domingo, marzo 22, 2026

Modelo desarmado


 Alex Joyce escribe para Zenda este 16 de febrero una crítica de la Rayuela de Cortázar.  No había leído antes una crítica tan desenfadada de Rayuela, en una publicación importante. Ha pasado medio siglo de su publicación, y ya hablamos de la historia, de arqueología. Leído entonces, no estoy tentado de retomarlo: los juicios de Joyce, irónicos, me resultan familiares: 

"Se nos invita a saltar capítulos como quien cruza charcos: no por necesidad, sino por deporte. El resultado es que uno acaba empapado de referencias, citas y humo intelectual, con la elegante sensación de haber participado en algo importante sin saber muy bien en qué.  

(...) Porque Rayuela no se lee: se padece. No se avanza: se deambula. No se comprende: se consiente. Es un libro que no se conforma con ser libro, como si eso fuera poca cosa, y decide convertirse en método, en desafío, en postura vital y, si se descuida, en secta. El lector ya no es lector: es cómplice, acróbata, saltimbanqui, y a ratos víctima voluntaria de un experimento cuya hipótesis nunca se nos explica del todo.

(...) Los personajes, por su parte, tienen la virtud de hablar mucho y decir poco, lo cual los hace perfectos tertulianos pero pésimos seres humanos. Conversan como si cada frase debiera pasar primero por un comité filosófico antes de salir al mundo. No dialogan: se exhiben. No se escuchan: se admiran mutuamente en el espejo de su propia inteligencia. Y cuando alguno parece a punto de sentir algo auténtico, se detiene para analizarlo, diseccionarlo y finalmente matarlo de aburrimiento. 

Digamos que ha pasado su época. Que se ha disipado el mundo para el que hablaba, y que lo que antes era importante, hoy es mirado con hastío o desapego. Mucha mejor suerte han tenido sus cuentos.

La máquina para leer Rayuela existe

La imagen, primera edición de Rayuela en Sudamericana 

 

jueves, marzo 19, 2026

En el borde de otro mundo

 


Escribe Hernán Iglesias Illa, a propósito de Paul R: Ehrlich, profeta de catástrofes:
Esto [la aceptación de profecías catastróficas] refleja una actitud habitual de Occidente de aceptar sin problemas a los profetas que anuncian su destrucción. Pasó con Ehrlich en los ‘70 y sigue pasando ahora, cuando tanto consenso performático parece haber, por ejemplo, sobre cómo las redes sociales o la inteligencia artificial están destruyendo a nuestros jóvenes, nuestra democracia y nuestra propia esencia. O el consenso que había hace unos años de que el colapso ambiental era inminente. Esto puede ser un rasgo positivo de nuestra civilización (una especie de vacuna que nos mantiene alerta) o un rasgo negativo (un impulso insano por la autoflagelación y la demagogia). Yo prefiero tomarlo como viene: los discursos catastrofistas y los pronósticos aterradores tienen rating y existieron siempre. Como también tiene rating decir que los jóvenes de ahora no tienen valores, algo que los adultos llevan diciendo literalmente miles de años. No tiene sentido pelearse con eso, pero tampoco sirve negarlo. 
(…)
El caso de Ehrlich, en todo caso, sirve para mostrar, como dijo el otro día Rafael Rofman en Twitter, que ninguna tendencia es para siempre y que las sociedades pueden sorprendernos y cambiar de dirección sin que nadie las vea venir.
(…) qué hacer con los pesimistas profesionales, que buscan decirnos no sólo que vamos a morir, sino que además va a ser por nuestra culpa. Buena parte del sistema los recibe bien (los medios, la política, algunas instituciones), porque generan buenos titulares y buenas crisis para los organismos que necesitan problemas nuevos para justificar su existencia. Yo propongo una actitud intermedia, ahora que hay tantos creyendo que dentro de unos años seremos todos unos gordos desempleados iletrados, subsidiados, adictos a los videos de 30 segundos. Ni tomarlos demasiado en serio, mucho menos literalmente, pero sí valorar el rol ecológico que tienen en nuestro ecosistema civilizatorio, tan necesarios como los narradores y los guerreros: son nuestros profetas con el cartelito de “el fin está cerca”. Nos recuerdan nuestra finitud, nos bajan de los entusiasmos pasajeros. Y además, quizás, alguna vez la embocan.

