sábado, junio 04, 2022

Argentina: conversando con Jorge Fernández Díaz


En mayo de este año, Jot Down publica un reportaje, o mejor, una prolongada conversación entre Jorge Fernández Díaz y Andrea Calamari, que me veo tentado de reproducir completa. Me recuerda que hay vida en Argentina, y que hay alertas que España debe escuchar. Reproduzco la entrevista:

La Academia Argentina de Letras está ubicada en los fondos de un palacio de estilo parisino donde funciona un museo en el barrio porteño de Palermo. Es una institución casi centenaria que está atravesando carencias presupuestarias, falta de insumos y problemas de mantenimiento en una de las recurrentes crisis argentinas. Después de meses sin actividad presencial por la pandemia, 2021 encontró a los académicos apoyando los reclamos de los empleados frente al Ministerio Nacional. 

En este lugar, donde hay una biblioteca con el nombre de Borges y una sala enmarcada por los retratos y nombres de nuestra tradición literaria, nos citó Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960). Miembro de número de la Academia desde 2016, periodista y escritor multigénero: cuentos, investigación periodística, ensayos y novelas. Habla con calma y seguridad, no esquiva a las polémicas y se entusiasma con todo lo que hay más allá de los límites que impone el periodismo porque para eso está la literatura. Este hijo y nieto de asturianos tiene un lazo especial con España, el hogar del que salieron sus padres para buscar la tierra prometida que alguna vez fue la Argentina.

Sos una persona con doble doble nacionalidad: española y argentina, pero también escritor y periodista. Siempre decís que desde muy chico querías ser escritor y que el periodismo llegó después.

Primero quería ser detective pero era chico y no se lo quería decir a nadie, quizás por eso después fui inventando algunos detectives por el camino, como algo tremendamente vital, no profesional. Lo intenté cuando fui cronista policial durante tantos años, intenté ser una especie de detective del periodismo. Eso tiene que ver con la infancia, básicamente con la infancia. Soy fruto de dos asuntos que mi padre y mi madre me regalaron: primero la colección Robin Hood que me regala mi madre y después Cine de Superacción, que yo veía con mi padre; empezaba los sábados a la una de la tarde y terminaba a las doce de la noche y me lo dejaban ver completo. Mi padre, Marcial, un asturiano, mozo de bar, con muchas dificultades para comunicarse conmigo. Sin embargo veíamos los grandes clásicos de John Ford, de John Stevens.

¿Ibas con él al cine?

No, en la televisión. Era un ciclo que salía en la televisión, en blanco y negro, horas y horas. Mi padre intentaba comunicarse conmigo a través de las películas. Yo siempre digo que John Ford me salvó la vida. Hay una escena en Qué verde era mi valle en la que al chico le pegan en el colegio, le hacían bullying pero no se llamaba así entonces. A mí me pegaban en el colegio y yo no sabía si mi padre sabía, pero sí sabía. Estábamos viendo el momento en que al pibe le pegan y los hermanos le enseñan a boxear para defenderse, entonces mi padre y mi madre se miraron y después en la cocina mi madre me dijo «hay una academia de judo». Me mandaron a judo y eso me salvó la vida porque me dejaron de pegar.

Creo que la educación sentimental a través de las películas de Hollywood de las décadas del cuarenta, cincuenta, sesenta fueron absolutamente decisivas para mí. Después, claro, están los libros. El primer libro que leí fue Robinson Crusoe, pero el segundo fue La señal de los cuatro de Conan Doyle. Me recuerdo a mí mismo en la cocina de mi casa leyendo ese libro y diciéndome «yo quisiera hacerle a otros lo que este libro me hace a mí». En ese momento empecé a escribir. Lo que yo veía en la tele también se podía hacer en papel. Empecé a escribir, escribir, escribir: cuentos del oeste, policiales…

¿Copiabas?

Copiaba, absolutamente.

¿Se los mostrabas a alguien?

Iba persiguiendo a mi madre por la casa tratando de que los leyera. En el colegio no. Yo fui un gran alumno de primaria pero en la secundaria, en lugar de estudiar, me dedicaba a escribir, a leer y a escribir, y me fue muy mal en el colegio. Y mi padre, pobre, un inmigrante que quería que yo fuera abogado o médico, que no siguiera el derrotero de la pobreza, porque le costó muchísimo a mi padre salir adelante, a mi madre también… Mi madre era camarera, mi padre también era mozo de bar, así que cuando mi padre descubrió que yo quería ser escritor, creyó que quería ser vago. Inmediatamente confundió la literatura con la vagancia. Y fue una sucesión, le fui rompiendo el corazón de manera sucesiva: primero ser escritor, después le dije que quería entrar al periodismo. El periodismo era una bohemia. Yo entraba al periodismo como una rama de la literatura, todavía lo sigo pensando en esos términos, encima me meto en la izquierda nacional…

Y todo eso, ¿te lo decía o te lo hacía notar?

Me lo hizo notar muchas veces, me lo dijo y hubo mucho tiempo durante el cual no podíamos hablar. Mi padre me dio por perdido, le dolió tanto que yo no fuera una persona que él creía que podría salir adelante que casi no podíamos hablar de nada. Fue una experiencia muy fuerte, sentir a los quince o dieciséis años que te profetizaban el fracaso, que te daban por perdido.

¿Vos sentías que lo habías decepcionado o pensabas que ya se le iba a pasar?

No sabía si se le iba a pasar y no sabía si lo que yo estaba haciendo no era un desastre. La verdad es que no lo sabía. Y me metí en el periodismo, que fue mi segunda pasión. Me acuerdo que la primera redacción importante fue en el diario La Razón que estaba dejando Timerman [Jacobo] y a mí me mandó a policiales y fue el momento más feliz de mi vida. Estaba leyendo la historia universal de la novela negra mientras hacía novela negra. Yo hacía el cadáver del día. Todos eran viejos redactores que no tenían ganas de salir y yo salía a las siete de la mañana a buscar el cadáver del día o un secuestro. Ya era post dictadura, 83, 84, era todo una gran aventura.

Y por las tardes, aunque no me pagaran, yo iba a revisar los archivos, a ver a viejos delincuentes, a reactivar los viejos casos, sentía que era un detective. Me acuerdo que ahí descubrí una cosa fundamental que tiñó toda mi literatura: descubrí que el periodismo tenía un límite porque vos solo podés publicar lo que podés probar. En las mesas de redacción, donde yo aprendí, en esas cenas y en las sobremesas con esos grandes escribas que eran eruditos, borrachos, mitómanos, pero eran extraordinarios, yo preguntaba «¿por qué no podemos publicar lo que sabemos de las mafias?». Las mafias en el fútbol, por ejemplo, no recuerdo nunca haberlo leído en el diario, tampoco lo de los secuestros extorsivos que eran de la mano de obra desocupada de ese momento. «Porque no lo podemos probar», me decían. Entonces pensé «lo que no podemos publicar lo voy a contar como novela». Entonces escribí diez capítulos. Se llamó El asesinato del wing izquierdo, se trataba de un jugador en el ocaso al que matan y un periodista lo empieza a investigar porque era amigo de él. Escribo durante diez capítulos la trama que no podíamos publicar como información y se la doy, bajo mi responsabilidad, para que la publiquemos al lado de las noticias truculentas del día.

¿Aclarando que se trataba de una ficción?

Sí, sí. Estaba ahí por entregas. Era un diario de la tarde que vendía ciento cincuenta mil ejemplares, se recibía en los cafetines de Buenos Aires. Eso a mí me gustaba mucho, saltar el cerco y escribir ficción para los que no leían libros y me sentía que estaba en Cine de Superacción. Tenía treinta y cinco capítulos más o menos y cuando me dieron el visto bueno, empezó a salir y me planté, no podía escribir más nada, tuve un bloqueo, un ataque de miedo, a tal punto que empecé a escribirlo día a día y, te digo la verdad, llegó un momento en que no dormía para terminar la entrega y mandaba al taller por la tarde un texto trucho [falso] e iba a las cinco de la mañana y lo cambiaba en el taller por el verdadero. Así lo terminé, con el cuchillo en la garganta.

Después hice otro de secuestros y en un momento dado suena el teléfono de la oficina donde yo estaba y atiendo, era mi padre. Nosotros solo hablábamos de fútbol, durante años no pudimos hablar de ninguna otra cosa y ese día me llama a la redacción «¿Qué pasó papá, pasó algo? No, no pasó nada, te quería preguntar: mañana ¿va a recuperar el dinero ese del bolso?». Y ahí me doy cuenta de que yo había terminado el capítulo con esa duda: el periodista de la historia lleva el dinero para el rescate y un pibe de la calle se lo roba y ahí termina el capítulo. «Papá, ¿estás leyendo eso?». «Lo están leyendo todos acá, en el café, y me comisionaron para preguntarte porque quedaron nerviosos por saber qué es lo que va a pasar mañana». Me saltaron las lágrimas. «Sí, lo va a recuperar». «¿Estás seguro?». Él todavía tenía cierta desconfianza de si era yo el que escribía eso…Fui al baño a llorar y eso nos reconcilió. Lo que nos había separado nos reconcilió.

¿Tu padre seguía trabajando en el bar?

Sí, se jubiló ahí.

¿En el barrio de Palermo, donde vos naciste?

Sí, en Palermo. Mis padres son de dos lugares de Asturias, vinieron durante la posguerra civil. Venían del hambre, sobre todo mi madre. Mi padre vino con sus hermanos y mi madre vino sola. Ella siempre me decía «Te gustan las novelas de aventura, pero la verdadera historia es la mía».

