano y sus soportes rusos y luego chinos. Y Cortázar fue uno de sus sostenedores, desagradable de ver por su anuencia cuando ya había razones para tomar distancia. No se guardará recuerdo de Cortázar por sus trabajos más "comprometidos", sino por aquellos en que no se subordinó a ellos.

Esos lazos persisten en muchos intelectuales americanos (y europeos), aún cuando esos gobiernos se han convertido en dictaduras que practican el fascismo más crudo, como se pudo ver en las revueltas cubanas de hace poco más que un año.

La foto, de La Vanguardia, 4-06-2021. Tomada en 1972, en una cena por el premio Barral de novela de ese año.

lunes, julio 25, 2022

Los periodistas y los escritores

 De una conversación entre Ricardo Piglia y Juan José Saer, en 1999, recogida en el libro "Por un relato futuro", en el capítulo Literatura y política hoy:

(...) yo diría que quizás estábamos más tranquilos cuando había una cultura oficial y una cultura alternativa. Entre 1960 y 1975 pensábamos que estábamos construyendo una cultura alternativa que estaba ligada a una política alternativa, y teníamos nuestras revistas, nuestras editoriales, nuestro sistema de circulación. En ningún momento circulábamos por los espacios por los que circulaba la cultura hegemónica. Eso cambió con la dictadura y en la transición democrática los periodistas se convirtieron en los intelectuales de la sociedad. Es triste y es cómico, pero más triste todavía es ver cómo los intelectuales se esmeran en hablar como los periodistas y se vuelven, como decirlo, idiotas. Parece que hoy estamos todos en el campo de la cultura hegemónica. Saer pasa por la televisión, todos nosotros alguna vez pasamos por la televisión. Lo que está surgiendo ahora es una estrategia de intervención rápida en los medios. Hay que buscar formas para que la televisión se vea obligada a adaptarse a la cultura y no como sucede ahora, que todo se trivializa porque los intelectuales parecen entusiasmados por la triste oportunidad de adaptar la cultura a la televisión.

Era el año 1999 y Argentina llevaba varios años de sucesiones presidenciales mediante el voto. Lo menciona Piglia en otro momento de la conversación. Sin embargo, poco duraría...el presidente De La Rua duraría de diciembre de 1999 a diciembre de 2001, habrían otros dos presidentes en pocos días, y otros dos encargados del poder ejecutivo entre sus alternancias. Y todo cerrado con otros doce años de populismo. Y eso,  cerrando los ojos a los "detalles" de esas alternancias democráticas, y al hecho de que gobiernos militares fueron varios, no uno. Uno, si consideramos que Argentina renace en 1983, y antes no tenía historia.

Lo que sí se ha mantenido, probablemente, es su visión del periodismo.  ¿Válido sólo para Argentina?


domingo, julio 17, 2022

Orwell, Bernanos, Weil


Orwell. Bernanos, Weil...¿ Qué tienen en común estos tres nombres? La guerra civil española, la decepción, el bajar de las palabras a la cruda realidad. El haber estado, sin nadie que se lo contara. 

Hubo un momento en que la guerra civil tuvo un halo de romanticismo, en que apoyar al bando republicano era revolucionario y antifascista. Miles de intelectuales de izquierda se inscribieron en las filas republicanas y viajaron "a matar fascistas" desde múltiples sitios de Europa u América , como dijo Orwell, o como se proponía Weil al entrar a España. Esa adhesion por afiliación política o ideológica nunca funciona, porque la distancia entre las motivaciones reales e históricas de un pueblo o nación están muy lejos de la vivencia y entorno de esta militancia por simpatía ideológica.

Resulta chocante y contradictorio ver la cara de orgullo de Simone Weil con su uniforme y su arma de la tropa de CNT, al comparar estas imágenes con sus conclusiones maduradas después de sólo un par de meses "en el campo".

Más aún, esta adhesión externa e ideológica, ajena a las motivaciones profundas de la sociedad afectada, sólo pueden generar máquinas insensibles de matar, quemar, y también robar o violar, cuando se trata de aquellos militantes duros y experimentados; o generar soldados dispuestos a retirarse del campo de batalla en el menor tiempo posible. Orwell salió en seis meses, Weil en dos, Me pregunto cuál es la proporción de sobrevivientes en las brigadas internacionales, comparadas con la supervivencia de los soldados republicanos o nacionales nativos españoles.

El caso de Bernanos es distinto, ya que sus expectativas estaban puestas en el bando Nacional, desde un punto de vista católico, y con alguna adhesión a José Antonio Primo de Rivera, Sin embargo, su decepción fue paralela a la de Orwell y Weil, y de hecho así lo reconoce Simone Weil en la carta que le dirigió a Bernanos, y que él siempre llevó consigo. No hay esperanza ni confianza en sus conclusiones (las de todos) después de haber estado cerca del desastre.

Georges Bernanos, viviendo en Mallorca, escribió "Los grandes cementerios bajo la luna". Su decepción pasa de generales y políticos cínicos dispuestos a cambiar de bando según sople el viento, hasta la dirigencia católica dispuesta a bendecir una carnicería:

Yo vi, viví en España el periodo prerrevolucionario. Lo viví con un puñado de jóvenes falangistas, honrados y valientes. Aunque no estaba del todo conforme con su programa, notaba que a ellos y a su jefe les embargaba un violento sentimiento de justicia social. Afirmo que su desprecio por el ejército republicano y sus estados mayores, traidores a su rey y a su juramento, no era menor que su justa desconfianza hacia un clero experto en chanchullos y apaños electorales con la pantalla de Acción Popular y por persona interpuesta, el incomparable Gil Robles. ¿Qué fue de estos muchachos?, os preguntaréis. Dios mío, os lo diré. La víspera del pronunciamiento no había más de quinientos en Mallorca. Dos meses después eran quince mil, gracias a un reclutamiento desvergonzado, organizado por militares interesados en destruir el Partido y su disciplina. Bajo la dirección de un aventurero italiano llamado Rossi, la Falange se había convertido en una policía auxiliar del Ejército a la que se encomendaba sistemáticamente el trabajo sucio, en espera de que sus jefes fueran ejecutados o encarcelados por la dictadura y sus mejores elementos despojados de sus uniformes e incorporados a la tropa (...)
Llevábamos semanas esperando, sin creerlo, el golpe de mano anunciado por Primo de Rivera. ¿Qué cabía esperar de los militares? El ejército español, principal autor y beneficiario único del tremendo desbarajuste marroquí, rigurosamente expurgado de sus elementos reaccionarios, gobernado por logias masónicas de oficiales contra las que ya se había quebrado la voluntad del primer Primo, era además violentamente anticlerical. (Lo sigue siendo, como casi toda la población masculina de España y se verá, seguramente, en un futuro próximo). Todavía hoy pienso con amargura que con un poco menos de respeto por las vidas humanas, por las vidas españolas (respeto tradicional en los Borbones), Alfonso XIII habría ahorrado a su país un calvario atroz aunque solo fuera llevando al paredón al general Sanjurjo que, contra todo pronóstico, le negó el apoyo de la Guardia Civil, dando una puñalada por la espalda a la Monarquía. Nada me impedirá tampoco lamentar que no se tomara una medida semejante con el aviador comunista Franco, cuya propaganda había desmoralizado a un cuerpo considerado hasta entonces fiel, y que, disfrazado de fascista, ayer todavía comandaba la base aérea de Palma (...)
En Mallorca, como no hubo actos criminales, solo pudo ser una depuración selectiva, un exterminio sistemático de sospechosos. La mayoría de las condenas legales impuestas por los tribunales militares mallorquines —luego hablaré de las ejecuciones sumarias, mucho más numerosas— solo sancionaron el crimen de «desafección al movimiento salvador», expresada con palabras o incluso con gestos. Una familia de cuatro personas, de excelente burguesía, el padre, la madre y sus dos hijos de dieciséis y diecinueve años, fue condenada a muerte por el testimonio de una serie de personas que aseguraban haberles visto aplaudir, en su jardín, al paso de unos aviones catalanes. La intervención del cónsul estadounidense salvó la vida a la mujer, que era de origen puertorriqueño (...)
No, las derechas españolas no fueron tan estúpidas. Hasta el último momento se declararon contrarias a toda clase de violencia. La Falange, convicta de purgar a sus adversarios con aceite de ricino, todavía el 19 de julio de 1936 estaba tan mal vista que cuando la misma mañana del golpe de estado mataron casi delante de mí a un joven falangista de diecisiete años apellidado Barbará, el personaje al que las conveniencias me obligan a llamar Su Ilustrísima, el obispo de Mallorca, después de pensarse mucho si este violento merecía exequias religiosas —el que a hierro mata a hierro muere—, se conformó con prohibir que sus sacerdotes se presentaran en el oficio con sobrepelliz. Seis semanas después, cuando llevaba a mi hijo en moto a los puestos avanzados, me encontré al hermano del muerto tendido en la carretera de Porto Cristo, ya frío, bajo un sudario de moscas. La antevíspera los italianos habían sacado de la cama en medio de la noche a doscientos vecinos de este pueblo cercano a Manacor, considerados sospechosos, les habían llevado por hornadas al cementerio, les habían ejecutado con un tiro en la cabeza y habían quemado los montones de cadáveres cerca de allí. El personaje a quien las conveniencias me obligan a llamar obispo-arzobispo había mandado al lugar a uno de sus curas que, chapoteando entre la sangre, impartía absoluciones entre descarga y descarga. No me extiendo más sobre esta función religiosa y militar para no herir, en lo posible, la susceptibilidad de los heroicos contrarrevolucionarios franceses, sin duda hermanos de los que vimos, mi mujer y yo, huir de la isla a la primera amenaza de una hipotética invasión, como cobardes. Me limito a observar que esta matanza de miserables indefensos no arrancó ni una palabra de condena, ni siquiera la más inofensiva reserva de las autoridades eclesiásticas, que se conformaron con organizar procesiones de acción de gracias. Como podéis suponer, a esas alturas cualquier alusión al aceite de ricino se habría considerado inoportuna. Al segundo Barbará le hicieron exequias solemnes, el ayuntamiento decidió dar el nombre de los hermanos a una de sus calles y la nueva placa fue inaugurada y bendecida por el personaje a quien las conveniencias me siguen obligando a llamar Su Ilustrísima el obispo-arzobispo de Palma.

En Los grandes cementerios bajo la luna, primera edición en 1938

Al hombre que escribía esto, Simone Weil le dirije su conocida carta. Sigue lo fundamental:

(...) Yo no soy católica, aunque —lo que voy a decir parecerá presuntuoso a cualquier católico, dicho por un no católico, pero no me puedo expresar de otra manera— nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno. A veces me he dicho que si se fijara a las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma, poco elevada, yo me convertiría inmediatamente. Desde la infancia, mis simpatías se han dirigido hacia los grupos que se identificaban con las capas despreciadas de la jerarquía social,  hasta que he tomado conciencia de que tales grupos son de una naturaleza que hace extinguirse cualquier simpatía.

El último que me había inspirado alguna confianza era la CNT española. Había viajado un poco por España antes de la guerra civil; muy poco, pero lo suficiente para sentir el  amor que es difícil no experimentar hacia ese pueblo; yo había visto en el movimiento anarquista la expresión natural de sus grandezas y sus defectos, de sus aspiraciones más legítimas y de las menos legítimas. La CNT, la FAI eran una mezcla asombrosa, donde se admitía a cualquiera, y donde, en consecuencia, se podría encontrar inmoralidad, cinismo, fanatismo, crueldad, pero también amor, espíritu de fraternidad y, sobre todo, la reivindicación del honor tan hermosa entre los hombres humillados; me parecía que aquellos que iban allí animados por un ideal prevalecían sobre aquellos a los que impulsaba la violencia y el desorden.