En efecto, las sociedades pueden cambiar de dirección sin que nadie lo vea venir. Los cambios pueden ser inperceptibles, y abarcar siglos. Sin duda nuestra sociedad contemporánea está en el curso de un cambio que no veremos completado en nuestro tiempo.

La foto, en Wikipedia. Por Ilka Hartmann - eBay, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20701670 

domingo, marzo 15, 2026

Simon Leys y la escritura

 


Sobre la forma de escribir de Simon Leys, apuntado por Kim Nguyen Baraldi en Letras Libres:

Esta convicción de que lo verdadero viene prestado de fuera no solo tuvo influencia sobre cómo abordaba a los grandes escritores. Se tradujo también en una manera muy específica de escribir: en todos sus ensayos, prólogos, cartas, diarios, entrevistas, discursos, Leys hace un uso masivo de citas. Como si no pudiera armar una reflexión sin el pensamiento de los otros. O mejor dicho, como si fuera demasiado humilde para pretender tener ideas propias, ideas que no hubieran sido formuladas por otros antes que él.

Lo cierto es que la cita, el gesto de incorporar palabras ajenas en un texto propio, es una de las más bellas muestras de gratitud. ¿Para qué reinventar la rueda cuando otros han dicho tan bien lo que uno piensa? Ya decía Georges Perec que nos encaminamos hacia un “arte citacional” que consiste en “tomar como punto de partida lo que fue una culminación para los predecesores”. Simon Leys no hubiera podido estar más de acuerdo. De hecho, bromeaba a menudo diciendo que él era solo “un enano a hombros de gigantes”, haciendo suya la famosa expresión de Isaac Newton, quien, humildemente, justificaba todos sus descubrimientos al trabajo realizado por sus predecesores Copérnico, Galileo y Kepler. 

Simon Leys, recordado a propósito de su observación crítica de la Revolución cultural china. Leys fue uno de los primeros intelectuales occidentales en  denunciar las atrocidades vividas en los años de la guerra civil china, llamada "cultural" y vista con entusiasmo entre la intelectualidad occidental, especialmente la francesa (destacado ejemplo, Jean-Luc Godard). Leys también tiene el mérito de ser un intérprete y admirador de George Orwell.

jueves, marzo 05, 2026

Ucrania resistente

 Escribe Albertina Piterbarg, para Seul, sobre el cuarto año de guerra en Ucrania:

El martes se cumplieron cuatro años de la invasión de Rusia a Ucrania, la famosa “operación militar especial” que, según el Kremlin, debía desnazificar y desmilitarizar el país en cuestión de días. Aquella ofensiva, que buscada decapitar al gobierno de Kiev en un blitzkrieg, terminó en cambio convirtiéndose en un fiasco estratégico para Vladimir Putin, una catástrofe humanitaria y una guerra empantanada que continúa hasta hoy sin ninguna claridad de ni cómo ni cuándo va a terminar.

Se cumplen también, por lo tanto, cuatro años del conflicto más sangriento en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, con una cifra de alrededor de dos millones de víctimas entre heridos, muertos, prisioneros, desaparecidos militares y civiles, de los cuales al menos 1,3 millones son soldados rusos y 200.000 son niños ucranianos secuestrados y desplazados. Y cuatro años, además, de discursos altisonantes y emocionados, de abrazos y galardones, de promesas cumplidas e incumplidas, de reuniones infinitas en distintas capitales y husos horarios, de vaivenes caprichosos y timoratos, de presidentes que entran y que salen, de alfombras rojas y conventillo en la Casa Blanca, y de nuevas guerras y conflictos, algunos mediáticos y atractivos, otros olvidados para siempre.

En estos cuatro años Ucrania se convirtió en un escenario de la transformación de la guerra contemporánea y de la política internacional, donde se han superpuesto cambios tecnológicos distópicos con operaciones masivas de manipulación de la opinión pública y coreografías de negociaciones políticas dignas de un minué del siglo XVII. Han sido cuatro años de delirios imperialistas rusos, de territorios ocupados, de lluvia de drones y misiles, de referéndums espurios y anexiones que, si ocurrieran en otra parte, harían estallar a la opinión pública. Cuatro años, en fin, de familias desplazadas, de refugiados y de exiliados, entre ellos millones de ucranianos dispersos por Europa y una creciente comunidad rusa en Argentina. 

 La nota sigue, recapitulando cada uno de los cuatro años pasados. Merece leerse completo, para recordar que el siglo XXI comienza al cruzar la frontera de Ucrania.