Y en un momento decidiste contarla en el libro Mamá.

Claro, terminó siendo cierto. Ahí pasan dos o tres cosas. Lo primero es que, cuando el periodismo me trazaba una línea, me ofrecía un reto. Si el periodismo puede llegar hasta acá, se puede avanzar pero con otras armas, las armas de la ficción. Como yo no era un escritor ni de la universidad, ni vivía en una biblioteca, sino que tenía una experiencia intensa, cuando el periodismo me planteaba un límite, la literatura era un gran aliciente para atravesar esa línea y contarlo de otra manera. Eso pasó después también con los relatos de amor que no se podían contar. El periodismo no sabe contar los sentimientos, sabe contar los hechos, las escenas y los datos, pero no tiene la expertise para contar los sentimientos y la literatura me permitía hacerlo. Eso por un lado, y por otro, esa ilusión que no me abandonó nunca, quizás es algo psicológico y hasta me infantilizó ¿no?, en el sentido de decir «qué hermoso que te lea gente que no es especialista».

¿Qué tiene Mamá que lo convirtió en un éxito inmediato?

Se vendió muchísimo. Acá y en España, yo le fui agregando cosas al libro, la última vez lo publicó Alfaguara… Fue un accidente, yo venía de Neuquén, había vivido unos años en la Patagonia en la década del noventa. Había escrito la biografía no autorizada de [el periodista] Bernardo Neustadt El hombre que se inventó a sí mismo; un libro que tenía toda la técnica que indicaba las ganas que yo tenía de ser escritor porque le ponía al periodismo de todo, escenas, diálogos… y no tenía en mi cabeza la crónica latinoamericana y toda esa ortodoxia. No, no ,no. Era muy vivaz todo y fue un gran fracaso. Se pensó que iba a ser arrasador pero nadie quería tener un libro sobre ese tipo, muy querido y muy odiado.

Después escribí una parodia sobre la argentina, con Borges y Sherlock Holmes y hubo un momento muy particular que es cuando yo conozco a Arturo Pérez Reverte. Viene a la Argentina a promocionar El club Dumas y yo estaba en la revista Gente y pasaban estas cosas: llegaba un tipo como Pérez Reverte, no lo había leído nadie y lo iban a entrevistar movileros y yo fui. No es que Arturo y yo tengamos la misma biblioteca, que hayamos leído lo mismo, pero una gran parte de la biblioteca sí. Y fue un flechazo, uno y otro encontramos que veíamos las cosas de una determinada manera y a partir de entonces empezó una amistad muy intensa que lleva como treinta años. Arturo vino acá en la época de Perfil. Yo llevé sesenta periodistas al diario Perfil que se hundió en ochenta y cuatro días. Sesenta periodistas que saqué de otros diarios, de Clarín, de Ámbito Financiero, de Página 12.

Vos fuiste uno de los fundadores de aquel diario Perfil…

Fui el subdirector y estaba a cargo de Política, toda la parte dura, la información; entonces Arturo me cita con el editor para el Cono Sur de Alfaguara: «Te retiras del periodismo, vas a pasar a escribir libros como yo, ¿qué necesitas?». Y yo le contesto «acabo de tomar a sesenta tipos, no voy a abandonarlos». Y después de que el diario se hundió y dejé el periodismo activo, traté de escribir ese libro para Arturo. Pero yo tenía una gran desorientación, había abrazado esa idea cínica de no creer en nada, algo que te protege mucho: me cago de risa de todo pero después sentís una especie de salitre de la vida, era algo que venía madurando de mucho tiempo. No creía en el país, había roto con tradiciones políticas, no creía en nada, me sentía a salvo pero me empezó a comer por dentro. Y eso coincidió con la crisis del 2001, yo estaba en la revista Noticias, no sabía de qué escribir, fue un momento muy desesperante para mí y me dije «voy a escribir algo de entrecasa», voy a escribir algo para mis hijos porque, por alguna razón, aún no terminan de entender de dónde venimos, quiénes somos.

Entonces empecé a hablar con mi madre, a entrevistarla y eso duró por lo menos cincuenta horas en distintos momentos; nos reíamos, llorábamos… Después lo hice con mi padre, me arrepiento ahora de no haberlo entrevistado más porque mi madre era muy expansiva y elocuente, pero mi padre era más reservado. Y escribí el libro sin intención, se lo di a Gloria Rodríguez, mi editora, que me dijo «No tenés derecho a no publicar esto». Fue muy impactante lo que pasó con el libro, me llevó a España y se lo llevé con mucho temor a Arturo. Me acuerdo de que llegué tarde a una reunión en el Café Gijón y pensé en qué iba a decir pero no, dijo «buen libro». Y voy a decir algo que él niega: «Me has hecho lagrimear», me dijo, pero él lo niega públicamente. También me dice: «Acá creaste un territorio nuevo, este es tu territorio». Pero nunca logré quedarme en un territorio solo, la gran aventura era seguir jugando. 

Mamá es la historia de una inmigrante asturiana que llegó a Argentina en los años cuarenta. ¿Cómo es leído un libro de ese tipo en España, una historia de emigrados?

Cuando se publicó en España había gente que decía «es mentira, no hubo hambre durante la posguerra». ¿Ah no?, ¿no hubo hambre? Hubo un momento en que la sociedad española se volvió soberbia y yo me sentía muy impactado frente a eso; no era toda la sociedad, claro. Una vez me llamó Serrat, yo no lo conocía y me llamó desde Ezeiza porque había leído el libro y me dijo «en Barcelona lo lee todo el mundo». Eso era a principios de los 2000, un momento en que mucha gente se estaba yendo para allá por la crisis.

Mi relación con España es muy intensa. Yo tengo más amigos en el mundo de la cultura en España que en Argentina. Mis amigos escritores están en España: Juanjo Millás, Manuel Vicent, Juan Cruz, Arturo… A muchos los he conocido cuando vinieron acá para presentaciones o a la Feria del Libro, por más de veinte años he sido una especie de interlocutor. Conocía mucho a Almudena Grandes, también a Rosa Montero, Dolores Redondo, María Dueñas. Cada vez que vienen acá soy una especie de anfitrión.

Decís que no tenés mucha relación con los escritores argentinos contemporáneos. ¿Por qué? ¿Estás fuera del canon literario?

Fuera del canon, por supuesto. A mí me horrorizaría estar dentro del canon. Fui editor por cinco años de Beatriz Sarlo, fui su editor político en La Nación, hubo una intensidad muy grande porque yo hablaba con ella dos o tres veces por semana. Ella dice que fui el mejor editor que tuvo. Y me hizo muy bien eso porque entendí todo perfectamente. Beatriz, a la que considero una amiga, es una crítica. Los críticos tienen obra y la obra de los críticos es esa cartografía que ellos establecen. Una cartografía, qué es: lo que me interesa de lo que hay. El crítico no es un prescriptor, como se cree, sin embargo los críticos serios establecen cartografías en las que hay cosas que automáticamente no entran y no van a entrar. Entraba Piglia [Ricardo] porque venía de otra tradición que intentaba enfocar con Borges, pero para Beatriz cualquier cosa que dice género queda automáticamente fuera de su cartografía y me parece que tiene derecho a eso porque su cartografía es su obra. Así como mis libros son mi obra, la obra de ella es esa cartografía.

Muy relacionada con la vida académica y la Universidad.

Ella fue a la Universidad y sigue leyendo como si estuviera en la Universidad.

Pero no es la única crítica literaria argentina, hay otros…

Hay otros, hay otros, pero yo me siento alejado de ellos, siento aburrimiento. Conozco muchos escritores argentinos que me parecen interesantes pero no pertenezco a esa familia, me siento bastardo, felizmente bastardo… Y tengo una enorme relación con los españoles que va también por el lado del periodismo. Realmente los españoles han hecho, y hacen, literatura en el periodismo. Yo escribo todos los meses para el ABC de España y hace poco escribí una tesis sobre por qué los españoles no tienen grandes cuentistas. Tienen cuentistas pero no es en lo que se destacan. Abelardo Castillo decía que hay solo tres naciones donde el cuento es la literatura central: Estados Unidos, Rusia y Argentina. Somerset Maugham [William] decía que lo central de un cuentista, como Chéjov, que escribía casi un cuento por día, era que lo hacía porque se lo pedían los editores y lo hacía para vivir. Lo mismo hacían los norteamericanos, escribían para vivir.

Los grandes novelistas del siglo XIX y del siglo XX tenían que venderles a los editores lo que les pedían, al New Yorker, al Times, al que sea. ¿Qué era lo que pedían esos editores? Cuentos, el relato corto que tiene que entrar en una revista. Ahora bien, en España los editores pedían artículos, de conductas, unas aguafuertes, ensayos que obligaban un poco al escritor a intervenir en la esfera pública, a narrar, a pintarla, pero no desde el cuento sino desde el artículo, que va más allá de la columna política o de actualidad. Por eso la tradición, que a mí me parece fascinante y es única, una tradición tan fuerte del articulismo español.

Hay una vieja anécdota de Manuel Vicent, que es una especie de Borges del articulismo. Cuando él llega a Madrid y gana un premio con una novela, a los pocos días unos amigos le dicen «vamos a un periódico». Él va y el editor le dice «Manda, mándame algo», y bueno, escribió una cosa sobre Salazar, el dictador portugués y lo mandó; salió un sábado y empezaron a llamar de todos lados para decir que estaban en desacuerdo y siguió el domingo y él dijo: «Esto está más vivo que el libro que tengo en la librería, esto de los medios es un gran telar. Si me dejaran hacer literatura en este telar yo sería muy feliz». Cuando él lo cuenta yo me siento tremendamente representado, ¿vos leíste lo que yo escribí para entrar en esta Academia?