En julio de 1936 yo estaba en París. No me gusta la guerra, pero lo que siempre me ha provocado más horror que la guerra es la situación de los que se encuentran en retaguardia. Cuando comprendí que,  a pesar de  mis  esfuerzos,  no podía dejar de  participar  moralmente en esa guerra, es decir, desear todos los días, a todas horas, la victoria de unos y la derrota de los otros, me dije que París era para mí la retaguardia, y tomé el tren para Barcelona con la intención de comprometerme. Era a principios de agosto de 1936.

Un accidente me hizo abreviar forzosamente mi estancia en España. Estuve algunos días en Barcelona, después en pleno campo aragonés, junto al Ebro, a una quincena de kilómetros de Zaragoza, en el mismo lugar en que recientemente las tropas de Yagüe han pasado el Ebro.  Después en el palacio de Sitges transformado en hospital; después nuevamente en Barcelona; en total, aproximadamente dos meses. Dejé España a mi pesar y con la intención de regresar; más tarde, voluntariamente no he hecho nada. No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia.

He conocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende su libro; lo había respirado. No he visto ni oído nada, debo decirlo, que alcance la ignominia de algunas historias que usted cuenta, esos asesinatos de viejos campesinos a golpes de garrote. Sin embargo, lo que oí bastaba. Estuve a punto de asistir a la ejecución de un sacerdote; durante los minutos de espera, me preguntaba si simplemente iba a mirar o haría que me fusilaran al tratar de intervenir; todavía no sé qué habría hecho si una feliz casualidad no hubiera impedido la ejecución.

Cuántas historias se agolpan bajo mi pluma… Pero sería demasiado largo; ¿y para qué? Una sola bastará. Estaba en Sitges cuando llegaron, vencidos, los milicianos de la expedición de Mallorca. Habían sido diezmados. De cuarenta muchachos jóvenes que habían salido de Sitges, habían muerto nueve. Sólo se supo a la vuelta de los otros treinta y uno. La misma noche siguiente se hicieron nueve expediciones punitivas, se mató a nueve fascistas, o supuestamente tales, en esta pequeña ciudad donde, en julio, no había pasado nada. Entre esos nueve, un panadero de unos treinta años, cuyo crimen era, me dijeron, haber pertenecido a la milicia de los «Somatén»; su anciano padre, del que era hijo único y el único sostén, se volvió loco.

Otra: en Aragón, un pequeño grupo internacional de veintidós milicianos de todos los países cogió, después de una escaramuza, a un joven de quince años que combatía como falangista. Nada más ser cogido, temblando por haber visto cómo morían sus camaradas junto a él, dijo que se le había enrolado a la fuerza. Se le registró, se le encontró una medalla de la Virgen y un carné de falangista. Se le envió a Durruti, jefe de la columna, que tras haberle expuesto durante una hora las bellezas del ideal anarquista le dio la elección entre morir y enrolarse inmediatamente en las filas de aquellos que lo habían hecho prisionero, contra sus camaradas de la víspera. Durruti dio al muchacho veinticuatro horas de reflexión; al cabo de veinticuatro horas, el chico dijo no y fue fusilado. Durruti era, sin embargo, en algunos aspectos, un hombre admirable. La muerte de este joven héroe no ha dejado nunca de pesar sobre mi conciencia, aunque no lo haya sabido sino después.

Y esto otro: en una aldea que rojos y blancos habían tomado, perdido, retomado, vuelto a perder, no sé cuántas veces, los milicianos rojos, habiéndola vuelto a tomar definitivamente, encontraron en las cuevas un puñado de seres despavoridos, aterrorizados y hambrientos, entre ellos tres o cuatro jóvenes. Razonaron así: si estos jóvenes, en lugar de venirse con nosotros la última vez que nos hemos retirado, han permanecido aquí y han esperado a los fascistas, es que son fascistas. Por lo tanto, los fusilaron inmediatamente, después dieron de comer a los demás y se creyeron muy humanos.

Una última historia, ésta de la retaguardia: dos anarquistas me contaron una vez cómo, con otros camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; a uno se le mató en el sitio, en presencia del otro, de un disparo de revólver; después se dijo al otro que podía marcharse. Cuando estaba a veinte pasos, se le abatió. El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír.

En Barcelona se mataba como media, en forma de expediciones punitivas, a una cincuentena de hombres por noche. Proporcionalmente, era mucho menos que en Mallorca, puesto que Barcelona es una ciudad de casi un millón de habitantes; por otra parte, se desarrolló allí durante tres días una sangrienta batalla callejera. Pero tal vez las cifras no sean lo esencial en semejante materia. Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien. Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. Usted habla de miedo. Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a «fascistas», término muy amplio.

En cuanto a mí, tuve el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar. Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. Si por casualidad se experimenta primero cierto desagrado, se calla y pronto se lo sofoca por miedo a parecer que se carece de virilidad.

Hay ahí una incitación, una ebriedad a la que es imposible resistirse sin una fuerza de ánimo que me parece excepcional, puesto que no la he encontrado en ninguna parte. He encontrado en cambio franceses pacíficos, que hasta ese momento yo no despreciaba, a los que no se les habría ocurrido ir por sí mismos a matar, pero que se sumergían en esa atmósfera impregnada de sangre con un visible placer. Nunca podré sentir por ellos, en el futuro, ninguna estima.

Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen  un valor nulo. En un país en que los pobres son, en su gran mayoría, campesinos, el mayor bienestar de los campesinos debe ser un objetivo esencial para todo grupo de extrema izquierda; y esta guerra fue tal vez, ante todo, al principio, una guerra por y contra la repartición de tierras. Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad. Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad —al menos yo no vi nada de eso, y sé que robo y violación eran merecedores, en las columnas anarquistas, de pena de muerte— un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un  abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros. Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en una guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos.

