En este pasado 12 de junio, Rafael Gumucio, además de recordar a Zapatero y el ambiente de su primer gobierno, habla de su compatriota Roberto Bolaño. Ambos, participantes del ambiente cultural y editorial en tiempos del cambio de milenio, mantienen un sentimiento de desapego hacia el mundo de entonces. Gumucio ve a Bolaños como una figura conflictiva e iracunda, crítico y mordaz con la vida que lo rodea en el mundo literario y editorial. No solo en España, sino en Iberoamerica en general. Años antes, en 2008, cinco años después de la muerte de Bolaños, Gumucio le había dedicado un artículo en la misma Letras Libres en la que recordaba el ambiente del cambio de milenio. Muy interesante.
Estas son palabras de Gumucio en 2008:
Personalmente me molestaban las listas de Bolaño, sus polémicas de dientes apretados, su talante de comisario político en eterna campaña de depuración ideológica. Pensaba que nada le hacía más daño a la obra de Bolaño que esas pequeñas vendettas donde todo había que leerlo entre líneas, donde algunos juicios justos e inteligentes convivían con alaridos gratuitos.
Con los años me he pillado, sin embargo, preguntándome cien veces: ¿Qué diría Bolaño de esta foto de grupo, de este premio, de este silencio lleno de sonrisitas en que vivimos? Ante el desierto, en el que todos se sienten felices de confesar que escriben para gente que no lee, me hace falta la sardónica voz de Bolaño, que se equivocaba voluntariamente en la forma y los nombres pero nunca en el fondo. Porque en el fondo de su carácter discontinuo y a veces agriado, de sus estrategias trotskistas, estaba la literatura.
(...) No podía vivir la literatura de su época y lugar con calma. Para él todo eso e un asunto personal. Otros ganaron las becas y los premios, otros posaron en las fotos de grupo de la literatura latinoamericana cuando el escribía sus mejores libros. Ver los viajes, los premios, las entrevistas de esos fantasiosos vencedores mientras él apenas podía llegar a fin de mes no hizo nada para dulcificar su carácter. Habla de su entereza y coraje el hecho de que, después de esa prueba, encontrara fuerzas para sonreír y ser cordial. Bolaño era demasiado inteligente como para saber que su ausencia de los Mc Ondo, las Líneas Aéreas, los premios Alfaguaras, Biblioteca Breves y Planetas, las becas Guggenheim y las cátedras y residencias en universidades norteamericanas era cualquier cosa menos un accidente. No estaba porque la gente como él, los raros, no podían estar. No estaba porque otros más folclóricos y menos inclasificables, más astutos y menos enredados, sí estuvieron. Otros que hoy, desde facultades de letras y jurados de premios que nunca abrieron sus puertas a Bolaño, siguen disfrutando y perpetrando su poder y autoridad gracias a hablar, escribir y recordar a Bolaño sin que este pueda salir de la tumba para complicarles el festejo.
(...) Todas las mafias literarias pueden ser legítimas mientras los lectores no sean las víctimas. En la literatura en español generalmente son los lectores los que sufren bajo la omertà y las vendettas a las que los someten escritores, editores y periodistas culturales. Best sellers vendidos como obras de alta cultura, vacas sagradas del boom a las que se les perdona cualquier leche agria, literatura que pretende ser cosmopolita pero que acaba siendo kitsch, novelas tan pulcras como el vacío que cuentan, autores que en Madrid se ufanan de su hidalguía y limpieza de sangre pero que al llegar a Duke y Stanford descubren su lado marginal y mestizo. Literatura escrita en español neutro para no incordiar a los correctores de prueba catalanes. Prosa de moda, intertextual ayer, multiétnica hoy, posmoderna por si acaso. Novelas escritas para ser parte de algo que apenas existe y menos se lee. Tristes semillas, como las del desierto chileno, que sólo florecen de lluvia en lluvia.
La foto, de Newsweek magazine, vista en https://rodolfogrimaldi.com/ (Artículo sobre Bolaño)

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