Sí, claro: «El articulismo como una de las bellas artes». En la Academia, ¿te has sentido fuera de lugar como con los escritores contemporáneos?

No, llegué siendo más grande… Y eso que acá están los grandes profesores de la Universidad. No, no. No me sentí con la lejanía con la que me siento en otros sitios. Para nada. Yo creo que el tema del articulismo para mí fue una gran lección en España, entender que estos tipos estaban haciendo arte, literatura —literatura política, literatura social— y después los publicaban en libros. No tenían grandes ventas pero eran libros que iban a quedar, muy interesantes.

Algunos de ellos al final son mejores escribiendo artículos que escribiendo novelas y eso es una gran paradoja, una gran paradoja… Hay una cosa de Discépolo muy linda que decía «Yo me pasé la vida queriendo escribir mi gran obra, mientras tanto hacía estos tanguitos y después me di cuenta de que esos tanguitos eran mi gran obra». Y muchos escritores que durante años fueron articulistas, eran también novelistas pero no eran tan buenos novelistas como articulista. Lo hacían por cuestiones alimentarias como se dice en España y no por cuestiones meramente artísticas y al final muchos de ellos serán recordados por esas intervenciones.

Aunque claro, algunos hacen bien las dos cosas, le pegan bien con las dos piernas. Por ejemplo, Arturo y Javier Marías son grandes escritores, muy distintos entre ellos, y sin embargo son dos articulistas descomunales. Quizás en el futuro, para entender el presente, haya que leer los artículos que saca cada dos años Javier Marías. A lo mejor sus novelas se leen en otro sentido, de un modo literario o de culto, pero esto que él escribió, todas las discusiones que tuvo con el ultrafeminismo, que le costaron mucho, contra la estupidez de las cancelaciones, todas estas discusiones que no están en sus novelas, serán en el futuro muy importantes. 

Empezaste con el articulismo.

Lo que me permitió hacer La Nación fueron muchos experimentos como los relatos de amor, fui columnista, fui secretario de Política, saqué el suplemento cultural, hice muchas cosas, tuve muchas vidas dentro de esa vida, pero el final fue este: hace diez años se retiró Mariano Grondona y me dicen «bueno, escribí la columna política». Lo primero que me dije es que no podía hacer lo mismo que Joaquín [Morales Solá] que hace un panorama político, lo que pasó en la semana, la trama y lo que significa. Yo eso no lo podía hacer porque, ¿para qué vas a pegar dos textos que vayan por el mismo camino? Y yo, ¿qué hago entonces? No tengo nada que ver con Grondona, ni generacional ni políticamente, entonces me dije: esta tiene que ser la columna de un escritor. De un escritor político. Y tiene que tener su personalidad desde ese lugar. Tengo que volver a leer, me dije. Tengo que volver a lo que yo había hecho intensamente a los veinte años, que era leer mucha literatura política, no ficción sino ensayos, historia.

¿Qué buscabas con esas lecturas?

Ahí volví a todos los pensadores de la izquierda nacional, busqué toda la revisión que había del peronismo. Leía a Perón y volvía a leer a Rodolfo Puiggrós, a Abelardo Ramos, a Hernández Arregui [Juan José], toda esa línea que es la que supuestamente leen los muchachos de La Cámpora, aunque no lo leen, pero bueno. Fui releyendo a Arturo Jauretche, a Raúl Scalabrini Ortiz, me hice el propósito de volver a leer toda esa biblioteca nacional y popular entera.

¿Y los contemporáneos?

Los contemporáneos y también los que hicieron revisionismo sobre los 70, porque estos se basaban en los 70 y habían macaneado [mentido] tremendamente. No solamente el kirchnerismo macaneó sobre los 70. A mí los 70 me parecen una fuente inagotable de cosas todavía. Inagotable, inagotable. Nosotros nos sentíamos muy inhibidos de meternos con los crímenes y pecados de la juventud maravillosa de aquel entonces, porque no queríamos hacerle el juego a los genocidas, por ejemplo. Queríamos que fueran presos, entonces realmente nos cominos que no había que caer en la teoría de los dos demonios. Yo creo que los crímenes de estado son mucho más graves que los otros, pero los otros existieron.

Empezabas una columna de actualidad y te parecía fundamental revisar el modo en que se pensaban los años 70. ¿Por qué esa puntualización cuarenta años después?

Porque los 70 eran el gran insumo del kirchnerismo que estaba en el poder y que había institucionalizado una versión de la historia desde el Estado, en las universidades, en las escuelas, en los medios públicos. A mí me parecía muy importante desacralizarlos. Además el kirchnerismo empezó a decir mentiras y yo decía: «esto es mentira, esto es mentira, esto es mentira». Cuando te vas para atrás en la tradición resulta que en el peronismo mucho era mentira. Te podría decir miles: Perón no fue revisionista, nunca fue revisionista porque él quería estar por encima de liberales y nacionalistas. El revisionismo se lo inventaron los setentistas. Perón nos llega reescrito por escritores políticos, es muy importante eso.

Cuando comenzó el kirchnerismo vos eras jefe de Política en La Nación. ¿Cómo era tu relación con el gobierno?

Áspera.

Ahí conociste al actual presidente [Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete].

Sí. Me llevaba bien con él. A pesar de las escaramuzas que teníamos, por supuesto y después fue muy importante la relación que tuve cuando él se fue del gobierno, una relación de ocho años, muy intensa. Le dedico el libro [Una historia argentina en tiempo real, una recopilación de sus columnas periodísticas] Pero bueno, era, me parecía, una persona muy distinta a la que vemos actualmente.

¿Alberto Fernández cambió?

Totalmente. Él pensaba como yo. Además, las discusiones entre él y yo eran discusiones ideológicas: sobre el peronismo, el problema del nepotismo, los 70, las equivocaciones de Néstor Kirchner; eran conversaciones no coyunturales. Él tenía relación con otros periodistas y era un gran lazarillo para los periodistas porque era un tipo que había estado ahí y decodificaba un gobierno secretista. 

Con Néstor Kirchner y Cristina Fernández ¿tuviste relación?

No. Personalmente nunca. Varias veces le pedí a Alberto que quería contar, contarlos a ellos. Yo quería hacer una gran crónica de ellos desde adentro de Olivos pero ellos nunca… Tuvieron miedo de que yo entrara ahí. Tenían razón, seguramente. Cuando avancé, me di cuenta que lo que podía hacer era conectar la biblioteca con la calle. La biblioteca, la cinemateca, los libros de historia, las anécdotas de la historia, todo podía conectarlo y hacer analogías para iluminar el presente. Iluminar y también contar una historia.

Publicás en Zenda Libros, el sitio de Pérez Reverte, y allí van a parar tus columnas de La Nación. ¿Pensás en cuál puede ser el interés de los lectores españoles sobre los temas de política argentina?

Cuando escribo no, no lo pienso. Pero Arturo me dice que es muy seguida la columna. Además a Zenda no la leen solo los españoles, también los latinoamericanos, los argentinos en España —hay mucho mercado argentino en España—, los argentinos que están por el mundo. Arturo siempre me dice: «Cuando yo leo esos artículos me da la impresión de que para el español pueden ser un espejo del futuro». Y hay una deriva. El uso del lenguaje, la cooptación de intelectuales, una serie de asuntos del populismo, del modo de tratar a los enemigos políticos, de las teorías de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que son los ídolos de Podemos, en fin… Se ve un poco el futuro.

¿Los españoles ven la Argentina y piensan «hacia allá vamos»?

Podríamos ir. Se ve así, se lee así la columna.

Hace unos días un español me dijo que a los españoles les interesa más lo que pasa en Argentina que a los argentinos sobre España. ¿No nos interesa?

Puede ser, puede ser. Hay algunas personas acá que están muy interesadas en lo que pasa en España, algunas. Se ignora la mayoría de las cosas, lo nuevo de España se ignora muchísimo. 

Da la sensación de que nos miramos el ombligo, que no nos interesa nada más que nosotros mismos, que todo lo leemos desde acá, con un cierto provincianismo…

Sí, sí, sí. Tuvimos más relación con España, como sociedad, tuvimos más relación de la que hay hoy. Ahora estamos como encapsulados. Creo que los españoles siguen teniendo por la Argentina, por Buenos Aires, la idea de que aquí hubo una tradición de inteligencia y de cultura. Buenos Aires para ellos todavía es esto [señalando el espacio de la Academia Argentina de Letras]. Este lugar. Todavía recuerdan que Miguel de Unamuno escribía por entregas en La Nación, que Rubén Darío también. La Nación es toda una institución reconocida.

Solés decir que, con tus columnas en España, te interesa mostrar una versión de Argentina que no es el discurso dominante.

Sí, claro, claro.

¿Creés que la visión que se tiene de Argentina es la que, como dijiste, se ha construido como discurso oficial desde el Estado?

Creo que el kirchnerismo tiene socios en la actual coalición de gobierno de España. A ver, hace unos años se llegó a hablar del europeronismo, no solo en España. ¡El europeronismo! ¡Ah, la pelota! ¿Qué es el europeronismo? Bueno, es básicamente la adoración por Laclau, un militante de la izquierda nacional que se va allá, relee a Gramsci, a Karl Smith y a Lacan sobre todo pero básicamente lo que propone Laclau es algo que les gustó mucho a los de Podemos. Muchísimo. Y creían que era algo modernísimo y era viejísimo. Quiero decir que hay un grupo de gente de izquierda que cree que el peronismo es de izquierda porque les ha vendido ese costado. Después no les cierra muy bien que Perón haya sido amigo de Franco y que haya elegido el exilio franquista y haya rechazado ir a vivir a La Habana como le pedía desesperadamente John William Cooke. Ni en pedo Perón iba a ir a La Habana.