Podría prolongar indefinidamente estas reflexiones, pero debo limitarme. Desde que estuve en España, oigo, leo todo tipo de consideraciones sobre España, y no puedo citar a nadie, aparte de usted, que se haya sumergido, que yo sepa, en la atmósfera de la guerra española ,y lo haya  resistido. Usted es monárquico, discípulo de Drumont: ¿qué me importa? Usted me es más cercano, sin comparación, que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas a los que, sin embargo, yo amaba. (...)

En Carta a Georges Bernanos, fechada probablemente en 1938

Finalmente, de Orwell se ha hablado antes, y a sus artículos sobre España remito. Pero algunas observaciones suyas son pertinentes. Como Weil, Orwell tenía cierta cercanía con el anarquismo español, y evidentemente se equivocó en cuanto a una solución negociada entre los bandos de la guerra de España, pero fuera de eso, acierta, y en su acierto también está la razón por la que no fue necesario negociar: el bando republicano cavó su tumba:

(...) El hecho que estos periódicos [los ingleses News Chronicle, Daily Worker] han ocultado con tanto esmero es que el gobierno español (incluyendo el gobierno semiautónomo catalán) le tiene mucho más miedo a la revolución que a los fascistas. Ahora parece ya casi seguro que la guerra terminará con algún tipo de pacto, y existen incluso motivos para dudar que el gobierno, que dejó caer Bilbao sin mover un dedo, quiera salir demasiado victorioso; pero no cabe ninguna duda acerca de la minuciosidad con la que está aplastando a sus propios revolucionarios. Desde hace algún tiempo, un regimen de terror-la supresión forzosa de los partidos políticos, la censura asfixiante de la prensa, el espionaje incesante y los encarcelamientos masivos sin juicio previo- ha ido imponiéndose. Cuando dejé Barcelona a finales de junio, las prisiones estaban atestadas; de hecho, las cárceles corrientes estaban desbordadas desde hacía mucho, y los prisioneros se apiñaban en tiendas vacías y en cualquier otro cuchitril provisional que pudiera encontrarse para ellos. Pero la clave aquí es que los presos que están ahora en las carceles no son fascistas, sino revolucionarios; que no están ahí porque sus opiniones se sitúen demasiado a la derecha, sino porque se sitúan demasiado a la izquierda. Y los responsables de haberlos recluído ahí son esos terribles revolucionarios (...) los comunistas.

Mientras tanto, la guerra contra Franco continúa, aunque, con la excepción de esos pobres diablos que están en las trincheras del frente, nadie en el gobierno de España la considera la guerra de verdad, La lucha de verdad es entre la revolución y la contrarevolución, entre los obreros que tratan de aferrarse a algo de lo que conquistaron en 1936 y el bloque liberal-comunista, que con tanto éxito está logrando arrebatárselo.

(En Ensayos, Descubriendo el pastel español, 1937)

 Todos ellos aprendieron lo que se vendría, lo que sucedería a continuación, todos tuvieron que afrontar la hecatombe que abarcó al mundo poco después. Weil no vió el desenlace del nazismo, (muere en 1943, de tuberculosis), y Bernanos (1948) y Orwell (1950) lo sobreviven brevemente, para prefigurar la nueva amenaza,  que aún hoy está vigente: La Rusia y su socio de camino, China.

domingo, julio 03, 2022

Prepotencia e intolerancia cultural y lingüística

 Saturado de los muchos ejemplos de manipulación social y cultural del nacionalismo catalán, quise elegir este breve artículo de Mateo Cañellas Taberner, mallorquín, para difundirlo y extender una respuesta válida a la intolerancia y fanatismo que inunda todo desde la comunidad catalana. Cañellas Taberner dice lo que quieren disimular: que el rey está desnudo, por más que lo vistan de seda...

En el siglo XIX los filólogos y lingüistas consideraban el catalán como una variedad del provenzal. Así lo mantenía el célebre filólogo alemán Friedrich Christian Diez en su “Gramática de las lenguas románicas” en 1836. Pasados 20 años, en una segunda edición de su “Grammatik”, el lingüista catalán Badía recuerda que Diez ya “afirmaba que el catalán no era propiamente un dialecto del provenzal, sino más bien una lengua independiente aunque en relación con él”. Este debate sobre la consideración de catalán no surgió de la nada. Fue impulsado durante la “Renaixença catalana”, en pleno romanticismo, que igualaba patria y nación a lengua.

La “Renaixença catalana” reivindicaba un supuesto pasado glorioso y antiquísimo de la nación catalana como el resto de las diferentes naciones europeas, y así lo hizo el catalanismo, que era cultural y político. En su igualación de nación con lengua, usó la única denominación conocida, la de la secular lengua lemosina. En 1833 el poeta barcelonés Buenaventura Carlos Aribau comenzaba su “Oda a la patria” así: “en lemosín sonó mi primer aliento”. Y años más tarde Manuel Milá, se lamentaba: “¿por qué no nací en los días de los gloriosos catalanes, cuando el habla lemosina del poder y honor fue el habla?”. Pero esta ecuación daba como resultado político la nación lemosina, la nación occitana. El catalanismo no podía admitir que la lengua catalana fuese un dialecto del occitano. Admitirlo significaría que su nación era Occitania y no Cataluña. Había que cuadrar el círculo. Ahí entró en el juego el discípulo de Diez, el filólogo suizo Werner Meyer-Lübke.

A principios del siglo XX, Meyer-Lübke seguía manteniendo el catalán como dialecto del provenzal. Pero a partir de 1925 cambió su posición, pasando a considerar el catalán como una lengua independiente del occitano, después de la publicación de su obra “El catalán”. Resulta del todo curioso que este cambio de opinión se diese pocos años después que Meyer-Lübke ingresara en la sección filológica del “Instituto de Estudios Catalanes”, que fue en 1921.

