Alex Joyce escribe para Zenda este 16 de febrero una crítica de la Rayuela de Cortázar. No había leído antes una crítica tan desenfadada de Rayuela, en una publicación importante. Ha pasado medio siglo de su publicación, y ya hablamos de la historia, de arqueología. Leído entonces, no estoy tentado de retomarlo: los juicios de Joyce, irónicos, me resultan familiares:
"Se nos invita a saltar capítulos como quien cruza charcos: no por necesidad, sino por deporte. El resultado es que uno acaba empapado de referencias, citas y humo intelectual, con la elegante sensación de haber participado en algo importante sin saber muy bien en qué.
(...) Porque Rayuela no se lee: se padece. No se avanza: se deambula. No se comprende: se consiente. Es un libro que no se conforma con ser libro, como si eso fuera poca cosa, y decide convertirse en método, en desafío, en postura vital y, si se descuida, en secta. El lector ya no es lector: es cómplice, acróbata, saltimbanqui, y a ratos víctima voluntaria de un experimento cuya hipótesis nunca se nos explica del todo.
(...) Los personajes, por su parte, tienen la virtud de hablar mucho y decir poco, lo cual los hace perfectos tertulianos pero pésimos seres humanos. Conversan como si cada frase debiera pasar primero por un comité filosófico antes de salir al mundo. No dialogan: se exhiben. No se escuchan: se admiran mutuamente en el espejo de su propia inteligencia. Y cuando alguno parece a punto de sentir algo auténtico, se detiene para analizarlo, diseccionarlo y finalmente matarlo de aburrimiento.
Digamos que ha pasado su época. Que se ha disipado el mundo para el que hablaba, y que lo que antes era importante, hoy es mirado con hastío o desapego. Mucha mejor suerte han tenido sus cuentos.
La máquina para leer Rayuela existe.
La imagen, primera edición de Rayuela en Sudamericana

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