Te reconocés como un antiguo militante de la izquierda nacional…

Adherente, simpatizante. Intenso. Un simpatizante intenso [risas].

En relación al ejercicio periodístico, ¿creés que es importante tomar partido o aspirar a la imparcialidad? Lo que en nuestro país se señala en algunos casos como Corea del Centro.

Pfff… Qué tema… Es un tema complejo. Primero creo que la objetividad es como una utopía que se consigue por aproximación. Somos seres subjetivos, es un buen intento una especie de periodismo científico donde los datos son todo lo que se puede probar. Yo defiendo mucho esa idea que no tiene nada que ver con ser árbitro de un partido sino con esto: «voy a contar lo que se puede probar». A mí me parece que eso, no importa de dónde venga, está bien, que el periodismo no debe abandonar eso. Pero el periodismo no es una sola cosa, el periodismo es un montón de cosas. No es solamente informar. Hay gente que cree que el verdadero periodismo es el periodismo de guerra o el de investigación y que todo lo demás es acompañamiento. No es cierto, no es cierto. Como tampoco yo podría decir que el periodismo son los articulistas, tampoco.

Después hay periodistas, lo aprendí con los años, que tienen segundas vocaciones ocultas. Cuando conozco un periodista, trato de descubrir cuál es su segunda vocación oculta. Algunos de ellos, como vocación oculta, son abogados, detectives, políticos, y tratan de mantener la vocación política dominada para seguir siendo periodistas. Otros quieren ser famosos. Jamás se me hubiera ocurrido, cuando entré en el periodismo, que alguien podía ser famoso. Los de la tele eran otra tribu, nos parecía inalcanzable y no deseable.

Para mí el periodismo siempre fue una rama de la literatura, yo siempre tuve esa segunda vocación. Yo no creo en el coreacentrismo, creo en ser ecuánime, no en ser equidistante, que es una cosa distinta. Ecuánime es decir «este tipo es valioso pero un enorme corrupto», bueno, vamos a decirlo así. Los grandes héroes hacen canalladas, lamentablemente la historia es esa, no los buenos y los malos como en el cine de superacción. Otra cosa es: yo soy el que te cobra las faltas, estoy fuera y si uno de River le pone una patada al de Boca, le saco la tarjeta roja y, para compensar, echo a uno de Boca que rozó a otro. Para compensar. Equilibrar las cosas, lo que además es un buen negocio… Pero el periodismo, a ver, los grandes diarios nacieron con ideas políticas, acá, en Estados Unidos, en Francia, en China, en todos lados. En China no sé [risas].

Haciéndolo explícito.

Representando una idea, un punto de vista desde dónde mirar. Después, vos no podés falsear la realidad en virtud a tu punto de vista porque ahí estás haciendo militancia partidaria, que es otra cosa. Te diría que el punto de vista es el valor agregado. Cuando Neustadt tenía su programa tenía treinta puntos de rating, se paraba el país, ¡treinta puntos de rating! y él tenía la obligación, y nosotros se lo pedíamos, de ser pluralista. Que estén todas las voces. ¿Por qué? Porque él tenía el poder total de los medios de comunicación. Tenía la obligación del pluralismo. Hoy no es un servicio que se le requiera al periodismo, es una facultad intrínseca del lector. El lector que quiere todas las voces las tiene a golpe de dedo, tac, tac, tac. Es gratis el pluralismo, me parece que lo que pide la sociedad es calidad, valor agregado, punto de vista. El punto de vista es muy importante porque un tipo que se levanta a las seis de la mañana, lee el diario muy por arriba, dice «yo pienso el mundo más o menos así, entonces elijo a alguien que piensa más o menos como yo, no tengo tiempo de ver si está bien el acuerdo de precios y salarios». Delegás en otro y eso es natural. Para eso sirve el punto de vista. Otra cosa es falsear la información.

Siempre decís que empezaste en el periodismo, haciendo periodismo de trinchera…

Treinta años de trinchera, ya está.

¿Ahora abandonaste esa trinchera?

Yo hablo de ese periodismo del día a día, que me robó mucho tiempo para escribir y mucha vida. He pasado treinta años en las redacciones y me ha quitado mucho. Ahora tengo el día a día de la radio y voy saliendo lentamente porque voy aceptando mi edad, voy aceptando los deseos, que son siempre los mismos desde que tenía doce años: leer y escribir, básicamente. Hoy hago radio con escritores: Miguel Wiñazki, Gonzalo Garcés, Marcelo Birmajer, decimos barbaridades… Nunca me detengo a pensar si eso es periodismo, tal vez sea otra cosa, una especie de tertulia, una tertulia salvaje porque viene de noche. Y eso me interesa más que la información, que ya me fatiga. 

Es que este país cansa un poco, ¿no?

[Silencio] Si no estuviéramos involucrados como estamos, este país es shakesperiano. Extraordinario. Cristina es un personaje espectacular, literariamente espectacular. El kirchnerismo…, la política está llena de hijos de puta magníficos. Cristina es una Perona de la era de Netflix, van pasando las temporadas y va sobreviviendo y va haciendo cosas, es realmente espectacular.

¿Ves a Cristina Fernández como un personaje de Shakespeare?

De Shakespeare no, pero de Netflix sí. 

Bueno, las series de Netflix te mantienen enganchado.

A mí me dicen «vos estás enamorado de Cristina», me trolean, viste. No, no, Cristina está en el centro. Cristina es un gran personaje, creo que le ha hecho mucho daño a este país, sin embargo es un gran personaje que domina. El día que Cristina esté en un costado y no domine más, mi interés por ella va a decaer.

¿Tenés en ella un interés periodístico o literario?

Las dos cosas. Y personal. Hay muchas cosas personales en esta historia. Para empezar, el padre de Cristina es hijo de asturianos que nacieron en un pueblito a kilómetros de donde nació mi padre. Ella tenía una madre que deriva de un conservador popular que se metió en el peronismo. Ella tuvo la grieta en el living de su casa, se odiaban. Una familia detestaba a la otra y ella vivía en esa grieta. La grieta es consustancial a su vida, a su infancia, ella creció y casi que no puede concebir la vida sin un buenos y malos. Unos hablaban mal de los gremialistas, de los que vivían del Estado y los otros hablaban mal de los individualistas a los que solo les interesaba el progreso. Todo esto estaba en el living de la casa y ella toma partido por una familia contra la otra en lugar de tratar de unir a las dos familias. Que son las dos almas argentinas.

Argentina tiene dos almas. Y vos las estudiás desde principios del siglo XIX hasta hoy y hay dos formas de ser argentino. Hay una forma de ser argentino que es cosmopolita, cree en el mercado, cree en integrarse al mundo, en el progreso, en la meritocracia, etcétera y otra que cree en vivir con lo nuestro, cree más en el Estado, cree en otro sistema de valores. Yo creo que estas dos almas no se pueden obviar para hacer política, que deben convivir, porque si estas dos almas no conviven van a la guerra. El sistema que permitiría que las dos almas, como las dos Españas, convivan, es que se pacten algunas políticas como se pactaron en la transición: «con esto no se jode». Con el poder judicial no se jode, con la política de seguridad no se jode, con una línea internacionalista no se jode. Con todo lo demás se jode, se discute, se pelean, pero esto no se toca, necesitamos un vaivén de convivencia. 

¿Estamos cerca de alcanzar eso?

Creo que vamos a un crac en Argentina. Y ese crac tiene dos salidas: o esta que yo decía o algo mucho peor que lo que vivimos, algo que puede llegar a generar una especie de populista salvaje que venga a poner orden acá y sea de cualquier ideología. Esa sería una salida jodida.

¿Pensaste alguna vez en irte del país?

Todos los meses. 

¿Y por qué no lo hiciste?

[Un largo silencio] Por diferentes razones. Todavía no descarto hacerlo. Te voy a decir algo de fondo más que operativo: te podría decir que me gustaría vivir en Madrid —aunque Madrid está un poco caro por ahora y tampoco quiero trabajar para vivir a esta altura del partido—, que me entusiasma mucho escribir en los medios españoles como lo estoy haciendo y que estaría bueno, pero por otro lado soy tremendamente argentino. Tremendamente argentino. A mí me duele la Argentina. Mirá, cuando fuimos a España, el primer viaje que hicimos lo hicimos en barco porque no daba la guita para ir en avión. Era 1969, Argentina y España estaban parejos, ellos venían subiendo y nosotros veníamos bajando. Cuando llegamos ahí, no sentimos que España era Europa. En Argentina teníamos pleno empleo, tres por ciento de pobreza, la desigualdad de Dinamarca, era un país pujante que era fruto de la inmigración. Arriba pasaban cosas horribles —estaba Onganía, Lanusse, se había proscripto el peronismo— pero abajo la sociedad vivía como en otro plano. 

Y ahí se empezó a pudrir todo.

Ahí se empezó a pudrir todo. Ahora tenemos cuarenta por ciento de pobreza —pero está mal medida, en realidad tenemos un sesenta por ciento de pobreza—, somos el tercer país del mundo con mayor inflación: Venezuela, el Líbano y nosotros… Así que no me voy. O en todo caso me iría, pero no a ser español sino a ser argentino, estoy muy involucrado con la historia argentina. Siempre que se me ocurre una historia, se me ocurre acá, nunca podría ser un escritor internacional o escribir algo que ocurra en otro sitio que no fuera acá… Y me voy quedando.