Mientras tanto, en Madrid, seguían considerando a la lengua mallorquina (contaba con gramática, ortografía y diccionario propios desde el siglo XIX), a la lengua catalana y a la lengua valenciana separadas. En 1926 el gobierno de Primo de Rivera consideró oportuno, debido al auge literario del resto de lenguas españolas que convivían con el castellano crear en la “Real Academia Española” ocho nuevas plazas de numerario reservadas para los especialistas en “las lenguas españolas distintas de la castellana (…) dos para el idioma catalán, uno para el valenciano, uno para el mallorquín, dos para el gallego y dos para el vascuence”.

¡Pero que iban a saber en Madrid! Cataluña ya tenía un lingüista que admitía la independencia de la lengua catalana. Sólo faltaba fagocitar las lenguas valenciana y mallorquina. Pocos años más tarde, en mayo 1934, en Barcelona, 16 catalanes (casi todos de Barcelona y de ocupaciones tan variadas como bibliotecario, político, filólogo, editor, economista, escritor, profesor, periodista e ingeniero industrial) encabezados por Pompeyo Fabra firmaban el manifiesto anti-occitanista “Desviaciones en los conceptos de la lengua y de la Patria” (otra vez lengua y patria iban de la mano) que fijaba las bases del catalanismo, tanto lingüístico como político: “Nuestra patria, para nosotros, es el territorio donde se habla la lengua catalana (…) compuesta de cuatro grandes regiones: Principado, Valencia, Baleares y el Rosellón”.

El Manifiesto además de separar la lengua catalana de la lengua occitana establecía la supremacía de la lengua catalana sobre las reconocidas, hasta el momento, lenguas valenciana y mallorquina, ya que dentro del marco de la secular y original lengua lemosina, los firmantes barceloneses, no admitían “en un mismo pie de igualdad el valenciano y el catalán, el lemosín y el provenzal, el gascón y el mallorquín”. La fagocitación de la lengua mallorquina por la catalana, a diferencia de la valenciana, resultaba bastante sencilla, ya que la mayoría de los integrantes de la clase cultural de Baleares estaban supeditados culturalmente a Cataluña. Y eso se debía a la inexistencia de una Universidad Balear, lo que obligaba a los poetas, literatos y escritores de Baleares a terminar su formación académica en la Península, básicamente en Barcelona, ciudad de nuevos aires “renaixentistes”.

En Baleares no eran conscientes de la que se avecinaba. A finales del siglo XIX, como era de esperar el influjo catalanista llegó al archipiélago de la mano de aquellos poetas y literatos totalmente supeditados a Cataluña como Mariano Aguiló y sus discípulos Tomás Forteza y José Tarongí, que abogaban por una lengua catalana culta, exenta de dialectalismos. Aun así los principales autores mallorquines seguían considerando la lengua mallorquina distinta de la catalana (Pedro de Alcántara Peña: “no tan solo no es dialecto de la catalana sino que es un idioma diferente de ella”) y continuaban produciendo sus obras en lengua mallorquina (Ildefonso Rullán: “L’enginyós hidalgo Don Quixote de la Mancha (…) y traduit ara en mallorquí sa primera vegada”; Tomás Aguiló: “Poesies fantàstiques en mallorquí”; Gabriel Maura: “Aigoforts”, “Ses paparrines”).

Inevitablemente el catalanismo llegó a Baleares. Pero por suerte, ya en el siglo XX, los poetas y escritores de la denominada “Escuela Mallorquina” (Miguel de los Santos Oliver, Juan Alcover, Miguel Costa, María Antonia Salvá, Lorenzo Riber [ocupó la silla de la lengua mallorquina de la Real Academia], Miguel Ferrá, Miguel Forteza, Juan Pons, Guillermo Colom…) y sobre todo, Antonio M. Alcover, aunque se postulaban por la unidad de la lengua catalana, reclamaban situar al mallorquín y al catalán en un mismo plano de igualdad. A pesar de ser catalanistas (pero dejando de lado el cariz político del catalanismo), también eran mallorquinistas (su mallorquinismo se caracterizaba por la defensa de la personalidad mallorquina y las consecuentes loas y alabanzas a la tierra mallorquina, a su historia, a sus tradiciones y a sus reyes privativos). Todo lo contrario a los pancatalanistas baleáricos del siglo XXI.

Un caso paradigmático fue Alcover, que pasó de acérrimo catalanista (fue el promotor del “Primer Congreso Internacional de la lengua catalana” en 1906) al conflicto y a la ruptura con el ingeniero industrial y lingüístico Fabra (Alcover cambió el nombre de su “Diccionario de la lengua catalana” por “Diccionario catalán-valenciano-balear”). Y eso fue, tal como denunciaba Alcover, “por no haber querido hacer la lengua mallorquina esclava del habla barcelonesa” y, sobre todo, “por haber defendido siempre la ‘personalidad lingüística de Mallorca’” frente al rodillo pancatalanista.

Durante la II República, en Mallorca también se unió la lengua y la política, cuando los literatos Juan Luis Estelrich y Juan Pons se apuntaron a la aventura del Anteproyecto del Estatuto de Autonomía 1931. Durante las negociaciones del frustrado Estatuto, debido a la politización de la lengua, surgieron importantes discrepancias con otros ponentes pancatalanistas, como el poeta Gabriel Alomar (en las filas de la “Unión Socialista de Cataluña”), que defendía la integración de Baleares en Cataluña (“las Islas Baleares (…) no han llegado a la madurez política ni a la cohesión necesaria, en mi concepto, para tener un Estatuto propio y, en cambio toda su tradición cultural, idiomática e histórica las impele a unirse a Cataluña”). Una respuesta clara y acertada se la dio el escritor Lorenzo Villalonga: “sabe Mallorca que, de unirse a Cataluña, sería absorbida por ésta. En su flamante afán nacionalista, Cataluña, mucho más que Castilla, tendería a anularnos”. La guerra civil y la dictadura de Franco fueron un paréntesis de 40 años en que el debate quedó aparcado.

Con el advenimiento de la democracia se retomó la “cuestión de la lengua” (todavía sin politizar del todo), aunque el eterno debate ya había comenzado en 1972, entre los defensores de la lengua mallorquina, que no cuestionaban la unidad de la lengua catalana, (el magistrado José Zaforteza [bajo el pseudónimo “Pep Gonella”], Luis Ripoll…) y los defensores de la uniformización del catalán desde Barcelona (Francisco de B. Moll, José M. Llompart…). Ni se les pasaba por la cabeza la creación de una Academia mallorquina o balear de la lengua como se hizo en Valencia (la valenciana se fundó en 1998 y además desde 1915 existía la “Real Academia de Cultura Valenciana”).

Las mentes subordinadas intelectualmente a Cataluña de la mal llamada “Obra Cultural Balear” (www.ocb.cat; presidida en esa época por José M. Llompart) presionaban políticamente para ejecutar en Baleares el mandato del Manifiesto barcelonés de 1934: establecer la supremacía del dialecto barcelonés sobre el resto. En marzo de 1977 la OCB.cat junto a las fuerzas de izquierdas de Baleares presentaron el “Anteproyecto de Estatuto de autonomía para Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera”, más conocido como “Estatuto de Cura” (se unió la política y la lengua, y no precisamente la mallorquina). Entre sus principales puntos estaban el derecho de autodeterminación, la bandera catalana de las cuatro barras (usurpada a Aragón con el estatuto de autonomía catalán de 1979), la oficialidad de la lengua catalana y la posibilidad de federación entre los supuestos “Países Catalanes”.

A pesar de la presión pancatalanista el punto de partida fue la posición defendida por Alcover, la “Escuela Mallorquina” y Zaforteza (el absoluto respeto a la “personalidad lingüística de Baleares”). Una postura sin politizar bastante aceptable visto el punto al que actualmente se ha llegado. Se trataba del llamado “Decreto de bilingüismo” de 1979 “por el que se regula la incorporación al sistema de enseñanza en las islas Baleares de las modalidades insulares de la lengua catalana y de la cultura a que han dado lugar”. En él se explicaba cómo “en las islas Baleares es tradicional y normal el uso cotidiano entre sus habitantes del mallorquín, menorquín e ibicenco”. Pero el paso más importante para el catalanismo ya estaba hecho, el nombre de la lengua de Baleares era el de lengua catalana.

El decreto fue impulsado por el consejero de cultura del preautonómico Consejo General Interinsular, el abogado José Francisco Conrado de Villalonga. En una entrevista del año 2002 confesó que “para redactar el decreto me fui dos días, a Menorca, a un hotel, y tomé la decisión de que se había de denominar la lengua como catalana”. Curiosamente, en 1990 fue nombrado Delegado General de la Caja de Ahorros y Pensiones de Cataluña y Baleares (actual Caixabank). ¿Otra coincidencia como la del suizo Meyer-Lübke?

Con el precedente del pancatalanista “Estatuto de Cura” y del glotónimo catalán impuesto por Conrado, la pobre oposición argumentativa de los diputados y senadores del grupo popular, permitió que el grupo socialista, representado por el “científico” y profesor de EGB Jaime Ribas (“hablar de lengua propia de las Islas Baleares, para nosotros sería reconocer un hecho acientífico que de ningún modo vamos a aceptar”), impusiera la denominación política de lengua catalana en el Estatuto (el caballo de Troya catalanista), sin siquiera hacer referencia a los seculares y tradicionales nombres de mallorquín, menorquín e ibicenco (lo importante era un nombre único, catalán).

Con el Estatuto catalanista, la secular lengua mallorquina quedó relegada a ser una de “las modalidades insulares del catalán”, que según su artículo 14 “serán objeto de estudio y protección”. En casi 40 años de Estatuto “las modalidades” siguen en el olvido, ni se estudian ni se protegen. Al paso que vamos “serán objeto de estudio” cuando ya sean fósiles lingüísticos; vamos, unos trilobites.

El catalanismo, además de ganar por goleada la batalla de la lengua, hizo lo propio en la batalla de la bandera. Aunque no pudo imponer en Baleares la cuatribarrada, porque ya se la había apropiado Cataluña en 1979, nos obsequió con el “invento” de la bandera de Baleares, sin ninguna clase de tradición. Con el “invento” se anulaba cualquier reivindicación de la dinastía privativa y de la secular diferenciación del antiguo Reino de Mallorca en el seno de la monarquía aragonesa y luego en la española.
Así fue como después de la dictadura franquista nos robaron nuestros seculares colores otorgados por nuestros reyes, nuestra lengua mallorquina (trilobites) y nuestros reyes privativos, además de a Ramón Llull (ahora apóstol de la lengua catalana). Con un Estatuto vacío de contenido todo estaba listo para la captura de voluntades: las jugosas subvenciones procedentes de la Generalidad de Cataluña. Como decía Quevedo: “Poderoso caballero es don Dinero. Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado”.

 Con el nacionalismo no hay nada que se pueda hablar, sea con su matriz catalana, o con sus satélites subordinados en Valencia (Compromis) o en Baleares. Lo único posible con ellos es restarles representación, no votarlos, sacarlos de las instituciones. En Valencia se ha visto claramente cómo actúan de engranajes de la Generalidad catalana, oponiéndose a iniciativas claves valencianas que perjudican a Cataluña (el puerto, especialmente). 

Lo que resulta imperdonable es la colaboración socialista en la entrega de fondos a cualquier asociación cultural y política que trabaje a favor de Cataluña, usando dinero valenciano para convertir a los propios valencianos en dependencia del nacionalismo. Ojalá que el creciente descrédito de estos soberbios prepotentes estimule al socialismo a rectificar sus planes. 

Las sociedades, la evolución de una comunidad no se rige por decretos y mentiras de la elite cultural. La realidad es tozuda, y marcha por su propio cauce, y dura centurias. Y a cada uno lo pone en su lugar.