Hay muchos temas e ideas que se desprenden de esta conversación, pero la impresión general que me causa es la de presenciar la progresiva caída y degradación de la sociedad argentina, más allá de la forma en que cada uno se  proponga (o no) contrarrestarla. No sólo la política, que con Fernández Díaz habría que retroceder quizá hasta su infancia para encontrar un mejor punto de apoyo, sino probablemente también en el periodismo y la cultura en general. Las discusiones de hoy, los problemas de hoy, son un corolario, una versión apestada de lo que fueron hace treinta, cincuenta años.


sábado, abril 16, 2022

La tecnología en la guerra en Ucrania

 


El 30 de marzo, (¡tanto tiempo ya!) ZDNet publica un artículo acompañado de varias fotografías tomadas por distintos grupos de trabajadores de empresas de informática ucranianas. En un país de cuarenta  millones de habitantes, su sector tecnológico ocupa a medio millón de personas:

Ukraine has a very large tech sector. According to Bloomberg, the country boasts a quarter of a million tech professionals, many of whom provide coding services to major players like Apple, Google, Lyft, Ubisoft, Daimler, BMW, Citi, and JPMorgan, among many others. According to the trade group IT Ukraine Association, as reported in the Wall Street Journal, IT export volume, "increased 36% to $6.8 billion last year, up from $5 billion in 2020 and $4.2 billion in 2019." According to Ukrainian developer outsource firm Daxx, via research from SkillValue, Ukraine's developers rank 5th worldwide in terms of overall competence. There are also thousands of entrepreneurial companies building their own software products.

La guerra ha cambiado los planes y perspectivas de todos ellos, pero seguramente en una menor medida que a la industria o el campo, que no disponen de la flexibilidad de recursos que permite la construcción de software. Como todos lo que resisten dentro de sus ciudades, su actividad continúa en bunkers, o se ha replegado a zonas más seguras, o fuera de Ucrania. Las fotos los muestran en un entorno catastrófico, pero aguantando.

Una vez más, fuerzas poderosas en apariencia, se estancan en una guerra donde el agresor tiene enfrente una sociedad que los rechaza totalmente. Pero además, el mando ruso ha demostrado una incapacidad asombrosa, aplicando criterios militares desempolvados de la segunda guerra mundial. Todavía no se ha dicho la última palabra, y la gran diferencia en población, industria, recursos, y el soporte chino a Rusia todavía puede hacer que Ucrania sea vencida. Pero aún en ese caso, no ganarán en el ánimo y disposición de cada uno de los ucranianos, y su vida diaria sería la del invasor zarista en el siglo XIX. La guerra menos convencional que pudiéramos imaginar se está desarrollando ante nuestra vista, donde la resistencia se desarrolla  a través de redes invisibles: Internet, la telefonía, la televisión, la radio; donde las clases de los niños continúan por conexion remota, dentro y fuera de Ucrania; donde los drones producen estragos no calculados; donde un misil portátil pone fuera de combate un buque o un avión. Ante nuestros ojos está sucediendo de nuevo, y agravado, un Praga, un Budapest, episodios del siglo XX que no triunfaron frente al ejercito ruso, pero sentaron las bases de la caída soviética. Todo nuestro apoyo para Ucrania.

La fotografía, en ZDNet, de Anna Ustynova, de la empresa Headway: "Our Kyiv R&D unit settled down partly in the west of Ukraine, partly abroad. No employee was fired; instead, Headway is going to hire more Ukrainian talents and all previously sent offers were secured and already two employees have joined us since 24th February."


 

jueves, abril 14, 2022

Bill Evans en Buenos Aires

 Este año se editaron dos conciertos que diera Bill Evans en Argentina, en 1973 en Buenos Aires, y en 1979 en Buenos Aires, Rosario y San Nicolás. Dos albumes recuperados por Resonance Records con el contenido de esas dos series de presentaciones. Existe al menos otra edición anterior que se puede escuchar en Last FM y en algún momento en Spotify (1, 2), de Yellow Note Records, y es la que al menos yo he escuchado tiempo atrás. 

En la época de su visita no conocía a Evans; sólo a la generación de Parker, Mingus, Roach, Powell, a  Brubeck, Peterson. A Evans llegué muchos años después. Y hace relativamente poco me enteré de su paso por Argentina, y escuché esos dos conciertos, ejecutados con la calidad de su madurez. En marzo pasado, Santiago Giordano les dedicó una nota que recuerda las dos presentaciones. Como Giordano lo comenta, hay algo muy particular en su paso por Argentina: que para desgracia de Evans, sus visitas no podían ser más desafortunadas por el ambiente general que las rodeó. Los seis años que las separan son muchos más de los que se cuentan en el calendario, pero que se podrían definir como el momento en que comenzó todo y el momento en que todo dejó de ser como lo conocíamos. Evans, Gómez, Morell, llegaron a Buenos Aires sólo tres días después del hecho que marcó los años siguientes. Argentina vivía una breve primavera política, cultural, social, y Evans fue uno de los muchos acontecimientos de ese momento. Expectativas, proyectos, revuelo periodístico, artístico. Pero tres días antes de su llegada, el 20 de junio,  se habían producido los incidentes de Ezeiza, en el regreso de Perón a Argentina, que adelantaron el desastre que se produjo en un crescendo sangriento de varios años. No se pueden ver las fotografías de los tiroteos entre facciones sin una sensación de incredulidad, repugnancia y horror. ¿Habrá percibido Evans el ambiente enrarecido de ese momento? Probablemente no. Difícilmente en una vista de pocos días puede hacerse otra cosa que una conversación informal, un poco de turismo. Pero sin duda habrá sido así en su segundo viaje, cuando todo ya había cambiado de manera irreversible.

En 1979 Evans vino con su nuevo, reciente trio con LaBarbera y Johnson, esta vez en una pequeña gira que abarcó además de Buenos Aires, a San Nicolás y Rosario. Pero en este momento, más allá de su música, el ambiente general ya estaba lejos de expectativas, esperanzas, ilusiones y proyectos. Argentina estaba en otro mundo apagado, oscuro, receloso. Un año después, Evans moría. Argentina todavía no sabe si vive.

 


domingo, marzo 27, 2022

Lo que Putin subestimó

 De una entrevista de The Economist a Volodymyr Zelensky, presidente de Ucrania:

TE: Let's talk about now, about where we are in this stage of the war. Do you think there is any chance you can win?

VZ: We believe in victory. It's impossible to believe in anything else. We will definitely win because this is our home, our land, our independence. It's just a question of time.

TE: What does a Ukrainian victory look like?

VZ: Victory is being able to save as many lives as possible. Yes, to save as many lives as possible, because without this nothing would make sense. Our land is important, yes, but ultimately it's just territory. I don't know how long the war will last, but we will fight to the last city we have. From the start, when you choose an option about what people should do or not do, people don't understand what a full-fledged war is. My job is to give a signal so that people know how to act.

And when you show how Ukraine is supposed to behave, you also have to behave accordingly [yourself]. There was a decision whether to stay or leave. We are all wounded and hurt in the same way. [My decision to stay] was my signal to people about how we should respond to the attack. It's about how the war started and how it's going to end. It will end with us still standing here defending.

That's my response to the question about what Ukraine's victory will look like. Our victory may be temporary, maybe without resolving all issues, but we have chosen the direction we will move in.

Rusia en el barro de Ucrania

 No quiero hacerme falsas expectativas, pero la blizkrieg de Putin se está pareciendo a la de Hitler sobre Rusia. No es simple, porque Rusia no admitirá perder, y la fuerza defensiva de Ucrania no pasará de su frontera. Pero hay algo que en este mes de guerra está claro: Putin no triunfará en Ucrania, ni aunque conquistara sus ciudades y tomara su gobierno, porque la población lo rechaza completamente. Y la estadía rusa en Ucrania sería tan hostil como lo fue en su derrota en Afganistán. La única oportunidad de Putin, es practicar el destierro en masa de población, algo de lo que hay historia en Rusia. Tampoco sería algo fácil de hacer.

Y entre tanto, se observa la existencia de rechazo a la invasión dentro de Rusia. Mas de la que hubiera imaginado.

domingo, marzo 06, 2022

M.Torres Aguilar en The Conversation: Bienvenidos al mundo de ayer: una visión de la guerra en Ucrania

 

 Manuel Torres Aguilar, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universidad de Córdoba, escribe para The Conversation un análisis de la invasión de Ucrania que debería ser tenido muy en cuenta:

Confieso que al escribir este texto no puedo olvidar el conmovedor artículo recientemente publicado por Antonio Fernández Vicente bajo el título Guerra y desencanto en Stefan Zweig. Por supuesto que aún albergo la esperanza de que la mayor parte de las reflexiones que voy a exponer sean desacertadas lo antes posible.

En muchas ocasiones ni los analistas ni los políticos saben o quieren leer las intenciones reales que anidan en las declaraciones que se hacen por parte de los que manejan la geopolítica. Casi nadie vio que el proyecto de Putin era la restauración del Imperio zarista, la gran Rusia o algo lo más parecido posible a la URSS, aunque ahora se apuntan muchos a esta teoría.

Anteayer, como quien dice, todavía se hablaba de que su aspiración era asegurar que Ucrania renunciase definitivamente a Crimea, a acercarse más a Occidente y a aceptar a los independentistas del Donbás, para colocarla bajo control ruso, igual que hizo con Bielorrusia y Georgia.