 

domingo, junio 26, 2022

Chateaubriand, testigo de la revolución francesa


 Las memorias del vizconde de Chateaubriand comprenden catorce volúmenes, correspondientes a una vida asociada a la política francesa y europea, en una época que  cambió el mundo occidental. Nacido en 1768 y muerto en 1848, fue testigo y partícipe del paso de la monarquia absoluta a la república, el imperio, la restauración, muriendo en el año de la Comuna de París.  

De esas memorias, una primera parte recuerda su juventud, durante la cual fue testigo y partícipe de los acontecimientos que llevaron a la revolución francesa y a la caída del rey y la nobleza. Su recuerdo tiene semejanzas con los días que describe John Reed en la revolución bolchevique: situaciones cotidianas mezcladas con otras extraordinarias. La anormalidad generalizada, la gente en la calle, los acontecimientos que escapan de las manos de sus participantes, las sucesivas olas incrementales de hechos irreversibles, que van empujando a los actores mucho más allá de sus vidas ordinarias y sus motivos del momento. Se suceden las semanas y los meses, y las reglas establecidas  son abandonadas, reemplazadas, trasgredidas, mientras entretanto las vidas de nobles y ciudadanos comunes de París, se van amoldando a una violencia que los estrecha y acosa cada vez más cerca.

Los dos primeros años de la revolución están descriptos casi día por día, hasta el momento en que emigra a Inglaterra. A partir de entonces los apuntes de la revolución son más espaciados y distantes, aunque de todas formas presentes en todas sus actividades.

Este es su testimonio de la caída de la Bastilla:

El 14 de julio fue tomada la Bastilla. Yo asistí en calidad de mero expectador a este asalto, al que se opusieron únicamente algunos inválidos y un gobernador tímido. (...)Ünicamente vi disparar dos o tres cañonazos, y estos disparos no fueron hechos por los inválidos, sino por algunos guardias franceses que habían subido ya a los torreones. De Launay fue sacado de su escondrijo, y después de haber sufrido mil ultrajes , apaleado en la escalinata del Ayuntamiento; el síndico de comercio Flesselles fue herido en la cabeza de un pistoletazo (...)

Los peritos acudieron presurosos a hacer la autopsia de la Bastilla. Estableciéronse cafés provisionales en algunas tiendas de campaña, y la concurrencia se aglomeraba allí como en la feria de San Germán o de Longchamp; veíanse desfilar o detenerse una infinidad de carruajes al pie de las torres, desde las cuales se lanzaban enormes piedras entre inmensas nubes de polvo. Entre los obreros medio desnudos que demolían las murallas , con aplauso de la muchedumbre, había algunas mujeres bien vestidas y algunos jóvenes elegantes. Presenciaban además este espectáculo los oradores de más fama, los literatos más conocidos, los pintores más célebres, los actores y actrices de más reputación, las bailarinas que se hallaban más en boga, los extranjeros más ilustres, los señores de la corte, y los embajadores de Europa. La vieja Francia acudía para presenciar su fin; la nueva, para comenzar su existencia.

Poco después, el 17 de julio, el rey va al Ayuntamiento:

(...) fue recibido por cien mil hombres armados (...) Arengáronle, vertiendo lágrimas, Bailley, Moreau de Saint-Mery y Lilly-Tolendal. El rey se enterneció también , a su vez, y se puso en el sombrero una enorme escarapela tricolor. Esto le valió allí mismo ser declarado <<hombre honrado, padre de los franceses y rey de un pueblo libre>>, que se preparaba, en virtud de su libertad, a cortar la cabeza del hombre honrado, del padre, y del rey.

Primeros decapitados en su vista:

(...) hallábame yo en los balcones de mi posada, con mis hermanas y algunos bretones, cuando oimos gritar:

-¡Cerrad las puertas! ¡Cerrad las puertas!

Un grupo de descamisados venía corriendo por uno de los extremos de la calle; en el centrodel grupo se levantaban dos estandartes que no distinguimos bien desde lejos. Cuando se acercaron a nosotros vimos que eran dos cabezas desgreñadas y desfiguradas de un modo horrible, que los predecesores de Marat llevaban en las puntas de dos picas; aquellas cabezas eran las de Foullon y Berthier. Todo el mundo se retiró de las ventanas excepto yo. Los asesinos se pararon frente a mí y alargaron las picas, cantando, saltando y dando brincos para aproximar a mi cara aquellas pálidas efigies. El ojo de una de las cabezas, que lo habían hecho saltar de su órbita, caía sobre el oscuro semblante del cadáver; la pica atravesaba por la abierta boca, cuyos dientes mordían el hierro.

La Asamble Nacional elimina privilegios feudales:

La monarquía fue demolida como la Bastilla en la sesión de la Asamblea Nacional del 4 de agosto. Los que llevados por su odio hacia el pasado declaman en la actualidad contra la nobleza olvidan sin duda que un individuo de su seno , el vizconde de Noailles, secundado por el duque de Aiguillon y por Mathieu de Montmorency, fue quien derribó el edificio que era objeto de las prevenciones revolucionarias. En virtud de la proposición del diputado feudal fueron abolidos los derechos feudales; los de caza, palomar y vivero; los privilegios de las órdenes, ciudades y provincias; los diezmos; las servidumbres personales; los señoríos de justicia, y la venta de los oficios. Los golpes más violentos que recibió la antigua constitucion del Estado provenían de los nobles. Los patricios comenzaron la Revolución y los plebeyos la acabaron.

El 6 de octubre, el rey se traslada de Versailles a París, con toda la corte:

(...) en medio de una horda compuesta de gentes de ambos sexos y de todas edades, caminaban a pie los guardias de corps, los cuales se vieron obligados a cambiar sus sombreros, espadas y tahalies con los guardias nacionales; cada uno de sus caballos traía encima dos o tres verduleras, asquerosas bacantes que venían borrachas y despechugadas. Detrás de los guardias iba la diputación de la Asamblea Nacional, y luego seguían los carruajes del rey, que rodaban entre la oscuridad polvorienta de un bosque de picas y bayonetas. A las portezuelas del coche iban varios traperos llenos de harapos, y carniceros con su sangriento delantal en las piernas, su desnudo cuchillo en el cinturón, y las mangas arremangadas; la imperial, el pescante y el sitio de los lacayos estaban ocupados por otros personajes del mismo género. Disparábanse tiros de fusil y de pistola, y el populacho gritaba:

-¡Ahí van el panadero, la panadera, y el panaderito!

Delante del descendiente de San Luis, y a guisa de oriflama, elevábanse sobre dos alabardas, las cabezas de dos guardias de corps, rizadas y empolvadas por un peluquero de Sèvres.

Las reuniones de la Asamblea Nacional:

Las sesiones de la Asamblea Nacional ofrecían un interés que las sesiones de nuestras Cámaras están muy lejos de excitar. Era preciso acudir muy temprano para hacerse con un asiento en las tribunas más altas. Los diputados llegaban comiendo, hablando, gesticulando, y se agrupaban en las diversas partes de la sala según sus opiniones. Se leía el acta: después de esa lectura se fijaba el punto de discusión convenido, que siempre era algun proyecto extraordinario. Jamás se trataba allí de los corrientes artículos de una ley; rara vez faltaba en el orden del día alguna destrucción. Se hablaba en pro y en contra; todo el mundo improvisaba bien o mal; los debates se hacían borrascosos; las tribunas se mezclaban en la discusión, ya aplaudiendo y vitoreando, ya silbando y abucheando a los oradores. 

(...) Las sesiones de la noche superaban en escándalo a las de la mañana; se hablaba mejor y con más audacia a la luz de las arañas. La sala del Manegè era entonces un verdadero salón de espectáculos , donde se representaba uno de los mayores dramas del mundo. Los principales personajes pertenecían todavía al antiguo régimen; sus terribles sustitutos , hablando poco o nada, se  ocultaban tras ellos.

El estado de la sociedad:

(...) Cuando antes de la Revolución leía yo la historia de los trastornos políticos ocurridos en varios pueblos no concebía cómo se había podido vivir en aquellos tiempos (...) La Revolución ha venido a hacerme comprender la posibilidad de esta existencia. Los tiempos de crisis redoblan la vitalidad de los hombres. En una sociedad que se disuelve y se reconstituye, la lucha de dos genios, el choque del pasado y del provenir, la mezcla de costumbres antiguas y nuevas, forman una combinación transitoria que no deja lugar al tedio. Las pasiones y los caracteres, en toda su libertad, se manifiestan con una energia que no tienen por lo común en épocas normales. La infracción de las leyes, la exacción de los deberes, de las costumbres y de las normas del bien parecer, los peligros mismos, en una palabra, contribuyen al interés de este desorden. El género humano, en vacaciones, se pasea por las calles; libre de pedagogos, vuelve por un momento al estado de naturaleza, y no comienza a sentir la necesidad del freno social hasta que lleva el yugo de los nuevos tiranos producidos por la licencia.

El palacio de las Tullerías, gran cárcel llena de condenados, se levantaba en medio de estas fiestas de destrucción. Los sentenciados jugaban también esperando "la carreta", la "esquila", la "camisa encarnada", que se había puesto a secar, y a través de las ventanas se veían las brillantes iluminaciones del círculo de la reina. Pululaban a millares los diarios y los folletos, las sátiras y los poemas, las canciones de Las Actas de los Apóstoles respondían a El amigo del pueblo o al Moderador del club monárquico, redactado por Fontanes; Mallet du Pan, en el partido político del Mercurio, estaba en oposición con La Harpe y Chamfor, en el partido literario del mismo periódico. Champcenetz, el marqués de Bonnay, Rivarol, Mirabeau el joven (...) y Honorato Mirabeau, el Mayor, se divertían en hacer, mientras comían, caricaturas  en El pequeño almanaque de los grandes hombres: Honorato iba al poco tiempo a proponer la ley marcial o la venta de los bienes del clero. Pasaba la noche en casa de la señora de Jay, después de declarar que no saldría de la Asamblea Nacional sino por la fuerza de las bayonetas. Igualdad consultaba al diablo en las carreteras de Montrouge y volvía al jardin de Monceaux a presidir las orgias dispuestas por Laclos. El futuro regicida no degeneraba de su raza; doblemente prostituído, la ambición le entregaba -fatigado ya- a la ambición. (...)

La mayor parte de los cortesanos célebres por su inmoralidad a fines del reinado de Luis XV y durante el reinado de Luis XVI estaban alistados bajo la bandera tricolor: casi todos habían hecho la guerra en América y tiznado sus cordones con los colores republicanos: La Revolución los empleó mientras se mantuvo en edad de crecimiento, y fueron los primeros generales de sus ejércitos. Cuando la Revolución fue adulta abandonó con desdén a los frívolos apóstoles de la monarquía; tuvo necesidad de sus vicios, y después de sus cabezas: no despreciaba ninguna sangre, ni siquiera la de Dubarry

Y en medio de este caos universal, la progresión del terror, hasta que el terror mismo se volvió contra sí.

Recuerdo la visión de Eric Rohmer sobre esos meses de transformación gigantesca, en su recreación de las memorias de Grace Elliott, donde se refleja de la misma manera que lo vive Chateaubriand, el crescendo de acontecimientos e irreversibles cambios, casi indolentemente, mientras de alguna forma todos tratan de mantener su vida tal como la conocían. Y la representación esquemática de Marat/Sade de Peter Weiss.

La imágen de Chateaubriand, tomada de Wikimedia: Par Anne-Louis Girodet — The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei (DVD-ROM), distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH. ISBN : 3936122202., Domaine public