Los símbolos de Putin

Ni las declaraciones ni los actos de los líderes políticos son casuales y los símbolos, precisamente porque lo son, tienen un valor comunicativo fundamental que, desde que el mundo es mundo, no se puede pasar por alto.

Cuando Putin accedió al poder recuperó el himno de la antigua URSS y adoptó el águila imperial zarista como emblema incorporado a la bandera tricolor. Muy pocos años después, en 2005, calificó la desaparición de la URSS como la mayor catástrofe geopolítica del pasado siglo. Entonces marcó la estrategia que iba a presidir su política durante estos casi veinte años.

Los dictadores son personas extraordinariamente narcisistas y se consideran llamados a desarrollar un proyecto que les dará gloria después de su muerte. Están demasiado ocupados en ejecutar ese gran plan como para ocuparse de las vidas de los demás y, sobre todo, eliminan cualquier obstáculo que pueda oponerse a ese ideal trascendente. Putin construyó un régimen autoritario porque sin opinión pública es fácil tomar decisiones, y con ese fin eliminó uno a uno a todos sus adversarios. Todo esto lo hemos estado viendo desde Occidente.

La negra mano de Putin en Europa

Y no solo esto. También ha desplegado una estrategia destinada a minar las democracias occidentales, apoyando a partidos antieuropeos, xenófobos y autoritarios. En España, varias organizaciones se han beneficiado directa o indirectamente del apoyo financiero de personas o empresas cercanas a Putin. En Estados Unidos no hace falta recordar sus argucias para fomentar el apoyo a Trump, un líder de tinte autoritario como él y con el que tenía negocios en común.

Los tanques rusos ya han entrado en Kiev. Especialmente en este momento no podemos olvidar que muchas empresas rusas han hecho negocios con países e instituciones de Europa que no están mostrando toda la firmeza que deberían a la hora de adoptar sanciones contra Rusia. Italia, por ejemplo, no se mostró especialmente partidaria de expulsar al sistema bancario ruso del código SWIFT, lo que supondría el aislamiento total de esos bancos. Por supuesto Hungría, de momento, tampoco.Putin ha conseguido generar una línea de intereses, no solo políticos sino también económicos, en el seno de las democracias occidentales que, o no percibieron el peligro o se preocuparon más de su lucro que de defender los valores democráticos de Occidente.

Ahí es donde estamos, frente a un Putin que pretende recuperar su espacio vital perdido y fortalecer su régimen autoritario, eliminando el poder ejemplificador que las democracias occidentales pueden significar para su población. ¿Cómo tolerar estos regímenes junto a su frontera?

Zelensky fue elegido democráticamente y, aunque a Ucrania le falta aún cumplir determinados ítems para ser una democracia al menos imperfecta, sin duda es un país en el que hay más libertad que en Rusia.

La Unión Europea también es un objetivo a destruir y, por eso, Putin fomenta los partidos que defienden valores nacionalistas y autoritarios y propugnan una mayor debilidad de lo que ellos llaman los burócratas de bruselas.

Lo triste es que muchos votantes occidentales están comprando su discurso. Muy parecida sintonía a la del pasado siglo. Ese deseo del espacio vital para justificar su expansionismo es muy similar al objetivo que inspiraba a Hitler. Las tropas de la OTAN no van a actuar porque Ucrania no es miembro. ¿Qué pasará si fija su atención en las repúblicas bálticas? ¿Tendremos que asistir otra vez a un nuevo Chamberlain y su política de apaciguamiento?

El problema es que en esta ocasión hay otra clave distinta: estamos frente a una superpotencia nuclear y frente a una persona que podría usar su arsenal atómico si llegase el caso.

Personalmente, considero que su misión existencial está por encima de la vida de todos, incluida la suya propia. Solo fíjense en sus ojos y su mirada: ahí está todo escrito, como unos nuevos renglones de la obra en que Zweig describió lo que él y su generación sufrieron.

 Hasta aquí, el análisis de Torres Aguilar. Quisiera destacar algunas ideas que expresa, que hubiera preferido simplemente marcar con resaltador, pero The Conversation solicita no editar el texto, por lo que agregaré un par de líneas redundantes. Siguen a continuación: 

  • La ambición de Putin de recuperar el imperio, sea el de los zares, o el de la URSS, cuyas fronteras aproximadamente coinciden. Quizá ningún otro gobernante ruso lo expresa con mayor claridad. No se trata de un reclamo fronterizo, por minorías rusas afectadas en una fracción de territorio lindante. Se trata del espacio vital de Hitler, usando el mismo argumento de proteger a las minorías de connacionales para entrar en otro país. Las amenazas a países bálticos, Suecia (¡Suecia!), Finlandia se corresponden con esta ambición. Hitler y Stalin discutieron el reparto de estos territorios en el pacto que precedió a la segunda guerra Mundial. Como dice Torres Aguilar, nadie debe engañarse; no es Donbás lo que se discute, ni siquiera Ucrania.
  • Putin se considera un dirigente predestinado, que no duda en eliminar a cualquier opositor que pueda amenazarlo. Su objetivo es superior a cualquier obstáculo que se le oponga.
  • Europa democrática es un objetivo a dispersar y eliminar. Putin se alía con fuerzas de extrema derecha para dividir sus países. Populistas, nacionalistas y separatistas son alentados. Recordar que el separatismo catalán negociaba apoyo ruso en su intento de independencia.
  • El escenario en que un nuevo Chamberlain mire para otro lado en sucesivas y crecientes amenazas es uno posible, ahora acompañado de una realidad: Rusia es una potencia nuclear.

Manuel Torres Aguilar, Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones y director de la Cátedra UNESCO de Resolución de Conflictos, Universidad de Córdoba

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Este artículo está publicado por The Conversation con licencia Creative Commons. He tratado de respetar la publicación en los términos que recomienda The Conversation, pero el código que sugieren no es aplicable en este blog de Blogger. Espero que acepten la republicación en estos términos. 

Considerando que solicitan que no se edite el texto, he retirado todos los resaltados que deseaba destacar, convirtiéndolos en comentarios puntualizados por separado.

sábado, marzo 05, 2022

Ucrania en el Parlamento Europeo

A diez días del comienzo de la invasión rusa a Ucrania, la resistencia prosigue, y Europa aumenta su posición de rechazo absoluto a las acciones rusas. El día primero de marzo se trataron en la Unión Europea medidas a tomarse, y hubo un discurso que debemos recordar. 

Sigue una transcripción del discurso de Josep Borrell, encargado de las relaciones exteriores ante el Parlamento Europeo, el primero de marzo de este año:

 Señor presidente del Consejo Europeo [Charles Michel], señora presidenta del Parlamento Europeo [Roberta Metsola], señora presidenta de la Comisión Europea [Ursula von der Leyen], presidente [de Ucrania, Volodímir] Zelenski; presidente del Parlamento de Ucrania [Ruslan Stefanchuk],

 Estimados miembros del Parlamento Europeo,

Intentaré compartir con ustedes mis reflexiones sobre el significado de los trágicos acontecimientos que estamos viviendo y las lecciones provisionales que podemos extraer de ellos, especialmente para la Política Común de Seguridad y Defensa, que tengo el honor de intentar desarrollar y que sigue siendo una política intergubernamental. Una política que sigue estando en manos de los Estados miembros, pero que no puede aplicarse eficazmente sin la fuerte cooperación de las competencias de la Comisión. Creo que este es el momento en que la Europa geopolítica está naciendo.

Esta es la partida de nacimiento de la Europa geopolítica. El momento en el que tomamos conciencia del reto al que nos enfrentamos. El momento en que Europa debe hacer frente a sus responsabilidades. El momento en que nos damos cuenta de que, por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un país está invadiendo a otro y ese país tiene armas nucleares, lo que aumenta su capacidad de intimidación. Me pone enfermo pensar en la analogía histórica con los acontecimientos del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Pero, en realidad, es el retorno de la tragedia, a lo que Europa se enfrenta hoy. El retorno de la tragedia, lejos de asustarnos, debería galvanizarnos.

En primer lugar, desecha la idea de que el proyecto europeo había perdido su impulso porque el horizonte de la guerra se había desvanecido. Por desgracia, no es así. Esto nos recuerda que el mal, la tragedia y la guerra nunca se desvanecen. Y se trata de la relación con la guerra, con el uso de la fuerza, con la violencia, sobre la que llevamos años debatiendo, para saber si Europa puede contrarrestarla. Por eso en los últimos años hemos hablado más que en el pasado de cuestiones de defensa y hemos empezado a establecer programas militares conjuntos. Por eso el propio Parlamento Europeo ha votado la creación de este Fondo Europeo de Defensa, y los Estados miembros han creado este Fondo Europeo de la Paz que ahora estamos movilizando para proporcionar armas a Ucrania.

El Consejo Europeo, en las próximas semanas, adoptará la Brújula Estratégica. Y con la invasión de Ucrania por parte de Rusia, debemos ampliar nuestra reflexión, ajustar nuestros medios y anticipar nuestras respuestas. Porque una de las lecciones que hemos tenido que aprender con la invasión de Ucrania es que, más que nunca, Europa debe pensar estratégicamente sobre sí misma, su entorno y el mundo. Ya no es un lujo, es una necesidad. Europa debe ampliar su reflexión sobre las cuestiones de seguridad, y el Parlamento Europeo ha tenido un papel importante en este sentido. Hay que reflexionar sobre el instrumento de coacción, de represalia y de contraataque frente a adversarios temerarios, porque lo único que hay que entender es que para hacer la paz hay que ser dos, pero para hacer la guerra basta con ser uno. Esto es exactamente lo que nos dice Putin. Y por eso tenemos que aumentar mucho nuestra capacidad de disuasión. Tenemos que aumentar nuestra capacidad de disuasión para evitar la guerra. Y está claro que nuestra disuasión no ha sido lo suficientemente fuerte como para detener la agresión de Putin. Y desde que comenzó esta agresión, hemos reaccionado en los últimos días de una manera que Putin no esperaba. Y le estamos demostrando que nunca sacrificaremos nuestra libertad, y la de los demás, en el altar de nuestro bienestar y prosperidad.

Siendo presidente de este Parlamento en 2007, tuve la oportunidad de decirle a Putin, cara a cara, tras el asesinato de una periodista, Anna Politkovskaya: "No vamos a cambiar los derechos humanos por su gas". Y este es el momento de repetírselo, y de actuar en consecuencia. No vamos a compartir, no vamos a abandonar la defensa de los derechos humanos y de la libertad porque seamos más o menos dependientes de Rusia. Y tenemos que empezar a trabajar rápidamente, como ha propuesto la Comisión, para anular esta dependencia.

El sábado pasado, después de haber celebrado otro Consejo de Asuntos Exteriores y de asistir al debate del Consejo de la Unión Europea, estuve hablando con usted, presidente Michel, y me dijo: "¿Estamos haciendo todo lo que podemos? ¿Hay algo más que podamos hacer? ¿Es suficiente? ¿Somos tan impotentes?" Y usted me dijo: "Piensa, haz, actúa. Tenemos que presionar a los Estados miembros para que adopten decisiones sobre el SWIFT y saquen a Rusia del sistema financiero. Piensa en cómo podemos armar a Ucrania. No país por país, uno tras otro de forma descoordinada". Y me animó a volver a hablar con los Estados miembros, y en pocas horas acordamos utilizar este Fondo Europeo para la Paz con el fin de aportar ayuda financiera y coordinar a los Estados miembros para armar al ejército y al pueblo ucranianos. En menos de 24 horas, otro tabú había caído.

Y la presidenta de la Comisión mostró inmediatamente un fuerte liderazgo y empezó a trabajar para conseguir un acuerdo con nuestros socios internacionales, con el fin de hacer posible desconectar a Rusia del sistema financiero. Y, ¿saben qué? Ahora la mitad de las reservas del Banco Central de Rusia están completamente fuera de su control, están congeladas. ¿Se lo pueden imaginar? Esto es capacidad de coerción. Hace tres días era imposible, y ahora es posible, y Rusia empieza a sentir las consecuencias en términos de inflación y caída de su moneda.

Sí, tenemos capacidades. Hemos movilizado esas capacidades y tenemos que seguir haciéndolo, poniendo en común las capacidades de los Estados miembros y de la Unión Europea.

Quiero recordarles que el Fondo Europeo para la Paz no forma parte del presupuesto que ustedes votan. Es otro presupuesto. Es un fondo intergubernamental, gestionado por los Estados miembros. Porque afirmamos que nosotros, la Unión Europea, somos una fuerza de paz y que no podemos proporcionar armas a nadie más. Sí, podemos. Sí, lo hemos hecho. En el próximo presupuesto, piensen en ello. Cuando voten su próximo presupuesto, utilicen la capacidad presupuestaria de esta institución para poner los medios para hacer frente a la próxima crisis y a la próxima agresión rusa.

Estamos trabajando también en el ámbito internacional para crear una coalición que condene a Rusia en las Naciones Unidas. Rusia no obtuvo ni un solo voto a favor [en el Consejo de Seguridad]. Todo el mundo estuvo a favor de la resolución y hubo algunas abstenciones que son muy significativas.

Ha habido países, tradicionalmente aliados de Rusia, que no han votado a favor suyo, se han abstenido. Y ahora hay que construir una coalición internacional para que en la próxima Asamblea General de las Naciones Unidas sea el mundo entero el que condene al agresor. Nadie puede mirar para otro lado.

Cuando un potente agresor agrede sin justificación alguna a un vecino mucho más débil, nadie puede invocar la resolución pacífica de los conflictos. Nadie puede poner en el mismo pie de igualdad al agredido y al agresor. Y nos acordaremos de aquellos que en este momento solemne no estén a nuestro lado.

Sí, hemos utilizado nuestra capacidad coercitiva, la capacidad de imponer, no necesariamente usando las armas. Cuando digo que Europa tiene que ser un hard power, la gente piensa únicamente en el poder militar. No, el hard power se ejerce de otras muchas maneras. La capacidad de condicionar, the coercive capacity, la capacidad de imponer al otro otra conducta no se hace solamente con las armas. Se hace como ha propuesto la Comisión de una manera extraordinariamente eficaz, gracias señora presidenta [Ursula von der Leyen], y como usted ha impulsado en los debates del Consejo Europeo, gracias, señor presidente [Charles Michel].

Tomar medidas como esta, que parecen de papel, que desde luego no movilizan misiles, pero que tienen un efecto trascendental sobre la solvencia de un país e impiden que Rusia vaya a gastar el dinero que pagamos por su gas para alimentar la guerra.

Esto es, creo, señoras y señores diputados, la lección más importante que tenemos que extraer de estas trágicas circunstancias. No podemos seguir confiando en que apelar al Estado de Derecho y desarrollar relaciones comerciales van a convertir el mundo en un lugar pacífico donde todo el mundo evolucionará hacia la democracia representativa.

Las fuerzas del mal, las fuerzas que pugnan por seguir utilizando la violencia física como una forma de resolver los conflictos, siguen vivos y frente a ellos tenemos que demostrar una capacidad de acción mucho más poderosa, mucho más consistente y mucho más unida que la que hemos sido capaces de hacer hasta ahora.

Hemos hecho mucho y hemos, sin duda, asombrado al mundo y sorprendido a Putin con una capacidad de reacción rápida y unida. Hay que seguir en este camino.

Y este acto, este momento parlamentario donde ustedes con sus aplausos quieren dar ánimos a las instituciones europeas para seguir en el camino que hemos aprendido, puede ser el momento en que los europeos entiendan que el mundo en el que viven es un mundo peligroso y para hacerle frente hace falta que refuercen su Unión.

La pandemia abrió la puerta a acciones innovadoras. La pandemia nos ha impulsado por el camino de unirnos más para hacer frente a los virus. Este momento trágico debe impulsarnos a unirnos más para hacer frente a aquellas acciones humanas que amenazan también la vida, la seguridad y la prosperidad de todos.

Muchas gracias. 

El discurso puede seguirse en el video del parlamento, en su original en inglés, con traducciones a las lenguas del sistema europeo. 

La transcripción sigue la publicada por ElDiario.es.


domingo, febrero 27, 2022

En horas de angustia

 Volodymyr Zelensky, ex comediante, presidente algo inesperado de Ucrania desde 2019, resiste en el cuarto día de invasión rusa, con fuego ya en Kiev, mostrando a quien quiera oír que está en su sitio. Dada la diferencia de fuerzas, quizá en pocos días esté prisionero o peor, desaparecido o muerto (Putin es especialista en estas artes), pero ahora está ahí, donde se espera que esté. Macron, Scholz, Biden, ¿están a la altura? 

Arkady Ostrovsky, en The Economist:

On the morning of February 26th Volodymyr Zelensky posted a video of himself on Twitter. After a night of the worst fighting Kyiv had seen since the second world war, and of propaganda from Moscow claiming that he had fled the capital in fear, Ukraine’s president emerged from his office red-eyed and unshaven. He was holding a smartphone in his right hand as he filmed himself walking past the House with Chimaeras, a famous Kyiv landmark that serves as the presidential residence. He smiled at the camera and declared: “Good morning to all Ukrainians! There are a lot of fakes out there…[but] I am here.”

Mr Zelensky looked exhausted, but happy: happy to be alive, happy that Kyiv had not fallen and happy to play the role of a national leader, holding his nerve and his country together in the darkest hour of its 30-year history as an independent state. That was not the role he had chosen, but the one that was thrust upon him when Russia invaded Ukraine on February 24th. He has carried it off with dignity, strength and a dash of humour. When America offered to airlift him to safety, he retorted: “The fight is here; I need anti-tank ammo, not a ride.”

The night before, speaking in Moscow, Vladimir Putin, Russia’s president, had pledged to rub out Mr Zelensky. Ukraine’s president is a native Russian-speaker of Jewish heritage. Nonetheless, seething with hatred, Mr Putin had branded him and his government “drug-taking Nazis”.

If fortune favours Mr Zelensky, it is because he carries the virtue that Mr Putin lacks: he speaks the truth for his people. 

jueves, febrero 24, 2022

Rusia sin máscara

 Abierta la caja de Pandora...En el mejor estilo blitzkrieg, pocas horas después de reconocer los ahora estados independientes por obra y gracia rusa, y en la madrugada, Putin dió la orden de entrar en TODO Ucrania desde cuatro frentes, con todo el poder de fuego posible, avanzando directamente hacia la capital. Adios a los paños tibios, a las rondas de negociaciones, a las amenazas de sanciones económicas. El zar ha decretado la unión de la Madre Rusia.

Recordando otros tiempos parecidos, Putin lo dice claramente: su meta es recuperar su espacio vital, la gran Madre Rusia, la unión de repúblicas, la unión panrusa. Donde haya diez rusos que reclamen su derecho, allí estará el ejército ruso para  intervenir tarde o temprano, si nada lo detiene. Irónicamente, con un cinismo brutal, porque va acompañado de sangre, afirmó en su discurso que lo hace para combatir a los gobiernos y sociedades nazifascistas que se le oponen.

"Lasciate ogni speranza"...su declaración ante el parlamento ruso es clara: 

 those who try to interfere with Russia’s actions “must know that Russia’s answer will be immediate, and will lead to such consequences as you never experienced in your history.”

 

domingo, febrero 20, 2022

¿Más cerca de una invasión?

 Día por día, las únicas noticias que se conocen de Ucrania hablan de  más tropas en la frontera rusa, mayores y más potentes armas, más preparativos de defensa, más declaraciones de todas las partes, más conversaciones entre aliados de la NATO, pero también de líderes del ex bando rojo. La población del Donbás en movilización militar y en retiro a Crimea, escaramuzas y cañonazos entre tropas ucranianas y rebeldes...¿Veremos una nueva Hungría, una nueva Checoslovaquia? Estamos en presencia de una guerra de desgaste, donde una parte amaga golpes, y la otra reacciona con pánico. ¿Qué límite será admisible? Tal como aparecen las negociaciones públicas, parece que el futuro lo dictarán Rusia y China, y que estamos en presencia de la declinación efectiva de Estados Unidos, y no será gratis.

La foto, de Voz de América, de las pruebas de misiles en la cercana Bielorusia.

Nota: Un paso más en el trabajo de desgaste: ¿para qué cruzar la frontera, si basta con reconocer las zonas ucranianas rebeldes al gobierno como estados independientes? ¿Alguien moverá un dedo? Ahora es el gobierno de Ucrania quien está en el trance de salir a recuperar su territorio. ¿Cuanto tardará en haber una fracción ucraniana que destituya al presidente actual, y pida el protectorado ruso? Los "líderes de Francia y Alemania" (y USA) ¿harán algo?

¿Y después de esto, cuánto tardará en aparecer una fracción "rebelde" en Hungría, Polonia, países bálticos? La noticia, recién publicada, en El Mundo, por tomar un caso:

Vladimir Putin ha decidido romper la baraja y reconocer los territorios separatistas de Donetsk y Lugansk, poniendo fin así un proceso de paz en Ucrania que, aunque había logrado contener notablemente la sangría de muertes, no estaba ofreciendo a Moscú los réditos deseados.

Poco antes de hablar a los rusos, Putin informó a los líderes de Francia y Alemania de que tenía la intención de firmar próximamente el decreto de reconocimiento de las repúblicas de Lugansk y Donetsk.

Ya en la comparecencia televisada, Putin empezó con un repaso histórico. Comenzó diciendo que Ucrania fue creada por Rusia y que su país fue "robado" cuando la Unión Soviética se desintegró en 1991, ya que fue un error conceder derechos de salida a las repúblicas soviéticas.

Putin también ha atacado a las autoridades ucranianas, calificando los eventos de 2014 de "golpe". Putin dice, sin aportar pruebas, que Ucrania estaba siendo controlada desde "afuera". Dijo que Estados Unidos y la OTAN han convertido a Ucrania en un "teatro de guerra".

 

domingo, febrero 13, 2022

Ricardo Piglia: Civilización y Barbarie

 En su ensayo El último lector, Ricardo Piglia reflexiona sobre la escritura y la lectura en la visión de distintos escritores (Borges, Kafka, Joyce, Poe, Chase...) y con distintos alcances. Entre estas aproximaciones, hay una, refiriendo al concepto de Civilización y Barbarie forjado en Argentina en el siglo XIX por Sarmiento, que pinta un rasgo esencial de su sociedad.(y quizá en otros estados cercanos). Dice Piglia:

Recordemos la escena en la que Mansilla (...) lee Du Contract Social de Rousseau -en francés, desde luego-, sentado bajo un árbol, en el campo, cerca de un matadero donde se sacrifican las reses, hasta que su padre, (El general Lucio N. Mansilla, heroe de la Vuelta de Obligado), se le acerca y le dice: <<Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rosas no lee El contrato social si se ha de quedar en este país, o se va de él si quiere leerlo con provecho>>. Y finalmente lo envía al exilio.

En esta escena que Mansilla cuenta en sus Causeries y que transcurre en 1846, se cristalizan redes de toda la cultura argentina del siglo XIX. La civilización y la barbarie, como decretó Sarmiento.

(...) El complemento de esa escena está en la extraordinaria historia del coronel Baigorria, que cruza la frontera y se va a vivir con los indios (como Fierro y Cruz, en el final de Martín Fierro), y a quien los ranqueles (los mismos ranqueles que Mansilla visitará veinte años después) le traen, luego de un malón en las poblaciones del norte, un ejemplar del Facundo de Sarmiento. Estamos en 1850.

Baigorria escribe sus memorias cuando ya ha vuelto a la civilización, por así decirlo, en las que cuenta su vida en tercera persona (y varios cronistas de la frontera, como Estanislao Zeballos, han narrado también la experiencia del llamado <<Cacique Blanco>>).

Tenía un ejemplar con falta de hojas de Facundo de Sarmiento, que era su lectura favorita y lo apasionaba  [...] Este libro le había sido regalado por un capitanejo que saqueó una galera en la villa de Achiras, [...] Baigorria se había hecho construír un rancho de paja y barro, en sitio lejano de la toldería de Painé; cultivaba allí a solas sus instintos civilizados.

Un rancho para leer en medio de la llanura. A solas.

En el desierto, del otro lado de la frontera, entre los indios, un lector (...) lee el Facundo, y revive en ese libro, quizá, la experiencia y el sentido del mundo que ha dejado.

Desde luego, habría que preguntarse por ese ejemplar del Facundo, un libro publicado en Chile tres años antes: en qué manos anduvo, dónde perdiólas páginas que le faltan, quién lo llevaba en ese carruaje en plena época de Rosas, y también qué significaba ese libro para los ranqueles, que decidieron levantarlo entre los restos de la matanza y llevárselo a Baigorria.

En 1846 Mansilla tiene quince años, y al imperio de su tío le quedaban todavía ocho. Manuel Baigorria entra al ejército y se convierte en oficial un año antes de que Mansilla naciera, y ese mismo año del nacimiento, derrotado por Facundo Quiroga (el sujeto del libro de Sarmiento), Baigorria pasa por primera vez a refugiarse entre los indios ranqueles, convirtiéndose en jefe de partidas indias contra las poblaciones de frontera.

Cuando en 1870 Mansilla se interna en el territorio ranquel, se encuentra con el ahijado de Baigorria, el cacique Baigorrita, apadrinado durante los años de Baigorria en las tolderías ranqueles. En sus conversaciones, Manuel Baigorria es una historia contada, el pasado de un jefe militar mitrista que ahora era comandante de frontera. Y Baigorrita, su ahijado, morirá en Neuquen, en 1879, retirándose con sus indios hacia la cordillera, perseguido por las tropas nacionales.

La historia argentina del siglo XIX está escrita por una sociedad en combate, donde los coroneles escribían sus memorias y sus justificaciones, y los escritores tomaban las armas: Baigorria escribió sus memorias; Mitre fue historiador, poeta, periodista, soldado; Sarmiento, corresponsal del ejército en marcha, jefe de la guerra, escritor; Mansilla, escritor, periodista, comandante de frontera, jefe en la guerra con Paraguay, diplomático. Un siglo que comenzó con dos invasiones inglesas, siguió con una guerra de independencia y una guerra civil de setenta años, varios bloqueos e invasiones francesas, inglesas y portuguesas, una guerra total contra Paraguay, y una persistente lucha con las tribus indígenas del sur. Sólo el ferrocarril, el telégrafo y el rifle Remington de repetición terminaron con esta insurgencia de cien años. No necesariamente para mejor.

La imagen: Retrato de Manuel Baigorria, tomado de Wikimedia, editado o agregado por Matias Moore. La imagen pertenece al Archivo General de la Nación de Argentina.

El libro en que Mansilla habla de su lectura de Rousseau. Sus referencias a los ranqueles y Baigorria. Las memorias de Baigorria (1, 2). El Martín Fierro de Hernández.


lunes, febrero 07, 2022

Jugando en una cuerda floja

Rusia a las puertas de Ucrania, cien mil soldados velando armas, y una nación en la zozobra de qué y cuándo cruzarán la frontera. Sombras y preocupación en las ex-colonias del Este, dudas en Alemania, en Estados Unidos, en Francia; los fascismos de izquierda y de derecha, minando la unidad europea y mirando con expectativas a los sucesores de la URSS. Un ex jefe de la KGB a cargo de las decisiones, reiteradamente poniendo a prueba la unión europea, accionando un ejército invisible para la guerra de noticias falsas, alentando al separatismo donde dañe más, para desacreditar a quienes no formen parte de sus escuadrones de seguidores incondicionales. Rusia tienta el terreno, y encuentra poca respuesta. 

Hace cerca de ochenta años atrás, en los 30, Europa vivía una situación ambigua, intranquilizante. Dos estados nacionalistas, Alemania e Italia, totalitarios, con amenazantes planes expansivos y delirios raciales. Y entretanto, Inglaterra y Francia a la defensiva, dudando, negociando la aceptación de incidentes limitados, y con una parte de sus clases políticas y económicas a favor o con ilusiones en los dos pujantes totalitarismos. Un momento de duda, vacilación, falsas esperanzas, que duró quizá algunos años, y que se cerró con la invasión de Polonia, Bélgica, Holanda, Checoeslovaquia por Alemania, y por Rusia los países bálticos. Y luego, los millones de muertos y refugiados en Europa, Asia, Africa, América, la furia y la locura desatadas.

Probablemente no estemos en los mismos extremos, pero es factible que el futuro no sea como quisiéramos. Hay muchas formas de arruinarlo.